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1 de septiembre de 2012

Juan Pablo I: El hombre de la esperanza (Cardenal Jean Villot, su Secretario de Estado)



"Es increíble lo que Luciani tenía en mente de hacer como Papa. El mismo card. Villot, que conocía sus ideas y sus propósitos, como Secretario de Estado, dijo : "Creo que habría sorprendido a la Iglesia y al mundo".

Si es verdad cuanto Luciani ha confiado al card. Villot, debemos decir que Luciani, en breve tiempo, ha manifestado un vasto plan de trabajo, para maravillar también al hombre más indiferente.

En tanto, también él habría sido un Papa peregrino, si ha dicho : "Yo no soy muy propenso a viajar. Pero iré a cualquier parte donde me quieran". Habría sido un Papa de las ideas claras y con una fuerte voluntad. Habría cambiado muchas cosas, ante todo, en la Curia. "Me doy cuenta - dice - que el aparato de la Curia es una gigantesca oficina, casi un monumento necesario, pero  embarazoso. La reforma de la Curia es urgente ..."

Habría cambiado también su modo de trabajar y de vivir. "Yo recibo - dice - cada día dos valijas de papeles : una a la mañana y una a la tarde; una va y otra viene, como los ángeles por la escalera de Jacob ... pero no quiero más valijas en mi mesa. No acepto esta máquina que condiciona mecánicamente al Papa en sus funciones de trabajo y de vida.. El trabajo hecho en este modo se hace insoportable. No he sido hecho Papa para hacer de empleado. No es así como Cristo ha pensado a su Iglesia".

Luciani no tenía miedo de las críticas que sentía circular acerca de su estilo y  de su modo de hablar. Era franco y humilde. "Yo sé que hay monseñores - dice - y otros que critican los discursos que yo hago y los modos de ser y de hacer de Papa ... Alguno luego ha definido al actual Papa "insignificante". No es un descubrimiento. Yo lo he sabido siempre y nuestro Señor antes que yo. Puedo ser una zapatilla rota, pero es Dios quien obra en mí".

Había expresado la idea de hacer pronto un consistorio, para algunas nóminas cardenalicias, entre las cuales los teólogos De Lubac, Chenu y von Balthasar. Quería dar la púrpura también a algunos obispos de África, de Asia y de las Américas que han sufrido la persecución. "Pero es difícil, si no está la tradición", le respondió Villot. Y, enseguida, Luciani : "La tradición la creamos nosotros".

Luciani tenía en mente también escribir algunas cartas. La primera sobre "La unidad de la Iglesia". "Sólo así tendremos las cartas en regla ... No traicionemos la ardiente oración de Jesús al Padre, su testamento, su mandato más doloroso". La segunda carta debía ser sobre "La colegialidad de los obispos con el Papa". La tercera carta sobre "La mujer en la sociedad civil y en la vida eclesial". Demasiado desprecio, demasiados prejuicios y demasiada marginación se han acumulado en los siglos sobre la mujer. La cuarta carta que Luciani pensaba escribir era sobre "Los pobres y la pobreza en el mundo". Aquellas pobrezas son el escándalo del mundo occidental, de los ricos y de los cristianos.

Luciani tiene una preocupación que revela cándidamente a su secretario : "Tengo la impresión de que la figura del Papa sea demasiado alabada. Hay algún riesgo de caer en el culto a la personalidad, que yo no quiero absolutamente. El centro de todo es Cristo, es la Iglesia". Tenía un deseo vivo : "Querría encontrarme a menudo con los jóvenes ... Hoy los jóvenes no creen en la pobreza de la Iglesia, en su espíritu evangélico, en su desprendimiento de los bienes y del poder del mundo. Tenemos que ponernos a su lado, con humildad, para ayudarlos".

Y, hablando del IOR -el Banco del Vaticano-, decía : "El IOR debe ser integralmente reformado. La Iglesia no debe tener, ni poder, ni poseer riquezas. El mundo debe saber la finalidad del IOR; cómo se juntan los fondos y cómo se gastan. Se debe llegar a la transparencia".

Luciani tenía en el corazón la situación de los cardenales ancianos y los quería revalorizar. Así también, la situación de los obispos que deben presentar la renuncia a los 75 años y decía : "Hay obispos y cardenales que, a aquella edad, están todavía sanos, eficientes y ricos de intelecto, de cultura y de humana sabiduría, en grado de dar a la Iglesia los tesoros de su corazón".

Había expresado también la voluntad de reformar el cónclave y de llevar alguna mejora con la presencia, no sólo de los cardenales, sino también de los obispos presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo. Y decía : "También la habitabilidad del cónclave debe ser más decorosa y eficiente".

"Quiero dar un fuerte impulso a la Acción Católica - dijo todavía a su secretario -. La Acción Católica ha sido una presencia vital para Italia":

"Hay otro hecho que está en mi corazón. Quiero recordar y honrar a todos los obispos, los sacerdotes, los religiosos, los cristianos que han sufrido persecuciones por Cristo Señor. Quiero hacer justicia con ellos delante de toda la Iglesia ... (y nombraba con veneración al card. Slipyj, Mindszenty, Wyszynski, Beran, Stepinac, Romero). Si me será concedido - agregaba - iré a recordarlos y honrarlos en sus países. No podemos callar".

Después de este programa de intenciones y de trabajo, Luciani decía al card. Villot : "Estos pensamientos que le confío, eminencia, por ahora, breves, están muy en mi corazón. Ud. me ayudará a realizarlos de la mejor manera".

Y el Card. Villot comentaba : "He vivido una preciosa experiencia junto al Papa Luciani. Mostraba la fe de un niño, el corazón de una madre. Era el hombre de la esperanza. El Papa Luciani ha muerto demasiado pronto ..."

31 de agosto de 2012

El sacerdote desconocido (Albino Luciani- Juan Pablo I)



"Era una fría y lluviosa mañana de invierno, con un viento gélido que curvaba, desde las raíces, los árboles. El Obispo estaba próximo a llegar a la parroquia "de la baja" para la Misa de la hora 5.30. A lo largo del camino, una mujer cubre como puede, con su propio impermeable, al hijo, a quien tiene sujeto, y los dos, con fatiga, iban contra el viento. - "Para el auto", dijo Luciani; "aquélla es una madre que, junto al hijo, viene a la Misa y llega tarde, llueve y hace frío". - "Señora, si quiere, yo la puedo acompañar hasta la iglesia". - "Oh ! reverendo, es justo una gracia de Dios ... Llego tarde y formo parte del coro parroquial; debería encontrarme ya en la iglesia para cantar el "Benedictus" al obispo, que hoy viene para la vista pastoral. Y éste es mi hijo; es monaguillo y tiene que llevar el "bastòn" (báculo episcopal) del obispo". después de algún kilómetro, la señora : "Reverendo, gracias ! Casi he llegado; puedo bajar". - "Señora, responde Luciani, no se preocupe, también yo vengo de aquel lugar ...". - "Ah ! es verdad, continúa la señora. Nuestro párroco nos había dicho que esta mañana estarían también dos sacerdotes "forasteros" para las confesiones ...". En la puerta de la iglesia, baja la señora junto a su niño, mientras el obispo, sonriente, se dirige hacia la vecina casa parroquial. A las 5.30 aparecen en la puerta de la iglesia, el párroco, los monaguillos, los cantores y, con alegría y satisfacción (la iglesia estaba llena de gente, no obstante, el tiempo inclemente), acogen al obispo al sonido del órgano y al canto festivo del "Benedictus". El Obispo entra bendiciendo y divisa a la señora que se pone toda roja y le dice : "Ve, señora, que hemos llegado todos justo a tiempo y hemos hecho un buen papel ..."

don Francesco Taffarel

30 de agosto de 2012

¿Qué es la vida espiritual? (Albino Luciani, Juan Pablo I)

La vida espiritual es sobre todo caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor suyo.

Albino Luciani (Juan Pablo I)

26 de agosto de 2011

Hace 33 años... comenzaron 33 días inolvidables: El Papa Juan Pablo I



El 26 de agosto de 1978, exactamente hace 33 años, el Señor nos regaló un Buen Pastor humilde, sonriente, que pasó como un lucero que brilló por 33 años: el Papa Juan Pablo I, Albino Luciani. Nuestro homenaje de El Buen Consejo a quien camina hacia la Beatificación.






ORACIÓN POR LA BEATIFICACIÓN DEL SIERVO DE DIOS ALBINO LUCIANI, PAPA JUAN PABLO I

Dios Trinidad, Cenáculo de Amor, Fuente de Santidad,
de cuya benevolencia tiene inicio la vida
y en cuya voluntad crece nuestra felicidad,

Te pedimos que exaltes entre nosotros la obra de tu amor
reconociendo la santidad original
de tu siervo Albino Luciani, Papa Juan Pablo I.

En nuestras necesidades invocamos su intercesión
para obtener la gracia de la cual tenemos necesidad: ...

Haz que nos sea concedido imitar
su sereno abandono en Ti.

Nos sostenga el ejemplo de su oración
con la que durante la vida abría todo su corazón a Ti
y ahora, en tu gloria, Te alaba.
Amén.

+Vincenzo Savio s.d.b.
Obispo de Belluno-Feltre

1 de octubre de 2010

Carta (Imaginaria) a Santa Teresa del Niño Jesús: La alegría, caridad exquisita (Albino Luciani- Juan Pablo I)


Querida pequeña Teresa,


Tenía diecisiete años cuando leí vuestra biografía. Fue para mí una descarga fulminante. "Historia de una florcita de mayo" la habíais definida. A mí me parece la historia de una "barra de acero" por la fuerza de voluntad, el coraje y la decisión que de ella salían. Elegido una vez el camino de la completa dedicación a Dios, nada más os ha cortado el paso: ni enfermedad, ni contradicciones externas, ni nieblas o tinieblas interiores.

Me acordé de ello cuando me llevaron enfermo al sanatorio, en años en los cuales penicilina y antibióticos, no siendo todavía inventados, al paciente se le presentaba, más o menos cercana, la muerte.


Me avengoncé de tener un poco de miedo: "Teresa, de 23 años, hasta entonces sana y llena de vitalidad, me dije, fue inundada de alegría y de esperanza cuando sintió subirle a la boca la primera hemotisis. No sólo, sino, atenuando el mal, obtuvo de llevar a término el ayuno con régimen de pan seco y agua, y tú ¿quieres ponerte a temblar? ¡Eres sacerdote, despiértate, no te hagas el tonto!".



***


Releyéndoos, con motivo del centenario de nacimiento (1873-1973), me impresiona, en cambio, el modo con el cual habéis amado a Dios y al prójimo. San Agustín había escrito: "Vamos a Dios, no caminando sino amando". También vos llamásteis vuesto camino "vía del amor". Cristo había dicho: "Ninguno viene a mí si el Padre no lo atrae". En perfecta línea con estas palabras, vos os habéis sentido como un "pajarito sin fuerza y sin alas"; en Dios, en cambio, habéis visto al águila, que descendía para llevaros a las alturas sobres sus propias alas. Llamásteis a la gracia divina "ascensor", que os elevaba a Dios rápido y sin fatiga, siendo vos "demasiado pequeña para subir la áspera escalera de la perfección".


He escrito arriba: "sin fatiga". Entendámonos: eso, bajo un aspecto; bajo otro, en cambio... Estamos en los últimos meses; vuestra alma avanza en una especie de galería oscura; no ve nada de lo que antes veía claramente. "¡La fe, escribís vos, no es más un velo, sino un muro!". Los sufrimientos físicos son tales que os hacen decir: "Si no hubiera tenido la fe, me hubiera dado la muerte". No obstante eso, continuáis diciendo con la voluntad al Señor que lo amáis: "Canto la felicidad del Paraíso, pero sin sentir alegría; canto simplemente que quiero creer". Vuestras últimas palabras fueron: "¡Mi Dios, yo os amo!".

Al amor misericordioso de Dios os habéis ofrecido como víctima. Todo eso no os impedía de gozar de las cosas bellas y buenas: antes de la última enfermedad, con alegría pintábais, escribísteis poesías y pequeños dramas sacros, interpretando alguna parte con gusto de fina actriz. En la última enfermedad, en un momento de recuperación, pedísteis masitas de chocolate. No teníais miedo de vuestras mismas imperfecciones, ni siquiera de haberos quedado dormida por cansancio durante la meditación ("¡Los niños gustan a las madres cuando duermen!).

Amando al prójimo, os esforzásteis en hacer pequeños servicios útiles pero inobservados, y preferir, tal vez, las personas que os daban fastidio y encontraban menos vuestro genio. Detrás de sus rostros poco simpáticos, buscábais el rostro simpatiquísimo de Cristo. Y no se daban cuenta de este esfuerzo y de esta búsqueda: "Cuanto es mística en la capilla y en el trabajo, escribía a vos la priora, lo mismo es payasa y llena de ideas, hasta hacernos reventar de la risa en el recreo".

Estas pocas líneas, que he trazado, están bien lejos de contener vuestro completo mensaje a los cristianos. Bastan, todavía, para señalar algunas directivas para nosotros.


***


El verdadero amor de Dios se casa con la firme decisión tomada y, si necesario, renovada.


El indeciso Eneas del Metastasio, que dice: "En tanto confundido, en la duda funesta, no parto, no me quedo". No tenía pasta de verdadero amor de Dios.

Más adecuado, tal vez, vuestro compatriota el Mariscal Foch que, durante la batalla del Marne, telegrafiaba: "El centro de nuestro ejército cede, la izquierda se retira,m ¡pero yo ataco lo mismo!". Un poco de combatividad y de amor al riesgo no hace mal en el amor al Señor. Vos lo teníais: no por nada sentísteis en Juana de Arco una "hermana de armas".


En el "Elixir de amor" de Donizetti basta la "furtiva lágrima", salida sobre los párpados de Adina, para asegurar y hacer beato al enamorado Nemorino. Dios no se queda contento sólo con furtivas lágrimas. Una lágrima externa en tanto le gusta, en cuanto a ella corresponde dentro, en la voluntad, una decisión. Es así también con las obras externas: ellas gustan al Señor, sólo si corresponde a ellas un amor interno. El ayuno religioso hasta había hecho exterminio en las caras de los Fariseos, pero a Cristo no le gustaron aquellas caras extenuadas porque encontraba que el corazón de los Fariseos estaba lejos de Dios. Vos habéis escrito: "El amor no debe consistir en los sentimientos sino en las obras". Pero habíais agregado: "Dios no tiene necesidad de nuestras obras sino sólo de nuestro amor". ¡Perfecto!


Con Dios se puede amar un montón de otras cosas bellas. Con una condición: nada sea amado contra o arriba o en la misma medida de Dios. En otras palabras: el amor a Dios no debe ser exclusivo sino prevalente, al menos en la estimación.


Jacob un día se enamoró de Raquel: para tenerla, prestó servicio durante siete años, que "le parecían, dice la Biblia, pocos días, tanto la amaba" y Dios no tuvo nada que decir; más bien aprobó y bendijo.


Rociar con agua santa y bendecir todos los amores de este mundo es otra cosa. Por desgracia, intenta hacerlo hoy algún teólogo, el cual, influido por las ideas de Freud, Kinsey y Marcuse, alaba la "nueva moral sexual". Si no quieren la confusión y el desbande, en vez de a estos teólogos, los cristianos deberían mirar el Magisterio de la Iglesia, que goza de especial asistencia ya sea para conservar intacta la doctrina de Cristo como para adaptarla en modo conveniente a los tiempos nuevos.


***

Buscar el rostro de Cristo en el rostro del prójimo es el único criterio que nos garantiza amar en serio a todos, superando antipatías y meras filantropías.

Un jovencito, escribió el viejo arzobispo Perini, llama una noche a la puerta de una casa: tiene el vestido de fiesta, una flor en el ojal, pero, dentro, el corazón le late fuerte: ¿quién sabe cómo la chica y sus familiares acogerán el pedido de matrimonio que él viene tímidamente a hacer?

Viene a abrir la chica en persona. Una ojeada y el rubor, el placer evidente (falta la "furtiva lágrima") de la señorita lo aseguran; el corazón se le ensancha. Entra; está la madre de la chica; le parece una señora simpatiquísima, hasta le darían ganas de abrazarla. Está el padre; lo ha encontrado cien veces, pero esta noche le aparece transfigurado de una luz especial. Más tarde llegan los dos hermanos; brazos al cuello, saludos calurosos.


Se pregunta Perini: ¿Qué sucede en este jovencito? ¿Qué son estos amores nacidos de golpe como hongos? Respuesta: no se trata de amores, sino de un amor sólo: ama a la chica y el amor dado a ella lo difunde sobre todos sus parientes. Quien ama en serio a Cristo no puede negarse a amar a los hombres, que de Cristo son hermanos. Aún siendo feos, malos y aburridos; el amor los debe transfigurar un poco.


Amor simple. A menudo es el único posible. Nunca he tenido la ocasión de tirarme a las aguas de un torrente para salvar a uno en peligro; muy a menudo me pidieron que prestara algo, que escribiera cartas, que diera modestas y fáciles indicaciones. Nunca he encontrado un perro hidrófobo por la calle; en cambio, tantas moscas y mosquitos fastidiosos; nunca tenido perseguidores que me golpearan; pero tantas personas que me molestan cuando hablan fuerte por la calle, con el volumen de la televisión demasiado alto o, tal vez, cuando hacen un cierto ruido al tomar la sopa.

Ayudar como se pueda, no tomárselo a mal, ser comprensivos, mantenerse calmos y sonrientes (¡lo más posible!) en estas ocasiones, es amar al prójimo sin retórica pero en un modo práctico. Cristo ha practicado mucho esta caridad. ¡Cuánta paciencia al soportar los litigios que los Apóstoles tenían entre ellos! Cuánta atención para dar coraje y alabar: "Nunca encontré tanta fe en Israel", dice del Centurión y de la Cananea. "Vosotros os habéis quedado conmigo también en los momentos difíciles", dice a los Apóstoles. Y una vez pide por favor la barca a Pedro.

"Señor de toda cortesía", lo dice Dante. Sabía ponerse en lugar de los otros; sufría con ellos: protegía, defendía además de perdonar a los pecadores: así Zaqueo, así la adúltera, así la Magdalena.

Vos, en Lisieux, habéis caminado detrás de sus ejemplos; nosotros deberíamos hacer lo mismo en el mundo.


Carnegie cuenta de aquella señora que, un día hizo encontrar a sus hombres, marido e hijos, la mesa bien preparada y adornada, pero con un puñado de heno en cada plato. "¿Qué? ¿Heno nos das hoy?, le dijeron. "¡Oh, no!, respondió, os traigo enseguida el almuerzo. Pero dejad que os diga una cosa: hace años que os hago de comer, trato de variar, una vez el risotto, otra el caldo, ahora el asado o el húmedo, etc. Nunca que digáis: "¡Nos gusta, has sido buena!". ¡Decid, por favor, una palabra, no soy de piedra! ¡No se puede trabajar sin un reconocimiento, un estímulo, para sólo el rey de Prusia!".


Puede ser menuda también la caridad desprivatizada o social. Se está desarrollando una huelga justa: puede ser que ella me provoque disgusto a mí, que no estoy directamente interesado en la cuestión. Aceptar el disgusto, no murmurar, sentirse solidarios con los hermanos que luchan por la defensa de sus derechos, es también caridad cristiana. Poco notada, no por esto menos exquisita.

Una alegría mezclada al amor cristiano. Aparece ya en el canto de los Ángeles en Belén. Forma parte de la esencia del Evangelio que es "alegre novedad". Es característica de los grandes santos: "Un Santo triste, decía Santa Teresa de Ávila, es un triste santo". "Aqui, nosotros, agregaba Santo Domingo Savio, nos hacemos santos con la alegría".


La alegría puede convertirse en caridad exquisita, si comunicada, como justo vos hacíais en los recreos del Carmelo, a los otros.


El irlandés de la leyenda que, muerto imprevistamente, llegó al tribunal divino, estaba no poco preocupado: el balance de la vida se revelaba más bien magro. Había una fila delante de él; se quedó a ver y a oír. Luego de haber consultado el gran registro, Cristo dijo al primero de la fila: "Encuentro que tenía hambre y tú me has dado de comer. ¡Bien! ¡Pasa al Paraíso!. Al segundo: "Tenía sed y tú me has dado de beber". A un tercero: "Estaba en la cárcel y me has visitado". Y así sucesivamente.

Para cada uno, que era enviado al Paraíso, el irlandés hacía un examen y encontraba de qué temer: él, no había dado ni de comer ni de beber; no había visitado ni presos ni enfermos. Llegó su turno, temblaba, mirando a Cristo que estaba examinando el registro. Pero he aquí que Cristo levanta los ojos y dice: "No hay escrito mucho. Pero algo has hecho también tú: estaba triste, desconfiado, envilecido: viniste, me contaste chistes, me hiciste reír y dado entusiasmo de nuevo. ¡Paraíso!".


Es un chiste, de acuerdo, pero subraya que ninguna forma de caridad hay que dejarla de lado o subvalorarla.


***


Teresa, el amor que habéis llevado a Dios (y al prójimo por amor de Dios) fue verdaderamente digno de Dios. Así debe ser nuestro amor: llama, que se alimenta de todo aquello que en nosotros es grande y bello; renuncia, a todo aquello que en nosotros es rebelde; victoria, que nos toma sobre sus propias alas y nos lleva en regalo a los pies de Dios.


Junio de 1973

29 de septiembre de 2010

Juan Pablo I -Albino Luciani-: el inolvidable Papa de la Sonrisa



Han transcurrido 32 años desde aquella mañana del 29 de septiembre de 1978 cuando el mundo se estremecía con la noticia de la muerte de Juan Pablo I, el humilde Papa de la sonrisa. Este artículo, tomado como homenaje a su figura, sea el recuerdo que El Buen Consejo quiere hacer de este gran hombre.


Dios siempre tiene los ojos abiertos sobre nosotros, aún cuando nos parezca que es de noche. Es Padre, más aún, es Madre. (Albino Luciani, Juan Pablo I)

por Renzo Allegri


Cuando hablamos de Lourdes nos vienen a la mente las apariciones de la Virgen en aquel pequeño pueblo francés, a los pies de los Pirineos, y que se recuerda cada año el día 11 de febrero.
Apareció el 11 de febrero de 1858 a una joven de 14 años, Bernardette Soubirous, analfabeta y que además estaba enferma. La Virgen le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Confirmándole a esta joven, simple, ignorante y pobre (que debía trabajar diariamente para ayudar a su familia y ni siquiera tenía la posibilidad de concurrir al catecismo, y por este motivo todavía no había recibido la Primera Comunión), el dogma que cuatro años antes, el 8 de diciembre de 1854, Pío IX había solemnemente proclamado.
Aquellas apariciones fueron el comienzo de una frecuente ‘manifestación’ de la Virgen a los seres humanos. Desde entonces las apariciones, más o menos reconocidas por la Iglesia, se produjeron en diversos países del mundo, y culminaron con la de Fátima en el año 1917. Después de Fátima, la Virgen ha continuado apareciendo, pero fueron las apariciones de Fátima que marcaron profundamente, con sus mensajes proféticos, la historia de todo el siglo XX, involucrando también a las máximas autoridades de la Iglesia. Pío XII fue definido “el Papa de Fátima”, porque sostuvo aquellas apariciones. Juan Pablo II se ha reconocido como el “obispo vestido de blanco” del que se habla en el famoso “Secreto de Fátima”.
Pero también Juan Pablo I fue, en cierto sentido, ligado a Fátima.
De este Papa, que permaneció en la cátedra de Pedro sólo por 33 días, dejando un fuerte recuerdo, conocemos muy poco de su historia. Era una persona tímida y reservada. Su existencia se desenvolvió en la humildad más absoluta. Pero desde que se ha iniciado su proceso de beatificación, los historiadores y biógrafos han comenzado a indagar en su vida y surgen a la luz pormenores muy interesantes.
El proceso de beatificación de Juan Pablo I comenzó el 23 de noviembre de 2003, con una solemne ceremonia en la Catedral de Belluno, en la tierra donde el papa Luciani nació. En la ceremonia de apertura estaba presente el cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos. “Haremos primero beato y luego santo a este gran hombre de la Iglesia, a este gran pastor que partió de Canale d´Agordo para llegar a la sede de Pedro”, dijo el Cardenal. Y siguiendo con su discurso, puso en evidencia cómo el Papa Luciani es un santo que se caracterizó por su humildad. Un santo privado de carisma, cuya vida no fue marcada por elementos sobrenaturales que suscitaran asombro, pero fue un cristiano que realizó extraordinariamente las cosas ordinarias de la vida, para quien el concepto de santidad era natural, un pastor cuyas palabras llegaban directamente al corazón de la gente. Se declaraba un pobre pecador pero recordaba que el primer canonizado de la historia del Cristianismo fue un ladrón, hecho santo por Cristo mientras ambos morían en la cruz.
Palabras que evidencian la esencia de la santidad, que se encuentran en la conducta del individuo, en el ejercicio heroico de las virtudes cristianas, y no tanto en los hechos más o menos prodigiosos. Pero en la vida de Juan Pablo I también se pueden encontrar episodios desconcertantes y misteriosos.


PADRE PIO
 

Pocos saben, por ejemplo, que su elección de Patriarca de Venecia había sido predicha por el Padre Pío, célebre fraile capuchino estigmatizado, que Juan Pablo II proclamó santo el 16 de junio del 2002, y que su elección a pontífice y su prematura muerte habían sido indicadas un año antes por Sor Lucía, la vidente de Fátima que todavía vive.
En el año 1967, Francisco Cavicci, un empresario de Conegliano Veneto, fue a confesarse con el Padre Pío, del que era “hijo espiritual”. Al terminar la confesión Padre Pío le dijo: “Tienes que crear un grupo de oración en tu pueblo”. Cavicci fue a hablar con el obispo para que le permitiera cumplir el deseo de Padre Pío. Conegliano dependía de la diócesis de Vittorio Veneto y el obispo de aquella diócesis era en ese entonces Albino Luciani. Pero Luciani, escuchando el nombre de Padre Pío, que en esa época no era bien visto en muchos ambientes eclesiásticos, cortó el discurso diciendo: “Basta, basta: no quiero oír hablar de eso”.
Unos meses después, Cavicci volvió a ver al Padre Pío y le comentó lo que le había sucedido con el obispo. El Padre Pío quedó un instante en silencio, y luego le dijo: “Deja pasar. No hagas nada más. Será el obispo quien te buscará, y la autorización la obtendrás del Patriarca”. “Pero Padre, el Patriarca está en Venecia”, dijo Cavicci. Y el Padre Pío resentido expresó: “He dicho que será el obispo quien te buscará y el Patriarca quien te autorizará. Y ahora vuelve a tu casa”.
Cavicci estaba trastornado. No lograba entender aquel entuerto de palabras. Volvió a su casa y no pensó más en el grupo de oración.
En septiembre de 1968, Padre Pío murió. En diciembre de 1969 se concretaron las palabras de Padre Pío. Alrededor del día 10 de diciembre en horas del mediodía, sonó el teléfono de mi casa -me comentó Cavicci-. Era el secretario del obispo Luciani. Me dijo que su Excelencia quería verme. Convenimos un horario y fui a verlo. Cuando me vio, Monseñor Luciani comenzó a hablarme de Padre Pío en tono muy cordial. Recordaba la petición que le había hecho: “En los próximos días tengo que ir a Roma, pero a mi regreso nos vemos y hablaremos del grupo de oración a fundar en Conegliano”. Pasados unos días escuché por la radio que el obispo Albino Luciani había sido nombrado Patriarca de Venecia. Al regreso de Roma, Luciani me llamó y me dio la misión de fundar el grupo de oración. Padre Pío, dos años antes, había previsto todo: que Albino Luciani sería nombrado Patriarca de Venecia; también que, como obispo, me habría de buscar y como patriarca, me habría de autorizar a fundar el grupo de oración en Conegliano Veneto.


SOR LUCIA

Otro episodio muy significativo es el acontecido en Fátima durante la primavera de 1977, en ocasión de una peregrinación guiada por Albino Luciani, que en ese entonces era Patriarca de Venecia. Es un episodio que el hermano del Papa, Eduardo, relató abiertamente y sin reserva alguna, inmediatamente después de la elección de su hermano Albino como Papa.
Mientras el Patriarca Luciani se encontraba en el santuario de las apariciones en Fátima, le entregaron un mensaje de Sor Lucía, la vidente, que deseaba verlo. Sor Lucía se encontraba en el Carmelo de Coimbra, aproximadamente a 60 Km de Fátima. Luciani fue a Coimbra acompañado por su secretario, Mons. Diego Lorenzi. “Mi hermano le dijo a su secretario que le aguardase en la sala de espera -relataba Eduardo Luciani-. Pensaba demorarse con Sor Lucía unos diez minutos. Sin embargo la reunión duró dos horas. No sé que cosas habrán hablado. Pero sé que de ese encuentro mi hermano salió muy turbado. Durante el viaje de regreso a Fátima no abrió la boca para nada. Unos meses después, llegó aquí a Canale d´Agordo para predicar los ejercicios espirituales. No quiso dormir en la Casa Parroquial, sino que prefirió hacerlo en mi casa. Por dos noches seguidas, después de la cena, lo vimos pensativo y preocupado. No logro dejar de pensar en lo que me ha dicho Sor Lucía, nos dijo, sin pretender añadir nada más. Pero nosotros tuvimos la impresión que las cosas dichas por Sor Lucía fueron importantes y graves”.
Después que el Papa Luciani murió, supimos que Sor Lucía lo había recibido llamándolo “Santo Padre”. Le había anunciado la elección a pontífice, pero le había dicho que su pontificado habría de ser muy breve y que después de él habría de llegar un extranjero, el Cardenal de Cracovia. Se supo también que el Patriarca mismo, hablando con el teólogo veneciano Germano Pattaro, había confirmado que Sor Lucía le había vaticinado la elección a Pontífice.
Un detalle interesante está en el hecho que, después de su encuentro con Sor Lucía, Luciani y Wojtyla comenzaron a frecuentarse con cierta asiduidad. Wojtyla, en sus viajes a Roma hacía una parada en Venecia, pernoctando en la Curia y pudiendo así hablar ‘largo y tendido’ con Luciani. Los dos intercambiaron también correspondencia epistolar. Una amiga de la familia Luciani coleccionaba sellos postales. El Patriarca le enviaba cada tanto los sobres de las cartas que recibía, sobre todo del extranjero: aquella señora posee siete sobres de las cartas enviadas de Wojtyla a Luciani.
Existen además muchos testimonios que demuestran que Luciani, inmediatamente después de su elección como Pontífice, sabía que ocuparía por poco tiempo el trono de Pedro. Un día dijo a Sor Vicenza Taffarel, la religiosa enfermera que lo asistía desde hacía varios años: “Sobre esta silla estaré poco, porque pronto se sentará en ella un extranjero”. Dos noches antes de morir, durante la cena, le dijo a su secretario Mons. John Magee: “Había otros cardenales más dignos que yo para este cargo. Además, Pablo VI había ya señalado a su sucesor. Durante el cónclave, estaba justamente frente a mí, en la Capilla Sixtina. Pero él vendrá pronto porque yo ya me iré”. En el cuarto de la Capilla Sixtina frente al que ocupaba Luciani durante el cónclave, se alojaba Karol Wojtyla.
También Eduardo Luciani percibió en su hermano algo extraño. Fue a verlo la noche del 26 de septiembre, dos días antes de su muerte. Estaba por viajar a Australia. Mientras esperaba el vuelo en Roma, alojó en el Vaticano. “Cenamos juntos -dijo-. Luego nos quedamos conversando hasta la medianoche. A la mañana siguiente asistí a Misa y luego desayunamos juntos. Cundo llegó el momento de irme, mi hermano quiso acompañarme hasta el ascensor y saludándome me abrazó y me besó. Quedé sorprendido, porque entre nosotros, nunca estuvimos acostumbrados a estas efusiones. Pero más me llamó la atención el hecho que, mientras estaba por entrar al ascensor, él se quedara parado mirándome. Me di vuelta y Albino quiso abrazarme una vez más. Partí y cuando llegué a Australia recibí la noticia de su muerte”.
Ciertamente estos episodios no tienen valor ni importancia para la santidad de Juan Pablo I; pero son, sin embargo, hechos que invitan a pensar, que inducen a considerar que también el Papa Luciani había poseído carismas particulares, experiencias misteriosas, mantenidas en secreto, pero que él vivió.


LA HISTORIA DE SU INFANCIA

Nacido en Canale d´Agordo, provincia de Belluno, el 17 de octubre de 1912, pertenecía a una familia muy pobre. Su padre, Giovanni, era un modesto obrero a menudo obligado a emigrar al exterior para encontrar trabajo. Dando vueltas por el mundo había logrado una discreta instrucción, además hablaba alemán.
Inmediatamente después de la elección de Luciani como Pontífice, es decir en septiembre de 1978, fui enviado por mi diario a Canale d´Agordo para entrevistar al hermano del Papa, Eduardo, que tenía por aquel entonces 61 años, y era maestro jubilado. Lo encontré en su casa, junto a su esposa Antonieta. Era un hombre cordial, feliz porque escogieron como Papa a su hermano. Hablaba con entusiasmo y euforia y me relató la historia de su familia y de su hermano Albino, con detalles sumamente interesantes.
Mi padre vivió mucho tiempo en el exterior por necesidad de trabajo. Desde los 11 años comenzó a viajar para buscar trabajo. Era ayudante de albañil. Trabajó primero en el Tirol, luego en Baden, en Westfalia, en la Alemania de Guillermo II. Ahí fue que se contactó con los socialistas y quedó siempre ligado a ese movimiento político. Me acuerdo que, cuando yo era pequeño, recibía los diarios social-demócratas alemanes, porque él conocía bastante el idioma alemán. A la noche prendía su pipa y leía. Tenía vistosos bigotes y era muy parecido a Stalin.
Fue mi madre quien lo cambió. Se casaron en el año 1911. Mi padre era viudo con dos hijos, y mi madre tenía 33 años, ya no era una joven. Era una mujer muy religiosa. Y también mi padre, sin renunciar a sus ideas socialistas, después del matrimonio comenzó a asistir a Misa. Pero mi padre estaba por trabajo casi siempre en el exterior. En 1914 fue a Argentina. Volvió a Italia al comienzo de la Gran Guerra, pero en 1918 se fue a Francia.

Hablando del hermano Papa, Eduardo recodaba: “Albino y yo íbamos a pastorear con nuestra vaca y cegábamos la hierba. Vivíamos descalzos todo el verano para ahorrar los zapatos. Eramos cinco hermanos, dos nacidos del primer matrimonio de papá y luego nosotros tres: Albino, yo y Nina, nacida en 1920. Papá siempre estaba lejos, por lo tanto vivíamos con mamá. También ella había sido inmigrante: cuando jovencita había trabajado durante tres años como bordadora en San Gallo, Suiza. Luego había trabajado en Venecia por 11 años como auxiliar en el hospital de San Giovanni e Paolo. Mire la coincidencia: justo el nombre que mi hermano eligió como Papa”.
Según el relato del hermano, Albino Luciani era, cuando niño, muy vivaz. A veces se escabullía de ir a la escuela y cometía muchas travesuras, pero alrededor de los 10 años cambió completamente y se volvió muy reflexivo.


CAMINO HACIA EL PONTIFICADO

 “En el año 1922 -recordaba Eduardo-, llegó a nuestro pueblo un fraile capuchino y predicador. Era muy elocuente y Albino quedó impresionado de aquellas prédicas y comenzó a pensar en ser capuchino también él. Pero mamá lo disuadió, diciéndole que primero debía terminar de cursar el cuarto año de la escuela elemental, y luego se vería. Pero Albino seguía pensando en ello y escribió una carta a papá, que por ese entonces estaba en Francia. Y nuestro padre, que era socialista, le contestó dándole de muy buena gana, su autorización. Aquella carta mi hermano aún la tenía”.
Albino también había conversado con el párroco del pueblo, quien en lugar de enviarlo a los frailes capuchinos, lo acompañó al Seminario diocesano de Feltre.
Fue siempre un alumno modelo y muy inteligente. Fue ordenado sacerdote el 7 de julio de 1935. Luego de haber desempeñado diversos cargos en su diócesis, fue enviado a Roma donde se doctoró en la Pontificia Universidad Gregoriana. De vuelta a Belluno comenzó su actividad de docente y fue también vicerrector del Seminario.

En el año 1949 publicó su primer libro: ‘Catecismo en migajas’. Siempre tuvo pasión por escribir. Durante la escuela secundaria sus escritos eran muy largos y bellos. Su estilo era simple y claro. Más tarde, como Patriarca de Venecia, colaboró en El Mensajero de San Antonio, escribiendo mensualmente una larga carta a un personaje famoso del pasado, religioso o laico (San Buenaventura, Dickens, Goethe, Goldoni, San Francisco de Salles, Marconi, Manzoni, Chesterton, María Teresa de Austria, etc.), y a través de estas cartas fantasiosas, hacía el análisis de la realidad actual, con una prosa periodística ágil e increíblemente amena. Las cartas luego fueron recogidas en un libro cuyo título es “Ilustrísimos Señores”.
La carrera de Luciani fue lenta pero continua. En el año 1954 fue nombrado Vicario general de la diócesis de Belluno, luego canónigo de la Catedral, y en 1958 Juan XXIII lo consagró Obispo.
Se cuenta que un día, cuando Luciani aún era un simple sacerdote, en la curia bellunense llegó de improviso el cardenal Angelo Roncalli, en ese entonces Patriarca de Venecia. Iba hacia Cadore para una visita pastoral y deseaba ser acompañado por el obispo de Belluno, monseñor Muccin. Pero éste no se encontraba. Sin embargo, se encontraba allí el joven docente de teología, Albino Luciani. “Venga usted conmigo, haremos un lindo viaje en coche”, le dijo Angelo Roncalli. En el auto hablaron ‘largo y tendido’. Roncalli se interesó mucho por aquel joven sacerdote. Poco tiempo después, elegido Pontífice, se acordó de él y lo nombró obispo.
Luciani fue llamado a regir la diócesis de Vittorio Veneto. Tenía 300 sacerdotes a su cargo. Regularmente, cuando uno de ellos se enfermaba, iba a visitarlo. Tenía con todos una intensa correspondencia epistolar, personal, directa, evitando el envío de “cartas pastorales” colectivas, porque, decía, “parecen como si lloviesen del cielo”.
En el año 1969 Pablo VI lo nombró Patriarca de Venecia y cuatro años después le otorgó la púrpura cardenalicia. El 26 de agosto de 1978 fue elegido Pontífice, tomando el nombre de Juan Pablo I, y permaneció en el trono de Pedro por tan sólo 33 días.
En su breve pontificado, Papa Luciani no tuvo tiempo de escribir encíclicas, para hacer reformas, para promulgar documentos, para mantener grandes discursos ni tampoco para realizar viajes apostólicos. Pero su rostro, visto en todo el mundo a través de la TV, sus ojos vivaces, su figura mansa y humilde, el rubor de su rostro por la sorpresa de verse elevado a tanta gloria, el tono de su voz, las frases simples, y sobre todo su sonrisa, emanaban una misteriosa e instintiva simpatía que conmovía las conciencias. Inmediatamente, para todos, fue el “Papa de la sonrisa” y después de un cuarto de siglo su recuerdo sigue siendo muy fuerte.
“Aquella sonrisa que conquistó el mundo -me dijo un día la cuñada de Juan Pablo I, Antonieta, esposa de Eduardo-, no era la expresión de un hombre sin preocupaciones. Era una conquista espiritual. Sonreía para no hacer pesar sus problemas, sobre las personas que lo rodeaban. También él tenía momentos de sufrimiento, tristeza, que muchas veces no lograba ocultar. Pero le duraban pocos minutos. Luego retomaba el control de sus actos y en sus labios aparecía nuevamente la sonrisa.
Era una persona que vivía permanentemente en la presencia de Dios, y era la conciencia de estar en esa presencia de Dios que le daba la fuerza para sonreír permanentemente, aún cuando las cosas no estuvieran bien.
A veces me quejaba porque, con 9 hijos, unos cuantos nietos, y mi trabajo de maestra, no me daban mucho tiempo como para ir a la iglesia a rezar o para leer los diarios católicos, es decir, para mantenerme al día sobre las vicisitudes de la Iglesia. El me decía que no tenía que preocuparme para nada. Que sólo tenía que pensar en cumplir con mis deberes. Las conferencias, las mesas redondas, las reuniones para ‘hablar de Dios’
-decía-, no son de gran utilidad. Por el contrario, hay que ‘hablar con Dios’. Y añadía que no era necesario ir a la iglesia para ‘hablar con Dios’, es decir para rezar. Cuando pienso en la Virgen María -decía-, no me la imagino en el templo absorta en oraciones, sino ocupada en la limpieza de su casa, en el lavado de la ropa de San José y de Jesús, en cocinar, en hacer todas estas cosas con amor. He aquí la oración más bella que se pueda hacer. Esta era su enseñanza”.
Como Papa, pronunció la frase que desencadenó discusiones interminables entre los teólogos, pero que reflejó una extraordinaria verdad: “Dios siempre tiene los ojos abiertos sobre nosotros, aún cuando nos parezca que es de noche. Es Padre, más aún, es Madre”.

30 de julio de 2010


Dios detesta las faltas, porque son faltas. Pero, por otra parte, ama, en cierto sentido, las faltas en cuanto le dan ocasión a Él de mostrar su misericordia y a nosotros de permanecer humildes y de comprender también y compadecer las faltas del prójimo.

Juan Pablo I
(Albino Luciani)

11 de junio de 2010

Juan el Cocinero (Albino Luciani- Juan Pablo I)

Juan era cocinero. Al umbral de la cocina estaban echados los perros. Juan mató un novillo y tiró las vísceras al patio. Los perros las tomaron, las comieron y dijeron: "Es un excelente cocinero, cocina muy bien". Tiempo después, Juan desgranaba arvejas, pelaba cebollas, y las cáscaras las tiró al patio. Los perros llegaron, pero, quitando el hocico, dijeron: "Se echó a perder el cocinero. No vale nada". Juan, sin embargo, sin alterarse por este comentario, dijo: "Es el patrón que debe comer y apreciar la comida que preparo, no los perros. Me basta que el patrón me aprecie".
¿Qué gustos tiene el Señor? ¿Qué cosa le gusta en nosotros? Un día, mientras predicaba, alguien le dijo: "Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablarte". Él indicó con la mano a sus discípulos y respondió: "Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo aquél que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre".
Eso es lo que le gusta: el que hace su voluntad. Le gusta que se le ore, pero no le gusta que las oraciones sean un pretexto para desentenderse del esfuerzo de las buenas obras.

7 de junio de 2010

La fe, piloto de la vida (Albino Luciani, Juan Pablo I)


Hoy, ha crecido enormemente la ciencia, purificándose de miles escorias del pasado; también nuestros conocimientos religiosos deben purificarse de alguna ingenuidad ya contradicha por la ciencia y que no coincide con la auténtica revelación divina. Hoy, ha cambiado el lenguaje y el comportamiento mental de los hombres; también nosotros debemos tener el valor de cambiar de estilo, proponiendo las verdades de siempre, en un lenguaje nuevo, adecuado a los nuevos comportamientos. Existe hoy la tendencia de hacer consistir la vida religiosa "exclusivamente en actos de culto y en algunos deberes morales" (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 43); debemos, mejor, ofrecer todo nuestro ser como espacio a la verdad, permitiendo que la verdad se inserte en el centro de nuestro espíritu y que pilotee toda nuestra vida.

9 de febrero de 2010

Mi Rosario (Juan Pablo I, Albino Luciani)

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Personalmente, cuando hablo solo con Dios y la Virgen, más que adulto prefiero sentirme niño. La mitra, el solideo, el anillo desaparecen; mando de vacaciones al adulto y también al obispo, para abandonarme a la ternura espontánea que tiene un niño delante de papá y mamá. El rosario, oración simple y fácil, a su vez, me ayuda a ser niño y no me avergüenzo de ello en absoluto.

Albino Luciani, Juan Pablo I