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15 de abril de 2014

Reflexión de Martes Santo: Uno de ustedes me va a entregar



Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".
Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.
Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús.
Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: "Pregúntale a quién se refiere".
El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: "Señor, ¿quién es?".
Jesús le respondió: "Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato". Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.
En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: "Realiza pronto lo que tienes que hacer".
Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto.
Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: "Compra lo que hace falta para la fiesta", o bien que le mandaba dar algo a los pobres.
Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.
Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'.
Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿adónde vas?". Jesús le respondió: "A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás".
Pedro le preguntó: "¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti".
Jesús le respondió: "¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces". 

Jn 13,21-33.36-38

Uno de vosotros me entregará. Uno de vosotros, en el número, no en el mérito; en apariencia, no en la virtud; por la convivencia corporal, no por el vínculo espiritual; compañero por adhesión del cuerpo, no por la unión del corazón; que, por lo tanto, no es de vosotros, sino que ha de salir de vosotros... No era, pues de ellos, Judas, porque, si de ellos hubiese sido, con ellos hubiera permanecido...

La flaqueza humana los hacía recelar a unos de otros. Cada cual conocía su propia conciencia, pero desconocía la de su vecino; cada uno estaba tan cierto de sí mismo como incierto de su vecino; cada uno estaba tan cierto de sí mismo, como inciertos estaban los otros de cada uno y cada uno de los otros... 

Era ya de noche. Y también el que salió era noche. El día habló al día, esto es, Cristo a sus discípulos, y la noche anunció a la noche de la sabiduría, esto es, Judas a los infieles judíos para que viniesen a Él y, persiguiéndole, le prendiesen.


SAN AGUSTÍN,
Comentario al Evangelio de San Juan, 61-62.
 

6 de septiembre de 2013

Fr. Alejandro Moral, o.s.a., nuevo Prior General de la Orden de San Agustín


El Capítulo General de la Orden de San Agustín reunido en Roma ha elegido el 4 de septiembre al P. Alejandro Moral, de 58 años, como nuevo Prior General de los Agustinos. Fue elegido al tercer escrutinio, con 58 votos sobre 83 votantes. Sucede en el cargo al norteamericano Robert Prevost.


Alejandro Moral Antón nació en La Vid (Burgos), el 1 de junio de 1955. Cursó estudios medios en el Colegio-Seminario San Agustín de Palencia y en 1972 ingresó en el Noviciado agustiniano del monasterio de Santa María de la Vid (Burgos), emitiendo sus votos simples el 12 de septiembre de 1973. Curso los estudios filosóficos en el mismo monasterio de Santa María de la Vid y los teológicos en el Seminario Mayor Agustiniano Tagaste (Los Negrales). El 1978 fue enviado al Colegio Internacional Santa Mónica, de Roma, donde realizó el último año de los estudios teológicos. Emitió su profesión solemne en la Orden de San Agustín el 7 de septiembre de 1980, fue ordenado diácono el 4 de enero de 1981 y el 20 de junio del mismo año recibió la ordenación presbiteral en la capilla del Colegio San Agustín de Madrid.



El P. Alejandro Moral es licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma y en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. En 1983 fue destinado a la comunidad del Seminario Mayor Tagaste, donde fue profesor, regente de estudios, formador y ecónomo; entre 1989 y 1991 ejerció el cargo de coordinador del Equipo de Formación del Seminario Mayor Agustiniano Tagaste y de 1991 a 1995 fue Consejero Provincial encargado del área de Formación y Vida Religiosa. En enero de 1995 fue elegido Prior Provincial de la Provincia Agustiniana de España, siendo reelegido para un segundo mandato en 1999.



El Capítulo General, celebrado en Roma en 2001, eligió al P. Alejandro para el cargo de Vicario General de la Orden y el Capítulo de 2007 para el de Asistente General, cargo que desempeñaba en la actualidad, así como el de Procurador General, desde el año 2004. También era encargado de Justicia y Paz de la Orden y visitador de una de las dos Federaciones de Monjas Agustinas de España.



Luis Marín de San Martín, OSA

11 de octubre de 2012

11 de octubre: Beato Elías del Socorro Nieves, o.s.a. Morir como Jesús con las manos atadas

Todo sacerdote que predica la Palabra de Dios en tiempo de persecución, no tiene escapatoria, morirá como Jesucristo en la Cruz, con las manos atadas.


Estas palabras del Padre Nieves expresan con realismo una visión clarividente sobre la situación que le tocaba afrontar y su firme decisión, desde la fe, de abrazar la cruz de Cristo, manteniéndose fiel a su ministerio. A pesar del peligro, quiso permanecer con su grey durante el tiempo de la persecución, recordando el ejemplo de Agustín:

Yo, a la vez que os alimento, me alimento con vosotros; concédame el Señor fuerzas para amaros hasta morir por vosotros, ya en la realidad, ya en la disponibilidad.
(Serm. 296,5)

Al Padre Elías le resultó muy difícil alcanzar la meta del sacerdocio. La enfermedad, la pérdida de los padres, las responsabilidades familiares y la pobreza, habían levantado un muro insalvable entre su deseo de ser sacerdote, largamente acariciado desde la infancia, y la realidad de su vida.


Pero, una vez ordenado sacerdote, la entrega a su ministerio fue incondicional. Arriesgó y perdió su vida por las ovejas, alcanzándola para la vida eterna. Como mártir, fue un cualificado testigo de la fe y la caridad.

Mateo Elías Nieves del Castillo nació el 21 de septiembre de 1882 en Yuriria, Guanajuato, México. Fue frágil de salud desde su nacimiento, teniendo que ser bautizado de urgencia, por el peligro que corría su vida. Después padecería tuberculosis y una ceguera temporal que le dejó como secuela cierta debilidad visual.

Su infancia y juventud fueron difíciles. Principalmente por la pérdida de los padres y de otras personas que, caritativamente, se habían interesado por él. No tuvo oportunidad de estudiar ni de seguir su vehemente deseo de ingresar en la Orden Agustiniana. Maduró su vocación religiosa en una intensa vida cristiana, vivida en su parroquia, donde fue un joven comprometido con la acción pastoral. 

Sólo muy tardíamente pudo incorporarse al seminario agustino. Cuando comenzó los estudios secundarios era un joven que había madurado humanamente por los muchos sufrimientos padecidos, y espiritualmente por su intensa vida cristiana. Asumió, con humildad, compartir aula y régimen de seminario con compañeros adolescentes. 

Tenía 28 años de edad cuando realizó su primera profesión. En ese momento tan importante de su vida se puso en manos de María, añadiendo a su nombre de bautismo el título agustiniano del Socorro.

Fue ordenado sacerdote el 9 de abril de 1916, a los 33 años de edad. Eran tiempos políticamente borrascosos. Sabía que le esperaba un ministerio difícil, pero le urgía el amor a su gente. "¡Sálvalos, Señor, que perecen!", decía con frecuencia.

Después de ejercer el ministerio sacerdotal en Yuriria, Aguascalientes, Maravatío y Pinícuaro, Michoacán, donde dejó buenos recuerdos, fue asignado a la comunidad de la Cañada de Caracheo, en el estado de Michoacán.

Ejerció su ministerio en medio de gentes sencillas, entregándose a ellas con alegría y dedicación. La escuela de la pobreza hizo de él un hombre que supo vivir con sobriedad. No eran momentos para empeñarse en grandes obras. El Padre Elías del Socorro fue grande en la fidelidad a lo sencillo.

Aún así se preocupó del bienestar de su gente, ayudándoles en sus necesidades y dedicando también gran esfuerzo a concluir, en poco tiempo, la construcción de la Iglesia de La Cañada de Caracheo. El llamado "reloj del Padre Nieves", con el que ornamentó la torre al concluir su construcción, perpetúa todavía, en el continuo desgranar de las horas, la memoria de este fiel vicario fijo.

Fue muy amigo de los pobres a los que socorría en sus necesidades; celebraba con fervor la misa y era muy devoto de la Santísima Virgen.
Concluyó su vida después de un periodo de clandestinidad, para mantener su servicio pastoral. El Padre Nieves no quiso acatar la orden del gobierno de concentrarse en la capital, porque eso significaba abandonar su grey y no estaba dispuesto a alejarse de ellos en horas de dificultad.

Quería quedarse "a pesar de todo". Por eso vivió 14 meses refugiado en una cueva, protegido por la caritativa complicidad de sus fieles, que acudían a la gruta a orar, asistir a la Eucaristía y recibir los Sacramentos.

El Padre Nieves fue aprehendido por los federales el 7 de marzo de 1928. El capitán Márquez lo llevó con otros presos hacia Cortazar, Guanajuato. Las actas del proceso ilustran las peripecias de su prendimiento y muerte, así como el conmovedor acompañamiento de dos de sus fieles que, dejados en libertad por el pelotón asesino, no quisieron abandonar a su pastor. 

A pesar de su insistente ruego para que se fueran, prefirieron correr la misma suerte del sacerdote agustino. 

Sus nombres merecen una palabra de recuerdo porque abrazaron, al lado del Padre Nieves, la palma del martirio: son los laicos José Dolores y José de Jesús Sierra.

Al llegar al lugar llamado "El Llano", los federales se detuvieron y pusieron al Padre Nieves frente a un mezquite. El Padre Elías oró, entregó a los soldados su gabán y pidió a los mismos que se hincaran para darles su bendición.

El Padre Nieves fue asesinado el 10 de marzo de 1928, cuando tenía 45 años de edad. Murió bendiciendo a los soldados que se disponían a ejecutarle y regalando su perdón y sus escasos bienes a su propio verdugo. El momento de su muerte es de una extraordinaria grandeza.
Ningún testimonio tan impresionante como el del ejecutor material de su muerte, el capitán Manuel Márquez Cervantes, quien, años más tarde, manifestó: "El Padre Nieves murió como un héroe y como un santo". Conservó como recuerdo los lentes y la cobija que le había regalado el agustino antes de asesinarle. Las palabras de San Agustín se cumplieron en él con exactitud.

Si deseas tener vida en Cristo, no tengas miedo a morir por Cristo.
(In Ioh. 52,2)

Los fieles le consideraron mártir desde la fecha del fusilamiento. Su cuerpo fue trasladado a la Iglesia parroquial de Cañada de Caracheo, Guanajuato, comunidad de unos 5 mil habitantes, la mayor del municipio de Cortazar, y en donde precisamente descansan los restos del Beato Elías del Socorro Nieves, bajo el altar y donde es sede de peregrinar.

Se le atribuyen decenas de milagros y la gente acude a la solemnidad en el aniversario de su muerte en el mes de marzo, con asistencia de miles de fieles.

Una ancianita afirma haber conocido al Padre Nieves cuando ella tenía doce años y refiere emocionada sus recuerdos. Asoman las lágrimas a sus ojos al relatar la desaparición de su hijita de cuatro años, angustiada invocó al Padre Elías del Socorro, y narra la llegada sorpresiva de un joven con lentes, que la tranquiliza diciéndole que él se la va a traer. -"¿Cómo me la vas a traer, le dice, si tú no la conoces? -No se preocupe, le contesta, sí que la conozco: tiene un vestidito morado, ¿verdad?" En efecto, pocos minutos después llegó con ella, se quedó en el umbral de la puerta unos momentos, e instantáneamente desapareció. Y nuestra viejita no titubea en afirmar que Fray Elías en persona acudió en su socorro. Con la misma emoción, nos recordaba la anécdota de los blanquillos, siendo ella niña: El Padre Elías llegó a su casa pidiendo la limosna, y su madre le rogó que esperara a que su marido, que había ido a vender la carreta, regresara para poder darle algo. -No, respondió el Padre Elías: ahí en el cuarto de al lado tienes un guaje con unos blanquillos; dámelos para llevármelos. Quedaron sorprendidos de cómo Fray Elías pudo saber que tenía tales blanquillos en el guaje.

El día 12 de octubre de 1997, el Papa Juan Pablo II celebró la ceremonia de Beatificación del Padre Elías del Socorro Nieves, en Roma.
Beato Elías del Socorro Nieves O.S.A., un mexicano de humilde extracción campesina. Este reconocimiento constituye una elocuente afirmación de la validez de la espiritualidad agustiniana, en sus diversas expresiones carismáticas, como camino de santidad en el servicio pastoral.

10 de octubre de 2012

10 de octubre: Santo Tomás de Villanueva, o.s.a., padre de los pobres y patrono de los estudios de la Orden Agustiniana

Nace en Fuenllana (Ciudad Real) en 1486, de padres religiosos y caritativos, de los que heredó su amor apasionado por los pobres. Vivió sus primeros años en Villanueva de los Infantes, de donde recibirá después del “nombre”.

A los quince años, fue enviado a estudiar a la célebre Universidad renacentista de Alcalá, donde llegó a ser maestro insigne, por su vasta competencia de las ciencias humanas y sagradas. Allí obtuvo, en 1509 el título de “Maestro” de lógica, física y metafísica. Continuó estudiando teología durante tres cursos, hasta que fue requerido para dirigir la Cátedra de Lógica (1512-16). Los quince años de permanencia en Alcalá, dejaron impresa en él una profunda impronta humanística para el resto de su vida. No aceptó la invitación que se le había hecho para enseñar en la otra famosa universidad de Salamanca.

Sin embargo, en 1516, va a Salamanca para ingresar en la Orden agustiniana, en el famoso convento de S. Agustín, donde profesa (25/Noviembre/1517). Se ordena de Sacerdote en 1518. A los 32 años, los superiores descubriendo con prontitud sus dotes, le van comprometiendo con sucesivos cargos de responsabilidad dentro de la Orden, contra su voluntad: Prior de Salamanca (1519-21 y 1523-25), período éste, cuando recibe la profesión de Alonso de Orozco; Visitador de la Provincia de Castilla (1526-27), Provincial de la Provincia de Andalucía (1527-29), Prior de Burgos (1531-34), Provincial de Castilla (1534-37), Prior de Burgos (1541-44).

Carlos V, que siente por él una especial predilección y le considera una persona clave para la reforma dentro de su reino, le nombra predicador y consejero suyo y, estando vacante la sede de Valencia, lo presenta para Arzobispo de la ciudad (10/Octubre/1544).

Valencia se encontraba en unas condiciones espirituales deplorables: después de un siglo sin un Obispo residente, muchos clérigos en situación irregular y la agitación morisca.

Tomás, en primer lugar, dirige sus esfuerzos a la recristianización de la diócesis. Funda el colegio-seminario de la Presentación (1550), para formar al clero, de forma que salgan capacitados para dar un testimonio auténtico de vida. Convoca un Sínodo y visita todas las parroquias, actuando con mano enérgica y paternal. Envió misioneros al Perú. Se inspiraba en las enseñanzas del Buen Pastor, en S. Pablo y en los grandes obispos. Es llamado el “S. Bernardo español” por su profundidad teológica sobre la Virgen. Fue el “predicador” más grande de su tiempo, y más que con la palabra, convencía con el ejemplo de su vida.

De su obra pastoral, merece recordarse: la asistencia a los pobres, la evangelización a los moriscos y la dedicación a la juventud. La intensa actividad en favor de su grey, afianzada en su gran erudición, hacen de él uno de los hombres más respetados del tiempo y modelo del obispo ideal. En Valencia, se mostró como verdadero modelo de buen pastor, sobresaliendo por su caridad, pobreza, prudencia y celo apostólico. Allí se le reconocerá con el sobrenombre de “El Obispo de los pobres”

Se distinguió, también, por la promoción de los estudios y del espíritu misionero en la Orden y por su incondicional entrega al servicio de la Iglesia y de los pobres...

Murió el 8 de Septiembre de 1555. Fue declarado Beato en 1618, y Alejandro VII lo canonizó en 1658. Es patrono de los estudios de la Orden. Sus restos se conservan en la iglesia catedral de Valencia. Su Fiesta litúrgica se celebra el 10 de Octubre.

Envía, Señor, a tu Iglesia pastores llenos de una caridad ilustrada por la ciencia, para que, siguiendo el ejemplo de Santo Tomás de Villanueva, nos estimulen a cultivar la ciencia y a poner sus frutos al servicio de la caridad. 

9 de octubre de 2012

9 de octubre: Beato Antonio Patrizi, o.s.a. Ser Agustino es ser contemplativo


Italia ha sido tierra fértil donde han surgido abundantes frutos de santidad. Este gran patrimonio humano de fidelidad a Jesucristo es con frecuencia desconocido, y hay hombres y mujeres que han caído en el olvido o sólo se les recuerda en su propia geografía. Es el caso del beato Antonio Patrizi.
Antonio Patrizi nació y vivió en Siena en la primera mitad del siglo XIII, pero se le conoce también como Antonio de Montichiano porque allí murió el año 1311. Ingresó en el convento agustiniano de Lecceto siendo trasladado, más tarde, al de Montichiano donde terminó sus días. Llevó una vida de santidad dedicada al servicio de Dios y de los hermanos.

La dimensión contemplativa –tan importante en la espiritualidad agustiniana– tiene en Antonio Patrizi un exponente claro. Dimensión contemplativa que se traduce en una fuerte pasión por Dios y un incansable servicio a los hermanos, como respuesta a las distintas necesidades de la Iglesia. San Agustín es modelo del abrazo entre la contemplación y la acción. Aunque no dejó nunca de cultivar la interioridad, en cuya intimidad está Dios (cf. La Trinidad, VIII, 7,11), tampoco dejó nunca de lado las exigencias del “Cristo pobre” cada vez que éste llamó a las puertas de su paz (Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 57,4).

Dos años después de la muerte de Antonio Patrizi fueron exhumados sus restos y colocados en un altar para la veneración de los muchos fieles que se sentían atraídos por su vida ejemplar. En 1313 se creó una fraternidad que llevó su nombre. Su culto fue confirmado por Pío VII en 1804.

27 de septiembre de 2012

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (XIII): Todos los buenos pastores se identifican con el único pastor


Cristo apacienta a sus ovejas debidamente, discierne a las que son suyas de las que no lo son. Mis ovejas escu­chan mi voz –dice– y me siguen.
En estas palabras descubro que todos los buenos pasto­res se identifican con este único pastor. No es que falten buenos pastores, pero todos son como los miembros del único pastor. Si hubiera muchos pastores, habría divi­sión, y, porque aquí se recomienda la unidad, se habla de un único pastor. Si se silencian los diversos pastores y se habla de un único pastor, no es porque el Señor no encontrara a quien encomendar el cuidado de sus ovejas, pues cuando encontró a Pedro las puso bajo su cuidado. Pero incluso en el mismo Pedro el Señor recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles, pero sólo a Pedro se le dice: Apacienta mis ovejas. Dios no quiera que falten nunca buenos pastores, Dios no quiera que lleguemos a vernos faltos de ellos; ojalá no deje el Señor de suscitar­los y consagrarlos.
 Ciertamente que, si existen buenas ovejas, habrá tam­bién buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas sa­len los buenos pastores. Pero hay que decir que todos los buenos pastores son, en realidad, como miembros del úni­co pastor y forman una sola cosa con él. Cuando ellos apacientan, es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no pretenden hacer oír su propia voz, sino que se complacen en que se oiga la voz del esposo. Por esto, cuando ellos apacientan, es el Señor quien apacienta; aquel Señor que puede decir por esta razón: «Yo mismo apacien­to», porque la voz y la caridad de los pastores son la voz y la caridad del mismo Señor. Ésta es la razón por la que quiso que también Pedro, a quien encomendó sus propias ovejas como a un semejante, fuera una sola cosa con él: así pudo entregarle el cuidado de su propio rebaño, siendo Cristo la cabeza y Pedro como el símbolo de la Iglesia que es su cuerpo; de esta manera, fueron dos en una sola car­ne, a semejanza de lo que son el esposo y la esposa.
 Así, pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera que las ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta: «Pedro, ¿me amas?» Él respondió: «Te amo». Y le dice por segunda vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Y le pregunta aun por tercera vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Quería fortalecer el amor para reforzar así la unidad. De este modo, el que es único apa­cienta a través de muchos, y los que son muchos apacien­tan formando parte del que es único.
 Y parece que no se habla de los pastores, pero sí se ha­bla. Los pastores pueden gloriarse, pero el que se gloría que se gloríe del Señor. Esto es hacer que Cristo sea el pastor, esto es apacentar para Cristo, esto es apacentar en Cristo, y no tratar de apacentarse a sí mismo al margen de Cristo. No fue por falta de pastores –como anunció el profeta que ocurriría en futuros tiempos de desgracia– que el Señor dijo: Yo mismo apacentaré a mis ovejas, como si dijera: «No tengo a quien encomendarlas». Por­que, cuando todavía Pedro y los demás apóstoles vivían en este mundo, aquel que es el único pastor, en el que todos los pastores son uno, dijo: Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
 Que todos se identifiquen con el único pastor y hagan oír la única voz del pastor, para que la oigan las ovejas y sigan al único pastor, y no a éste o a aquél, sino al único. Y que todos en él hagan oír la misma voz, y que no tenga cada uno su propia voz: Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: ponéos de acuerdo y no an­déis divididos. Que las ovejas oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda herejía, y que sigan a su pastor, que les dice: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 29-30.

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (XII): Apacentaré a mis ovejas en ricos pastizales


Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel. Compara a los autores de las sagradas Escritu­ras con los montes de Israel. En ellas habéis de apacentaos para pacer con seguridad. Saboread bien cuanto en ellas oigáis; rechazad cuanto venga de fuera. Para no extraviaros en la tiniebla, escuchad la voz del pastor. Reco­géos en los montes de la sagrada Escritura. En ella se en­cuentran las delicias de vuestro corazón, en ella no hay nada venenoso, nada extraño; son pastos ubérrimos. Lo único que tenéis que hacer, las que estáis sanas, es acudir a apacentaros en los montes de Israel.
 En las cañadas y en los poblados del país. Porque de los montes, de los que hemos hablado, manaron los ríos de la predicación evangélica, ya que a toda la tierra al­canza su pregón, y la tierra entera se volvió abundante fecunda para pasto de las ovejas.
 Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de Israel, o sea, donde puedan descansar y decir: «Se está bien»; donde digan: «Es ver­dad, está claro, no nos han engañado.» Descansarán en la gloria de Dios, como si fueran sus dehesas. Se recostarán,es decir, descansarán, en fértiles dehesas.
 Y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel. Ya hablé de los montes de Israel, de los buenos montes a los que levantamos nuestros ojos para que desde ellos descie­nda sobre nosotros el auxilio. Pero nuestro auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Por eso, para que nuestra esperanza no se detuviese en los montes, por buenos que fueran, después de decir: Apacentaré a mis ovejas en los montes de Israel,añadió en seguida, para que no te quedases en los montes: Yo mismo apacentaré mis ovejas. Levanta tus ojos hacia los montes, de donde habrá de venir tu auxilio, pero escúchale decir: Yo mismo las apacentaré. Porque tu auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
 Y concluye así: Y las apacentaré como es debido. Es el único que las apacienta, y que las apacienta como es debido. ¿Qué hombre puede juzgar debidamente a otro hombre? No hay por todas partes más que juicios teme­rarios. Aquel del que desesperábamos cambia de repen­te y se convierte en el mejor. Aquel, por el contrario, del que tanto esperábamos falla súbitamente y se vuelve el peor. Ni nuestro temor ni nuestro amor son siempre acertados.
 Lo que hoy es cada uno, apenas si uno mismo lo sabe. Aunque, en definitiva, puede llegar a saberlo. Pero, lo que va a ser mañana, ni uno mismo lo sabe. Aquél, en cambio, apacienta a sus ovejas como es debido, dándoles a cada una lo suyo; esto a éstas, aquello a aquéllas, pero siempre a cada una lo que es debido, pues sabe lo que hace. Apacienta como es debido a los que redimió después de haberlos juzgado. Eso es lo que quiere decir que los apacienta como es debido.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 24-25. 27

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (XI): Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que hacen


Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. ¿Pero qué es lo que tienen que escuchar? Esto dice el Señor: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas».
 Oíd y aprended, ovejas de Dios: Dios reclama sus ove­jas a los malos pastores y los culpa de su muerte. Pues, por boca del mismo profeta, dice en otra ocasión: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero, si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conduc­ta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.
 ¿Qué significa esto, hermanos? ¿Os dais cuenta lo peli­groso que puede resultar callarse? El malvado muere, y muere con razón; muere en su pecado y en su impiedad; pero lo ha matado la negligencia del mal pastor. Pues po­dría haber encontrado al pastor que vive y que dice: Por mi vida, oráculo del Señor; pero, como fue negligente el que recibió el encargo de amonestarlo y no lo hizo, él mo­rirá con razón, y con razón se condenará el otro. En cam­bio, como dice el texto sagrado: «Si advirtieses al impío, al que yo hubiese amenazado con la muerte: Eres reo de muerte, y él no se preocupa de evitar la espada amenaza­dora, y viene la espada y acaba con él, él morirá en su pe­cado, y tú, en cambio, habrás salvado tu alma». Por eso precisamente, a nosotros nos toca no callarnos; mas voso­tros, en el caso de que nos callemos, no dejéis de escuchar las palabras del Pastor en las sagradas Escrituras.
 Veamos, pues, ahora, ya que así lo había yo propuesto, si va a quitarles las ovejas a los malos pastores y a dárselas a los buenos. Y veo, efectivamente, que se las quita a los malos. Esto es lo que dice: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas. Porque, cuando digo que apacienten a mis ovejas, se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas. Los quitaré de pastores de mis ovejas».
 ¿Y cómo se las quita, para que no las apacienten? Ha­ced lo que os digan, pero no hagáis lo que hacen. Como si dijera: «Dicen mis cosas, pero hacen las suyas». Cuando no hacéis lo que hacen los malos pastores, no son ellos los que os apacientan; cuando, en cambio, hacéis lo que os di­cen, soy yo vuestro pastor.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 20-21

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (X): La Iglesia es como una vid


Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra. ¿Qué quiere decir:Se dispersaron por toda la tierra? Son las ovejas que apetecen las cosas terrenas y, porque aman y están prendadas de las cosas que el mun­do estima, se niegan a morir, para que su vida quede escondida en Cristo. Por toda la tierra, porque se trata del amor de los bienes de la tierra, y de ovejas que andan errantes por toda la superficie de la tierra. Se encuentran en distintos sitios; pero la soberbia las engendró a todas como única madre, de la misma manera que nuestra úni­ca madre, la Iglesia católica, concibió a todos los fieles cristianos esparcidos por el mundo entero.
 No tiene, por tanto, nada de sorprendente que la sober­bia engendre división, del mismo modo que la caridad en­gendra la unidad. Sin embargo, es la misma madre católica y el pastor que mora en ella quienes buscan a los desca­rriados, fortalecen a los débiles, curan a los enfermos y vendan a los heridos, por medio de diversos pastores, aun­que unos y otros no se conozcan entre sí. Pero ella sí que los conoce a todos, puesto que con todos está identificada.
 Efectivamente, la Iglesia es como una vid que crece y se difunde por doquier; mientras que las ovejas descarriadas son como sarmientos inútiles, cortados a causa de su esterilidad por la hoz del labrador, no para destruir la vid, sino para purificarla. Los sarmientos aquellos, allí donde fueron podados, allí se quedan. La vid, en cambio, sigue creciendo por todas partes, sin ignorar ni uno solo de los sarmientos que permanecen en ella, de los que junto a ella quedaron podados.
 Por eso, precisamente, sigue llamando a los alejados, ya que el Apóstol dice de las ramas arrancadas: Dios tiene poder para injertarlos de nuevo. Lo mismo si te refieres a las ovejas que se alejaron del rebaño, que si piensas en las ramas arrancadas de la vid, Dios no es menos capaz de volver a llamar a las unas y de volver a injertar a las otras, porque él es el supremo pastor, el verdadero labrador. Mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie, de aquellos malos pastores, las buscase siguiendo su rastro.
Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! –oráculo del Señor–. Fijaos cómo comienza. Es como si Dios jurase con el testimonio de su vida. ¡Lo juro por mi vida! –oráculo del Señor–. Los pas­tores murieron, pero las ovejas están seguras, porque el Señor vive.Por mi vida –oráculo del Señor–. ¿Y quié­nes son los pastores que han muerto? Los que buscaban su interés y no el de Cristo. ¿Pero es que llegará a haber y se podrá encontrar pastores que no busquen su propio interés, sino el de Cristo? Los habrá sin duda, se los en­contrará con seguridad, ni faltan ni faltarán.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 18-19

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (IX): Insiste a tiempo y a destiempo


No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdi­das. En este mundo andamos siempre entre las manos de los ladrones y los dientes de los lobos feroces y, a causa de estos peligros nuestros, os rogamos que oréis. Además, las ovejas son obstinadas. Cuando se extravían y las busca­mos, nos dicen, para su error y perdición, que no tienen nada que ver con nosotros: «¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?» Como si el hecho de que anden errantes y en peligro de perdición no fuera precisamente la causa de que vayamos tras de ellas y las busquemos. «Si ando errante –dicen–, si estoy perdida, ¿para qué me quieres? ¿Para qué me buscas?» Te quiero hacer volver precisamen­te porque andas extraviada; quiero encontrarte porque te has perdido.
 «¡Pero si yo quiero andar así, quiero así mi perdición!» ¿De veras así quieres extraviarte, así quieres perderte? Pues tanto menos lo quiero yo. Me atrevo a decirlo, estoy dispuesto a seguir siendo inoportuno. Oigo al Apóstol que dice: Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo. ¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? A tiempo, a los que quieren escuchar; a destiempo, a quie­nes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo a decir: «Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero.» Y, en definitiva, no lo quiere tampoco aquel a quien yo temo. Si yo lo quisiera, escucha lo que dice, es­cucha su increpación: No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. ¿Voy a temerte más a ti que a él mismo? Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
 De manera que seguiré llamando a las que andan errantes y buscando a las perdidas. Lo haré, quieras o no quieras. Y, aunque en mi búsqueda me desgarren las zar­zas del bosque, no dejaré de introducirme en todos los es­condrijos, no dejaré de indagar en todas las matas; mien­tras el Señor a quien temo me dé fuerzas, andaré de un lado a otro sin cesar. Llamaré mil veces a la errante, bus­caré a la que se halla a punto de perecer. Si no quieres que sufra, no te alejes, no te expongas a la perdición. No tiene importancia lo que yo sufra por tus extravíos y tus riesgos. Lo que temo es llegar a matar a la oveja sana, si te descuido a ti. Pues oye lo que se dice a continuación: Matáis las ovejas más gordas. Si echo en olvido a la que se extravía y se expone a la perdición, la que está sana sentirá también la tentación de extraviarse y de ponerse en peligro de perecer.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 14-15

26 de septiembre de 2012

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (VIII): Los cristianos débiles


No fortalecéis a las ovejas débiles, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores, a los pastores falsos, a los pastores que buscan su interés y no el de Jesucristo, que se aprovechan de la leche y la lana de las ovejas, mientras que no se preocupan de ellas ni piensan en fortalecer su mala salud. Pues me parece que hay alguna diferencia en­tre estar débil, o sea, no firme –ya que son débiles los que padecen alguna enfermedad–, y estar propiamente enfer­mo, o sea, con mala salud.
 Desde luego que estas ideas que nos estamos esforzando por distinguir las podríamos precisar, por nuestra parte, con mayor diligencia, y por supuesto que lo haría mejor cualquier otro que supiera más o fuera más fervoroso; pero, de momento, y para que no os sintáis defraudados, voy a deciros lo que siento, como comentario a las pala­bras de la Escritura. Es muy de temer que al que se en­cuentra débil no le sobrevenga una tentación y le desmo­rone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseo que le está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo.
 Pensad en esos hombres que quieren vivir bien, que han determinado ya vivir bien, pero que no se hallan tan dispuestos a sufrir males, como están preparados a obrar el bien. Sin embargo, la buena salud de un cristiano le debe llevar no sólo a realizar el bien, sino también a so­portar el mal. De manera que aquellos que dan la impre­sión de fervor en las buenas obras, pero que no se hallan dispuestos o no son capaces de sufrir los males que se les echan encima, son en realidad débiles. Y aquellos que aman el mundo y que por algún mal deseo se alejan de las buenas obras, éstos están delicados y enfermos, puesto que, por obra de su misma enfermedad, y como si se halla­ran sin fuerza alguna, son incapaces de ninguna obra buena.
 En tal disposición interior se encontraba aquel paralítico al que, como sus portadores no podían introducirle ante la presencia del Señor, hicieron un agujero en el te­cho, y por allí lo descolgaron. Es decir, para conseguir lo mismo en lo espiritual, tienes que abrir efectivamente el techo y poner en la presencia del Señor el alma paralítica, privada de la movilidad de sus miembros y desprovista de cualquier obra buena, gravada además por sus pecados y languideciendo a causa del morbo de su concupiscencia. Si, efectivamente, se ha alterado el uso de todos sus miem­bros y hay una auténtica parálisis interior, si es que quie­res llegar hasta el médico –quizás el médico se halla ocul­to, dentro de ti: este sentido verdadero se halla oculto en la Escritura–, tienes que abrir el techo y depositar en pre­sencia del Señor al paralítico, dejando a la vista lo que está oculto.
 En cuanto a los que no hacen nada de esto y descuidan hacerlo, ya habéis oído las palabras que les dirige el Señor: No curáis a las enfermas, ni vendáis sus heridas; ya lo he­mos comentado. Se hallaba herida por el miedo a la prue­ba. Había algo para vendar aquella herida; estaba aquel consuelo: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba su­pere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 13

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (VII): Ofrece el alivio de la consolación


El Señor, dice la Escritura, castiga a sus hijos preferidos. Y tú te atreves a decir: «Quizás seré una excepción.» Si eres una excepción en el castigo, quedarás igualmente exceptuado del número de los hijos. «¿Es cierto —pregun­tarás— que castiga a cualquier hijo?» Cierto que castiga a cualquier hijo, y del mismo modo que a su Hijo único. Aquel Hijo, que había nacido de la misma substancia del Padre, que era igual al Padre por su condición divina, que era la Palabra por la que había creado todas las cosas, por su misma naturaleza no era susceptible de castigo. Y, pre­cisamente, para no quedarse sin castigo, se vistió de la carne de la especie humana. ¿Con qué va a dejar sin cas­tigo al hijo adoptado y pecador, el mismo que no dejó sin castigo a su único Hijo inocente? El Apóstol dice que no­sotros fuimos llamados a la adopción. Y recibimos la adopción de hijos para ser herederos junto con el Hijo único, para ser incluso su misma herencia: Pídemelo: te daré en herencia las naciones. En sus sufrimientos, nos dio ejemplo a todos nosotros.
 Pero, para que el débil no se vea vencido por las futu­ras tentaciones, no se le debe engañar con falsas esperan­zas, ni tampoco desmoralizarlo a fuerza de exagerar los peligros. Dile: Prepárate para las pruebas, y quizá co­mience a retroceder, a estremecerse de miedo, a no querer dar un paso hacia adelante. Tienes aquella otra frase: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vues­tras fuerzas. Pues bien, prometer y anunciar las tribula­ciones futuras es, efectivamente, fortalecer al débil. Y, si al que experimenta un temor excesivo, hasta el punto de sentirse aterrorizado, le prometes la misericordia de Dios, y no porque le vayan a faltar las tribulaciones, sino por­que Dios no permitirá que la prueba supere sus fuerzas, eso es, efectivamente, vendar las heridas.
 Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribu­laciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sin­tieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de so­brevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que sólo quien desea ser verdaderamen­te cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones.
 Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. Di: «No temas, que no va a abandonarte en la prueba aquel en quien has creído. Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere sus fuerzas». No son palabras mías, sino del Apóstol, que nos dice: Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí. Cuando oyes estas cosas, estás oyendo al mismo Cristo, estás oyen­do al mismo pastor que apacienta a Israel. Pues a él le fue dicho: Nos diste a beber lágrimas, pero con medida. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Sólo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 11-12

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (VI): Prepárate para la prueba


Ya habéis oído lo que los malos pastores aman. Ved ahora lo que descuidan. No fortalecéis a las débiles, ni cu­ráis a las enfermas, ni vendáis a las heridas, es decir, a las que sufren; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes, des­trozándolas y llevándolas a la muerte. Decir que una ove­ja ha enfermado quiere significar que su corazón es débil, de tal manera que puede ceder ante las tentaciones en cuanto sobrevengan y la sorprendan desprevenida.
 El pastor negligente, cuando recibe en la fe a alguna de estas ovejas débiles, no le dice: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente. Porque quien dice tales cosas, ya está confortando al débil, ya está fortale­ciéndole, de forma que, al abrazar la fe, dejará de espe­rar en las prosperidades de este siglo. Ya que, si se le in­duce a esperar en la prosperidad, esta misma prosperidad será la que le corrompa; y, cuando sobrevengan las adver­sidades, lo derribarán y hasta acabarán con él.
 Así, pues, el que de esa manera lo edifica, no lo edifica sobre piedra, sino sobre arena. Y la roca era Cristo. Los cristianos tienen que imitar los sufrimientos de Cristo, y no tratar de alcanzar los placeres. Se conforta a un pusilá­nime cuando se le dice: «Aguarda las tentaciones de este siglo, que de todas ellas te librará el Señor, si tu corazón no se aparta lejos de él. Porque precisamente para forta­lecer tu corazón vino él a sufrir, vino él a morir, a ser es­cupido y coronado de espinas, a escuchar oprobios, a ser, por último, clavado en una cruz. Todo esto lo hizo él por ti, mientras que tú no has sido capaz de hacer nada, no ya por él, sino por ti mismo».
 ¿Y cómo definir a los que, por temor de escandalizar a aquellos a los que se dirigen, no sólo no los preparan para las tentaciones inminentes, sino que incluso les prometen la felicidad en este mundo, siendo así que Dios mismo no la prometió? Dios predice al mismo mundo que vendrán so­bre él trabajos y más trabajos hasta el final, ¿y quieres tú que el cristiano se vea libre de ellos? Precisamente por ser cristiano tendrá que pasar más trabajos en este mundo.
 Lo dice el Apóstol: Todo el que se proponga vivir pia­dosamente en Cristo será perseguido. Y tú, pastor que tra­tas de buscar tu interés en vez del de Cristo, por más que aquél diga: Todo el que se proponga vivir piadosa­mente en Cristo será perseguido, tú insistes en decir: «Si vives piadosamente en Cristo, abundarás en toda clase de bienes. Y, si no tienes hijos, los engendrarás y sacarás adelante a todos, y ninguno se te morirá». ¿Es ésta tu ma­nera de edificar? Mira lo que haces, y dónde construyes. Aquel a quien tú levantas está sobre arena. Cuando ven­gan las lluvias y los aguaceros, cuando sople el viento, harán fuerza sobre su casa, se derrumbará, y su ruina será total.
 Sácalo de la arena, ponlo sobre la roca; aquel que tú deseas que sea cristiano, que se apoye en Cristo. Que piense en los inmerecidos tormentos de Cristo, que pien­se en Cristo, pagando sin pecado lo que otros cometieron, que escuche la Escritura que le dice: El Señor castiga a sus hijos preferidos. Que se prepare a ser castigado, o que renuncie a ser hijo preferido.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 10-11

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (V): Sé un ejemplo para los fieles


Después de haber hablado el Señor de lo que estos pastores aman, habla de lo que desprecian. Son muchos los defectos de las ovejas, y las ovejas sanas y gordas son muy pocas, es decir, las que se hallan robustecidas con el alimento de la verdad, alimentándose de buenos pastos por gracia de Dios. Pues bien, aquellos malos pastores no las apacientan. No les basta con no curar a las débiles y enfermas, con no cuidarse de las errantes y perdidas. También hacen todo lo posible por acabar con las vigorosas y cebadas. A pesar de lo cual, siguen viviendo. Siguen viviendo por pura misericordia de Dios. Pero, por lo que toca a los malos pastores, no hacen sino matar. «¿Y cómo matan?», me preguntarás. Matan viviendo mal, dando mal ejemplo. Pues no en vano se le dice a aquel siervo de Dios, que destaca entre los miembros del supremo Pastor:Preséntate en todo como un modelo de buena conducta, y también: Sé un modelo para los fieles.
 Porque, la mayor parte de las veces, aun la oveja sana, cuando advierte que su pastor vive mal, aparta sus ojos de los mandatos de Dios y se fija en el hombre, y comienza a decirse en el interior de su corazón: «Si quien está pues­to para dirigirme vive así, ¿quién soy yo para no obrar co­mo él obra?» Así el mal pastor mata a la oveja sana. Y, si mató a la que estaba fuerte, ¿qué va a ser lo que haga con las otras, si con el ejemplo de su vida acaba de matar a la que él no había fortalecido, sino que la había encontrado ya fuerte y robusta?
 Os aseguro, hermanos queridos, que, aunque las ove­jas sigan viviendo, y estén firmes en la palabra del Señor, y se atengan a lo que escucharon de sus labios: Haced lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen; sin em­bargo, quien vive de mala manera a los ojos del pueblo, por lo que a él se refiere, está matando a los que lo ven. Y que no se tranquilice diciéndose que la oveja no ha muer­to. Es verdad que no ha muerto, pero él es un homicida. Es lo mismo que cuando un hombre lascivo mira a una mujer con mala intención: aunque ella se mantenga cas­ta, él, en cambio, ha pecado. La palabra de Dios es verda­dera e inequívoca: El que mira a una mujer casada de­seándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. No ha penetrado hasta su habitación, pero la ha deseado en su propia habitación interior.
 Así, pues, todo aquel que vive mal a la vista de quienes son sus subordinados, por lo que a él toca, mata hasta a los fuertes. Quien lo imita muere, mientras que quien no lo imita vive. Pero él, por su parte, ha matado a ambos. Matáis las más gordas –dice el profeta– y, las ovejas, no las apacentáis.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46,9

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (IV): Que nadie busque su propio interés


Ya que hemos hablado de lo que quiere decir beberse la leche, veamos ahora lo que significa cubrirse con su lana. El que ofrece la leche ofrece el sustento, y el que ofrece la lana ofrece el honor. Éstas son las dos cosas que esperan del pueblo los que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: la satisfacción de sus necesidades con holgura y el favor del honor y la gloria.
 Desde luego, el vestido se entiende aquí como signo de honor, porque cubre la desnudez. Un hombre es un ser débil. Y, el que os preside, ¿qué es sino lo mismo que vo­sotros? Tiene un cuerpo, es mortal, come, duerme, se le­vanta; ha nacido y tendrá que morir. De manera que, si consideras lo que es en sí mismo, no es más que un hom­bre. Pero tú, al rodearle de honores, haces como si c­ubrieras lo que es de por sí bien débil.
 Ved qué vestidura de esta índole había recibido el mis­mo Pablo del buen pueblo de Dios, cuando decía: Me recibisteis como a un mensajero de Dios. Porque hago constar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos por dármelos. Pero, habiéndosele tributado semejante honor, ¿acaso se mostró complaciente con los que andaban equivocados, como si temiera que se lo negaran y le retiraran sus alabanzas si los acusaba? De haberlo hecho así, se hubiera contado entre los que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas. En ese caso, estaría diciendo para sí: «¿A mí qué me importa? Que haga cada uno lo que quiera; mi sustento está a salvo, lo mismo que mi honor: tengo suficiente leche y lana; que cada un tire por donde pueda». ¿Con que para ti todo está bien, si cada uno tira por donde puede? No seré yo quien te dé responsabilidad alguna, no eres más que uno de tantos. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él.
 Por eso, el mismo Apóstol, al recordarles la manera que tuvieron de portarse con él, y para no dar la impresión de que se olvidaba de los honores que le habían tributado, les aseguraba que lo habían recibido como si fuera un mensajero de Dios y que, si hubiera sido ello posible, se habrían sacado los ojos para ofrecérselos a él. A pesar de lo cual, se acercó a la oveja enferma, a la oveja corrom­pida, para cauterizar su herida, no para ser complacien­te con su corrupción. ¿Y ahora me he convertido en ene­migo vuestro por ser sincero con vosotros? De modo que aceptó la leche de las ovejas y se vistió con su lana, pero no las descuidó. Porque no buscaba su interés, sino el de Jesucristo.

SAN AGUSTÍN,
Serm. 46, 6-7

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (III): El ejemplo de Pablo


En una ocasión en que Pablo se encontraba en una gran indigencia, preso por la confesión de la verdad, los hermanos le enviaron con qué remediar su indigente necesidad. El les dio las gracias y les dijo: Al socorrer mis necesidades, habéis obrado bien. Yo he aprendido a arre­glarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abun­dancia. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación.
 Porque trataba de darles a entender lo que se propo­nía, a propósito del bien que ellos habían hecho, y no que­ría ser entre ellos uno de esos que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas, por eso, más que alegrarse de que hubiesen acudido a remediar su necesidad, quiso congratularse de su fecundidad en buenas obras. ¿Qué era entonces lo que pretendía? No es que yo busque regalos, busco que los intereses se acumulen en vuestra cuenta. «Y no para quedar yo repleto –venía a decirles–, sino para que vosotros no os quedéis desprovistos».
 Así, pues, quienes no puedan, como Pablo, sostenerse con el trabajo de sus manos, no duden en aceptar la leche de las ovejas, para sustentarse en sus necesidades, pero que no se olviden de las ovejas débiles. No han de buscar esto como ventaja suya, como si anunciasen el Evangelio para remedio de su pobreza, sino con el fin de poder en­tregarse a la preparación de la palabra de verdad con la que han de iluminar a los hombres. Pues son como lumi­narias, según está dicho: Tened ceñida la cintura y encen­didas las lámparas; y: No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el can­delero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
 Si en tu casa se encendiera una lámpara, ¿no le pon­drías aceite para que no se apagara? Y, si, después de ponerle aceite, la lámpara no alumbrara, no se la colocaría en el candelero, sino que inmediatamente se la tiraría. La necesidad autoriza, pues, a aceptar, y la caridad, a dar los medios necesarios para la subsistencia. Y ello no por­que el Evangelio sea algo banal, como si lo recibido como medio de vida por quienes lo anuncian fuera su precio. Si así lo estuvieran vendiendo, lo estarían malvendiendo. En efecto, si el sustento de sus necesidades han de recibirlo del pueblo, el premio de su entrega es de Dios de quien tienen que aguardarlo. Pues el pueblo no puede otorgar la recompensa a quienes le sirven en la caridad del Evan­gelio. Éstos no aguardan su premio sino del mismo Señor de quien el pueblo espera su salvación.
 Entonces, ¿por qué se increpa y acusa a aquellos pasto­res? Porque, mientras bebían la leche y se vestían con la lana de las ovejas, no se ocupaban de ellas. Buscaban, pues, su interés, no el de Jesucristo.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 4-5

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (II): Los pastores que se apacientan a sí mismos


Oigamos, pues, lo que la palabra divina, sin halagos para nadie, dice a los pastores que se apacientan a sí mis­mos en vez de apacentar a las ovejas: Os coméis su enjun­dia, os vestís con su lana; matáis las más gordas y, las ovejas, no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no reco­géis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltra­táis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se des­perdigaron y fueron pasto de las fieras del campo.
 Se acusa a los pastores que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas, por lo que buscan y lo que descuidan. ¿Qué es lo que buscan?Os coméis su enjundia, os vestís con su lana. Pero por qué dice el Apóstol: ¿Quién planta una viña, y no come de su fruto? ¿Qué pastor no se alimenta de la le­che del rebaño? Palabras en las que vemos que se llama leche del rebaño a lo que el pueblo de Dios da a sus res­ponsables para su sustento temporal. De eso hablaba el Apóstol cuando decía lo que acabamos de referir.
 Ya que el Apóstol, aunque había preferido vivir del tra­bajo de sus manos y no exigir de las ovejas ni siquiera su leche, sin embargo, afirmó su derecho a percibir aquella leche, pues el Señor había dispuesto que los que anuncian el Evangelio vivan de él. Y, por eso, dice que otros de sus compañeros de apostolado habían hecho uso de aquella f facultad, no usurpada sino concedida. Pero él fue más allá y no quiso recibir siquiera lo que se le debía. Renunció, por tanto, a su derecho, pero no por eso los otros exigieron algo indebido: simplemente, fue más allá. Quizás pueda relacionarse con esto lo de aquel hombre que dijo, al con­ducir al herido a la posada: Lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
 ¿Y qué más vamos a decir de aquellos pastores que no necesitan la leche del rebaño? Que son misericordiosos, o mejor, que desempeñan con más largueza su deber de misericordia. Pueden hacerlo, y por esto lo hacen. Han de ser alabados por ello, sin por eso condenar a los otros. Pues el Apóstol mismo, que no exigía lo que era un dere­cho suyo, deseaba, sin embargo, que las ovejas fueran productivas, y no estériles y faltadas de leche.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 3-4

25 de septiembre de 2012

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (I): Somos todos cristianos


No acabáis de aprender ahora precisamente que toda nuestra esperanza radica en Cristo y que él es toda nues­tra verdadera y saludable gloria, pues pertenecéis a la grey de aquel que dirige y apacienta a Israel. Pero, ya que hay pastores a quienes les gusta que les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con su oficio, tratemos de examinar lo que se les dice por medio del profeta. Vosotros es­cuchad con atención, y nosotros escuchemos con temor.
 Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, profe­tiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles». Acabamos de escuchar esta lectura; ahora podemos co­mentarla con vosotros. El Señor nos ayudará a decir cosas que sean verdaderas, en vez de decir cosas que sólo sean nuestras. Pues, si sólo dijésemos las nuestras, seríamos pastores que nos estaríamos apacentando a nosotros mis­mos, y no a las ovejas; en cambio, si lo que decimos es suyo, él es quien os apacienta, sea por medio de quien sea. Esto dice el Señor: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?» Es decir, que no tienen que apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas. Ésta es la pri­mera acusación dirigida contra estos pastores, la de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son ésos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.
 Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligro­sa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su digna­ción y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.
 Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tan­ta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nues­tra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.

SAN AGUSTÍN,
Serm. 46, 1-2