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13 de abril de 2013

Hablando del Amor



HOMILÍA
III DOMINGO DE PASCUA
CICLO C

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
-Me voy a pescar.
Ellos contestan:
-Vamos también nosotros contigo.
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
-Muchachos, ¿tenéis pescado?
Ellos contestaron:
-No.
El les dice:
-Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
-Es el Señor.
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto, encima y pan. Jesús les dice:
-Traed de los peces que acabáis de coger.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
-Vamos; almorzad.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
[Después de comer dice Jesús a Simón Pedro:
-Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
El le contestó:
-Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
-Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunta:
-Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
El le contesta:
-Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
El le dice:
-Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
-Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
-Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
-Apacienta mis, ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
-Sígueme]

Jn 21,1-19


Este episodio suele considerarse como un apéndice agregado después al evangelio de Juan, que habría quedado concluido con el capítulo 20. Enlaza con el relato precedente de modo parecido a como los Hechos continúan el evangelio de Lucas, aunque su extensión sea notablemente menor. Evoca el misterio de la Iglesia mediante el hecho simbólico de la pesca milagrosa.

La escena tiene lugar en la ribera del lago de Genesaret, al oeste de Cafarnaún, en Galilea. Está llena de detalles de gran calor humano: las brasas, el pescado, el pan, la espera, la mutua acogida, el comer juntos... En un clima así, la exigencia se convierte en gozo, la corrección es ayuda de hermanos, el fracaso es aceptado con buen ánimo. Para todo esto es decisiva la ayuda del Espíritu. Una narración semejante nos ofrece Lucas, pero situada al comienzo de la vida pública de Jesús (Lc 5,1-11).

Nada se dice del regreso de los discípulos a Galilea. Debió ocurrir al finalizar los días de la solemnidad pascual. Entre lo narrado en el capítulo anterior y lo que sigue hay un intervalo indeterminado de tiempo. Se anuncia una nueva manifestación de Jesús a los apóstoles, que aparecen situados en las inmediaciones del "lago de Tiberíades". Los discípulos de Jesús, después de su resurrección, no parecen tener ideas claras sobre lo que deben hacer, y han vuelto a su antigua profesión de pescadores. Sin el Maestro, quedaron desconcertados hasta que recibieron instrucciones suyas sobre la misión que debían cumplir. Pedro debió volver a su casa de Cafarnaún. La circunstancia de ser él quien toma la iniciativa de ir a pescar -los demás le siguen- y quien dirige al grupo es importante a causa del valor simbólico que encierra toda la narración.

Sólo siete de los once apóstoles van a ser testigos de la nueva aparición. Número de totalidad que, referido a los pueblos, indica la universalidad de las naciones. Desde ahora la comunidad de Jesús vivirá abierta a todos los hombres, renunciando a todo particularismo.

La pesca es nula

En las narraciones neotestamentarias, los apóstoles solos nunca logran pescar. La expresión "aquella noche" es importante para comprender la escena. Significa la ausencia de Jesús y está en relación con sus palabras: "Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9,4-5). En ella no pueden realizar las obras del Padre. La falta de pesca nos indica que no se refiere en primer lugar a la noche física, sino al resultado de una actitud: la carencia se debe a la falta de unión con él.

En este momento de depresión, en medio del trabajo infructuoso, se les presenta Jesús resucitado, que coincide con la llegada de la mañana. No los acompaña en la pesca, se queda en tierra: su misión en el mundo será ejercida por medio de sus discípulos. Concentrados en su esfuerzo inútil, no lo reconocen. Se han cerrado en sí mismos, confían en sus propias fuerzas y conocimientos; y el trabajo, al faltarle la vinculación con Jesús, no puede rendir. ¡Cuánto esfuerzo inútil, cuánto ruido y planes pastorales que no tienen nada que ver con su seguimiento! Creemos que hacemos algo en favor de Jesús, y, quizá, lo que conseguimos es velar a los hombres su verdadero rostro.

"Muchachos, ¿tenéis pescado?" Jesús se dirige a ellos con afecto. Con sus palabras interrumpe su inútil trabajo. Los siete están desorientados ante el total fracaso, puesto en evidencia por la pregunta de Jesús. Responden todos a una, secamente, mostrando su decepción: "No".

Con Jesús todo es posible

Jesús les señala el lugar donde tienen que echar la red para encontrar peces y pescarlos. Al faltarles la intuición del Espíritu, no habían dado con él.

Los discípulos, ante el fracaso de su búsqueda, siguen la indicación de Jesús, y la red se llena de peces grandes, signo de la fecundidad de la misión de la Iglesia cuando es fiel al Maestro. El fruto se debe a la docilidad a sus palabras, que representan el mensaje. ¿Por qué nos empeñamos en "pescar" a los hartos, cuando el evangelio sólo puede ser acogido por los pobres? Jesús les indica que, para obtener resultados verdaderos, han de dirigirse al pueblo oprimido y abandonado, que ha perdido prácticamente la esperanza. A ellos deben dedicar su vida, para hacer hombres justos y libres, como hizo él durante toda su vida pública. En ese grupo humano el fruto será abundante. En él hemos de lanzar las redes en nombre de Jesús, confiando en su palabra, aun cuando todas las apariencias parezcan abogar por lo contrario.

Los ojos de Juan se iluminan y descubren en aquel signo la evidencia de la presencia de Jesús resucitado. Sólo el que tiene experiencia del amor de Jesús sabe leer las señales. Una cosa así no podía ser obra más que de Jesús: "Es el Señor".

Pedro no había percibido la causa de la fecundidad; pero, al oír las palabras de Juan, comprende y se tira al agua, después de atarse la túnica, como Jesús se había atado la toalla antes de lavarles los pies (Jn 13,4). Como él, está dispuesto al servicio hasta la muerte. Ha entendido el gesto de amor de Jesús en la última cena, y con su acción individual simboliza su nueva actitud. Para que los hombres encuentren la vida es preciso que los seguidores de Jesús estén dispuestos a entregarse hasta el fin.

"Los demás discípulos se acercaron en la barca". Estaban cerca de tierra: "unos cien metros". De momento, no sienten la necesidad de rectificar nada de su conducta.

La comida fraterna

Al llegar a tierra, Jesús los sorprende con su señal inconfundible: la comida fraterna, signo de la eucaristía. Les tiene preparados unos alimentos, distintos de los que ellos han obtenido por iniciativa suya. El primero es gratuito; el segundo es fruto de un trabajo en comunión con Jesús. Existen, pues, dos clases de alimento: el que ofrece Jesús directamente y el que se obtiene respondiendo a su mensaje. No tiene sentido comer con Jesús si no se aporta nada; pero lo que se aporta no se obtiene sin él.

Si el texto menciona el número de peces capturados, debemos estar seguros de que no lo hace para satisfacer la curiosidad de los lectores o precisar una cantidad. Si hubiera pretendido afirmar lo extraordinario de la pesca lograda, habría redondeado la cifra, que siempre es más impresionante. Tengamos en cuenta, además, que en aquella cultura se daba una importancia excepcional al simbolismo de los números. ¿Qué significa el número de peces recogidos -"ciento cincuenta y tres"-?

Según san Jerónimo, algunos naturalistas antiguos afirmaban que las especies distintas de peces que existían en los mares eran ciento cincuenta y tres. Es también la suma de tres grupos de cincuenta más un tres, que es precisamente el multiplicador. El número cincuenta, que está en relación con los cinco mil del episodio de los panes (Jn 6,10) al conservarse el valor simbólico de una cifra en sus múltiplos, designa a una comunidad como profética, a la comunidad del Espíritu. Cada grupo de cincuenta peces "grandes" corresponde a una comunidad de hombres "adultos", de hombres que se han realizado en plenitud por obra del Espíritu. El número tres, que multiplica las comunidades, es el de la divinidad. Además, ciento cincuenta y tres resulta de la suma de todos los números desde el uno al diecisiete, ambos inclusive, y que se compone de la suma de diez más siete; números que, cada uno de por sí, significan una totalidad perfecta. Por todo lo dicho podemos concluir que la cantidad indicada de peces debe ser entendida como símbolo de la totalidad, de la plenitud de algo. Así, los ciento cincuenta y tres peces simbolizan la totalidad de los hombres llamados a recibir el reino de Dios, sin distinción de raza, condición social, religión o sexo. Lo recibirán en la proporción exacta en que los discípulos sean fieles a su mensaje y a su presencia en medio de ellos. "Y aunque eran tantos, no se rompió la red". La red que no se rompe simboliza la unidad por la que Jesús había rogado en su cena de despedida. Unidad que debe permanecer en medio de la enorme diversidad de pueblos. Esta universalidad y unidad habían sido ya reflejadas en el reparto de sus ropas y en el sorteo de su túnica por los soldados que lo crucificaron.

"Vamos, almorzad". Jesús invita a todos a participar de su comida. El ofrece los alimentos. Les invita a su eucaristía, a participar de su entrega hasta la muerte. Los discípulos lo han reconocido por los frutos conseguidos. Experimentan que es necesaria la presencia y actividad de Jesús para que su misión sea fecunda; que sin él la actividad de los cristianos está destinada al fracaso. Saben también que su colaboración con el Maestro es esencial para que éste pueda continuar su obra en el mundo. Tarea que deberán realizar unidos a Jesús por el vínculo de la amistad. Jesús está presente como el Amigo que da fecundidad a sus esfuerzos.

El fruto de la misión de los cristianos depende de la docilidad a las palabras de Jesús, a su mensaje de amor, que pide la decisión de seguirlo hasta dar la vida. Esta misión cristiana, realizada en comunión con Jesús, la celebramos en la eucaristía comunitaria. En ella Jesús se ofrece como alimento, y los discípulos aportan sus propias personas. Se verifica así la comunión entre la entrega de Jesús a los suyos y de éstos a él. ¿Cómo comprender y celebrar la entrega de Jesús en la eucaristía si asistimos a ella como espectadores?

Jesús y Pedro dialogan sobre el amor

En la segunda parte de este evangelio hallamos una conmovedora escenificación de la relación entre Jesús y Pedro, encuadrada en el marco de la eucaristía que acaban de celebrar. Jesús se dirige a Pedro para resolver una cuestión pendiente desde las negaciones del discípulo. Pedro propugnaba una salvación-liberación por la fuerza, no por el amor, y Jesús quiere curarlo de raíz. Terminada la comida comunitaria, Jesús se dirige a Pedro de un modo parecido a como había hecho con Tomás unos días antes. Es de nuevo el Maestro el que toma la iniciativa.

El objetivo central es mostrarnos la función directiva de Pedro en la Iglesia en un tiempo en que ésta empezaba a tener las primeras dificultades de cara a su unidad. Es este pasaje el argumento bíblico más importante y decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal.

El diálogo se sitúa en lo que más interesa: el amor. Sólo el que ama con humildad puede enseñar a amar, puede enseñar a ser cristiano. El camino no es fácil, ni mucho menos. Se resume en la palabra final: "Sígueme".

Después de la comida se habían puesto los dos a caminar. Hacía tiempo que no se encontraban juntos. Habían pasado muchas cosas desde que sus dos miradas se cruzaron en el palacio de Caifás (Lc 22,61), después de su triple negación. Jesús se lo había dicho, pero Pedro no quiso creerlo. Estaba completamente seguro de sí mismo, seguro de la amistad que le unía a Jesús.

Jesús había tenido amigos que le habían abandonado (Jn 6,66). Había sido muy duro... Pedro se había quedado (Jn 6,67- 69). Sentía en torno a Jesús una gran hostilidad, y eso aumentaba su coraje, su fuerza, su amistad. Se acordaba de lo que había dicho en la cena de despedida (Jn 13,37). Cuando a Jesús se le miraba con buenos ojos, cuando era bien recibido por la muchedumbre, era fácil decir: "Yo daré por ti la vida". Pero después se había convertido en un prisionero, en un hombre del que todos se burlaban y al que iban a condenar a muerte. Y Pedro tuvo miedo de ser detenido; temió por su vida. Y le negó las tres veces que Jesús le había anunciado.

Ahora están allí los dos, Jesús y Pedro, con la experiencia de tres años de amistad, con sus momentos buenos y malos. Teniendo detrás de sí ese acontecimiento inesperado: la muerte de Jesús en la cruz; y ese otro suceso aún más insospechado: su presencia de resucitado al lado de Pedro. "Al tercer día resucitaré" (Mt 16,21; 17,23; 20,19). Pedro lo recuerda. Se lo había anunciado a todos. Pero ninguno había hecho caso; ninguno había creído tal cosa. Sin embargo, todo había sucedido como él les había profetizado. Y Jesús pregunta a Pedro: "¿Me amas?" Es el amigo que quiere saber; quiere estar seguro, como si tuviese necesidad de su apoyo, de su amistad, de su fidelidad; como si quisiera asegurarse de poder contar con él para siempre.

Y Pedro responde: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Conoce su debilidad y no se enorgullece ahora de su amor ni de su lealtad hacia Jesús. El, que conoce su corazón, sabe que lo ama de verdad.

Tres veces la pregunta de Jesús, como tres veces le había negado. Pedro no puede afirmar nada después de lo que ha sucedido. Aunque ahora declare ser su amigo, quizá vuelva a negarle otra vez. Y Pedro mide su debilidad, se da cuenta de sus limitaciones, de su radical pobreza. A pesar de todo, quiere a Jesús, porque es su amigo, porque es todo para él. No puede explicarlo, pero es así. Y se remite al conocimiento que Jesús tiene de él; él puede juzgar de la veracidad de sus palabras.

A este hombre que conoce ahora su valía, a este amigo que le ha negado, Jesús le va a confiar la dirección de su propia misión: extender el amor por el mundo.

"Apacienta mis corderos..., pastorea mis ovejas". Jesús le confía lo que más quiere en el mundo, porque Pedro ha hablado esta vez no únicamente por sí mismo, sino por y con el Espíritu que está en él. Jesús le pide que el amor que le tiene a él lo demuestre en la entrega sin límites a los demás. El Pedro de la espada y de la violencia, el Pedro de las disputas y de las ambiciones por el primer puesto, tenía que morir para convertirse en el Pedro del amor, de la renuncia y de la entrega a los hermanos.

"Apacentar", "pastorear", es conducir a los miembros de la comunidad a la vida según el Espíritu de Jesús; es velar por su fe y promoverla; es alimentar el amor, la unidad, la pobreza, la libertad, la justicia; es ser signo de alegría, de esperanza, de lucha por el mundo nuevo; es animar a una experiencia interior más que a un oficio: la gozosa experiencia del amor de Dios derramado en el corazón de los hombres.

Pedro ya puede seguirle hasta el martirio

Jesús anuncia a Pedro su muerte cruenta con una imagen tomada del medio ambiente. Los orientales usaban vestidos muy amplios y acostumbraban a recogerlos con un cíngulo para poder caminar largas distancias o trabajar, que es lo que hizo Pedro al echarse al mar para ir al encuentro de Jesús. Un joven podía hacerlo con facilidad; un hombre mayor, no. Si Pedro quería seguir a Jesús empuñando su propio cayado, tenía que hacerlo por su mismo camino de amor, de servicio, de olvido total de sí mismo hasta la muerte. El resultado sería el mismo que había obtenido Jesús.

Después que le hizo este vaticinio, añadió: "Sígueme". Sólo ahora que sabe y acepta el precio de ser discípulo podrá seguir a Jesús hasta el final. Jesús, repetidamente, durante sus breves años de predicación por Palestina, hizo esta invitación a seguirle a hombres del pueblo. Ahora, resucitado, se la hace a Pedro. Y es porque su llamada no se dirige sólo a aquellos que le conocieron durante su vida física, sino también a nosotros, a los cristianos de todas las épocas y lugares. Jesús pasa constantemente a nuestro lado para invitarnos a seguirle, a vivir la verdadera vida humana. Y espera nuestra respuesta.

Pero es importante que comprendamos bien qué significa seguir a Jesús; que entendamos qué exige. Para ello es necesario que aceptemos que Jesús es el Señor. Ser "Señor" significa que Jesús es nuestra única norma, nuestra única ley, nuestro único camino, verdad y vida. Significa que de él no podemos discrepar, aunque nos cueste. Significa tener la certeza de que él siempre tiene razón. Podemos querer mucho a una persona, estar de acuerdo con sus planteamientos..., pero ello nunca nos llevará a obedecerla ciegamente. Con Jesús es distinto: seguirle es confiar incondicionalmente en él, es saber decir "amén" a su palabra, a su voluntad. Aunque estemos muy lejos de serle fiel, de vivir como él espera de nosotros, de entenderle... Decir "Jesús es Señor" es creer que la vida está llena de sentido.

Si es el amor lo que transforma al hombre en discípulo de Jesús, es solamente el amor de los cristianos lo que permitirá que "la red no se rompa", que la unidad sea posible. Desde este texto, ¿cómo entender y creer en una Iglesia poderosa? Es necesario que los cristianos ahondemos en estas pocas líneas y hagamos una clara opción por la Iglesia del amor y de los pobres, de la paz, de la no violencia activa... No existe otra manera de unir a los hombres que ésta. ¿Es el amor el que mueve a los cristianos? ¿Es el amor el que rige las relaciones entre los miembros de las comunidades? ¿Es el amor lo que está por debajo de nuestras instituciones, cánones, ritos y costumbres?... Es la pregunta que Jesús resucitado plantea a nuestras comunidades. No nos demos prisa en responder...

El futuro de Juan

Una vez más entra en escena el apóstol y evangelista Juan junto a Pedro, que al ver "que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto quería" le preguntó a Jesús: "Señor, y éste, ¿qué?" Pedro, que había comprendido que Jesús había aludido a su muerte, se interesó por el futuro de su amigo Juan.

Jesús no le contesta directamente. La invitación que le ha hecho es para él. Pedro debe seguirle hasta la muerte y no debe meterse en los planes del Padre para su compañero. Las palabras de Jesús sobre el futuro de Juan corrieron deformadas entre los cristianos, hasta el punto de afirmar que Jesús le había prometido que él volvería antes de su muerte. Los primeros cristianos esperaban la segunda venida de Jesús como algo inminente, por lo que creían que, aunque muchos muriesen, algunos otros vivirían hasta el regreso del Señor. Se interpretó que Juan era uno de ellos.

Entre tanto, había muerto Juan. Y ante su muerte se sintió la necesidad de aclarar las ambiguas palabras de Jesús. Hacer esta rectificación fue la razón principal de añadir estos versículos al evangelio después del fallecimiento del apóstol, muerto en edad muy avanzada.

"Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito: y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero". Es el segundo colofón o epílogo de este evangelio, redactado, sin duda, por un grupo de discípulos de Juan, quizá en Efeso. Testifican que el evangelio que publican está escrito por el menor de los hijos de Zebedeo y ellos saben la verdad de su testimonio.

Dar testimonio es declarar que realmente se ha presenciado un hecho o se tiene la experiencia directa de algo ocurrido. Dar testimonio de Jesús no consiste simplemente en relatar una historia pasada, sino en transmitir la vivencia de una experiencia personal. Cada comunidad puede comunicarlo así a los demás siempre de primera mano. Esta es la obra del Espíritu. Pero la experiencia es intransferible. El testimonio sólo puede invitarnos al encuentro personal con Jesús, que producirá en nosotros una experiencia semejante si aceptamos su Espíritu y practicamos su amor.

Jesús no es una figura del pasado; sigue presente entre sus seguidores como centro de donde brota la vida de su comunidad, capacitándola para entregarse como él al servicio de la humanidad hasta la muerte. No basta para llegar a ser discípulo suyo la mera reconstrucción histórica de su actividad y enseñanza, si por ello se entiende hacer la crónica de su vida. El hecho cristiano arranca ciertamente del personaje histórico Jesús, que murió condenado en la cruz por las autoridades religiosas y políticas de su tiempo; pero su verdadera dimensión histórica se expresa en la capacidad transformadora de aquel acontecimiento. Aceptando el testimonio de aquellos que han experimentado su acción transformadora se puede llegar, por el encuentro personal con él, a la misma experiencia. "Muchas otras cosas hizo Jesús..." Termina el cuarto evangelio afirmando que lo escrito es sólo una muestra de las muchas cosas que hizo Jesús, una muestra de su fecunda y prodigiosa obra. No es preciso saber todo lo que hizo; lo que verdaderamente importa es penetrar en su significado. Para conocer a Jesús no hace falta tanto la plena información histórica como llegar a su interior, a las profundas razones de su vivir, y comprender su significado esencial, conocer su incidencia sobre el hombre y su vida, su alternativa de vida plena y para siempre.

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ

17 de diciembre de 2012

El falso "Tercer Secreto de Fátima"




¿Se acaba el mundo el 21 de diciembre de 2012?
¿Habrán tres días de oscuridad?

Estas líneas van dedicadas a quienes, por estos días, tienen miedo: miedo por las innumerables informaciones que proliferan por los correos electrónicos y en la prensa (diarios, radios, programas de TV, internet y un largo etcétera), sobre la existencia de un supuesto “Tercer Secreto de Fátima” que anuncia un terremoto y tres días de oscuridad.

Valga decir que este “Secreto” circuló en nuestro país luego del terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010, y generó pánico en algunas personas. Nuevamente, a casi tres años de dicho evento, ante la eventualidad de una fecha que genera tanta incertidumbre (el 21 de diciembre, con toda la carga que le asignan supuestas profecías mayas, que tampoco tienen una única interpretación), vuelve el mismo mensaje a circular... ¿Para generar miedo, quizás? Creo que sí.

Vamos a repasar el mensaje central del llamado “Tercer Secreto” que, en realidad, es FALSO. Digamos alguna palabra sobre los secretos de Fátima, antes de repasarlo: En realidad no hubo en Fátima un "tercer secreto" sino un secreto con tres partes. La tercera parte se dio a conocer en Fátima el 13 de mayo del 2000 en la misa de beatificación de Francisco y Jacinta, dos videntes de la Virgen.

Partes del FALSO
"Tercer Secreto de Fátima"

(Solo publico algunas partes pero creo que captarán la idea. Si usted recibe el falso mensaje no lo propague)

"La Virgen le dijo a Lucía: "Ve hija mía, di al mundo que pasará entre los años 1950 - 2001. Los hombres no están poniendo en práctica los Mandamientos que Nuestro Padre nos dio. El demonio está dirigiendo al mundo, sembrando odio y cizaña por todas partes. Los hombres fabricarán armas mortales que destruirán al mundo en minutos, la mitad de la humanidad será horrorosamente destruida, la guerra empezará contra Roma, habrá conflictos entre ordenes religiosas.

"Dios permitirá que todos los fenómenos naturales como el humo, el granizo, el frío, el agua, el fuego, las inundaciones, los terremotos, el tiempo inclemente, desastres terribles y los inviernos extremadamente fríos, acaben con la tierra poco a poco, estas cosas de todos modos sucederán antes del año 2002".

....¿QUÉ NOS ESPERA A NOSOTROS? En todas partes se habla de paz y tranquilidad, pero el castigo vendrá. UN HOMBRE EN UN PUESTO MUY ALTO SERA ASESINADO Y ESTO PROVOCARA LA GUERRA, UNA ARMADA PODEROSA DOMINARA A TRAVES DE EUROPA Y LA GUERRA NUCLEAR EMPEZARA. Esta guerra destruirá todo, la oscuridad caerá sobre nosotros durante 72 horas (tres días) y la tercera parte que sobreviva a estas 72 horas de oscuridad y sacrificio, empezará a vivir en una nueva era, será gente buena. En una noche muy fría, 10 minutos antes de la media noche, UN GRAN TERREMOTO sacudirá la tierra durante 8 horas. Esta será la tercera señal de que Dios es el que gobierna la tierra. Los buenos y los que propaguen el mensaje, la profecía de la Virgen de Fátima, NO DEBEN TEMER, NO TENGAN MIEDO. ¿QUE HACER? Arrodíllense y pidan perdón a Dios. -No salgan de su hogar y no dejen a nadie extraño entrar en él. Porque solo lo bueno no estará en poder del mal y sobrevivirá a la catástrofe. Para que ustedes se preparen y puedan permanecer con vida, como hijos míos que son, les daré las siguientes señales:

* LA NOCHE SERA MUY FRIA; SOPLARAN FUERTES VIENTOS; HABRA ANGUSTIA Y EN POCO TIEMPO COMENZARA EL TERREMOTO, TEMBLARA LA TIERRA. * En casa cierra puertas y ventanas y no hables con nadie que no esté en tu casa.

* No mires hacia fuera, no seas curioso, pues esta es la ira del Señor. 
* Enciende velas benditas, ya que por tres días ninguna otra luz encenderá.

ATENCIÓN: ESTA PROFECÍA ES FALSA.

Compare con la
VERDADERA TERCERA PARTE DEL SECRETO DE FÁTIMA

"Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Angel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Angel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: 'algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él' a un Obispo vestido de Blanco 'hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre'. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Angeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios".

Vemos que el tono de la tercera parte del Secreto de Fátima dice otras cosas (el martirio de los cristianos, el sufrimiento de la Iglesia) y NADA sobre el dichoso “21 de diciembre” y las velas benditas... recordemos simplemente una cosa: En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre (Mc 13,32). No lo saben ni los mayas, ni los Testigos de Jehová, ni los programas de TV que sólo buscan rating... infundiéndonos miedo.

NO NOS DEJEMOS LLEVAR POR EL MIEDO, Y SI SIENTES ALGUNA PREOCUPACIÓN, PONTE EN LAS MANOS DE DIOS, ORA, RECONCÍLIATE CON ÉL Y ENCONTRARÁS LA PAZ QUE NECESITAS.

Fr. José Ignacio Busta, o.s.a.

26 de octubre de 2012

Quiero seguirte, Señor (30º Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C)


Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. 
Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!". 
Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: "¡Hijo de David, ten piedad de mí!". 
Jesús se detuvo y dijo: "Llámenlo". Entonces llamaron al ciego y le dijeron: "¡Animo, levántate! El te llama". 
Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. 
Jesús le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?". El le respondió: "Maestro, que yo pueda ver". 
Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino. 


Mc 10, 46-52

Esas reuniones en las que "se comparte" el evangelio con los demás son un buen medio para penetrar en sus riquezas gracias a las diferentes reacciones: "Mira, ya no había pensado en eso". Se puede incluso vivir momentos desconcertantes cuando el Espíritu inspira a algunos: "A mí, lo que me impresiona del texto... A mí, desde que oí esta llamada...".
La única sombra es que a veces algunos grupos se pierden en discusión de ideas o en descripción de hechos (¡y hasta de anécdotas!) y llegan a olvidar... la cita que se tiene con Jesús.
Lo que hay que recoger es su contacto, su mirada, su voz, sus gestos, todo lo que deja transparentar su ser y lo que nos introduce a través de él en el sentido profundo de lo que quiere ofrecernos.
En este sentido, Marcos resulta precioso. ¡Qué reportaje tan vivo esta curación de Bartimeo! Estamos entre la gente, un ciego grita, le dicen que se calle, grita más fuerte todavía y le toca a Jesús en el corazón. Jesús espera esos gritos, escucha nuestra fe, salta de gozo cuando es firme: "Llamadlo". La gente, como siempre, cambia inmediatamente de actitud. Si antes se quejaba del ciego, ahora lo anima: "¡Vete! ¡Ten confianza! ¡Te está llamando!". Todo lo que llamamos apostolado está en ese impulso: "¡Acércate! ¡Te está llamando!".
Dios quiere que sepamos decir: "El te llama". Pero que sepamos también escuchar cuando alguien -o un libro, o una voz interior- nos dice: "El te llama".
Bartimeo arroja su manto que le molesta para ir corriendo hacia Jesús. También aquí la imagen es dinamizante. Despojarse de todo estorbo, despertarse de la vida comodona, separarse de todo lo que nos tiene lejos del Señor.
Tener una confianza de hierro. Como todo el mundo, Bartimeo sabe que Jesús es el carpintero de Nazaret. Muchos tropiezan en ello. Pero él grita su fe; es el primero en proclamar bien alto que el nazareno es el hijo de David, el mesías. Estando ya en la luz, el ciego dice: "¡Maestro!". Pide con tanta fe, que el poder de Jesús puede transformarlo de arriba abajo. La última palabra de este evangelio es la que más tiene que movernos: "Lo siguió por el camino".
Lo que significa "tu fe te ha salvado" es la salvación en que uno entra cuando sigue a Jesús. Bartimeo recobra la vista y mucho más: unos ojos para ver tan bien a Jesús que se convierte en discípulo suyo.
No se había engañado Jesús al escuchar los gritos de esa fe vigorosa. Sin duda no es aún la fe plena que se desarrollará después de la resurrección, pero ya Bartimeo está seguro de estar ante el mesías, está seguro de que la fuerza misma de Dios lo va a tocar en Jesús y, una vez hecho esto, no vacila un segundo: si Jesús es la fuerza de Dios, hay que seguirle.
Nosotros, que sabemos de Jesús mucho más que Bartimeo, ¿tenemos ojos para mirarlo? ¿Hasta sentir en nosotros ese deseo que ha hecho nacer a los santos: "Quiero seguirte"?
Andre Seve
El Evang. de los Domingos
Edit. Verbo Divino Estella 1984.Pág. 103


Dios todopoderoso y eterno,
aumenta nuestra fe, esperanza y caridad;
y para conseguir tus promesas,
concédenos amar tus preceptos.

27 de septiembre de 2012

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (XIII): Todos los buenos pastores se identifican con el único pastor


Cristo apacienta a sus ovejas debidamente, discierne a las que son suyas de las que no lo son. Mis ovejas escu­chan mi voz –dice– y me siguen.
En estas palabras descubro que todos los buenos pasto­res se identifican con este único pastor. No es que falten buenos pastores, pero todos son como los miembros del único pastor. Si hubiera muchos pastores, habría divi­sión, y, porque aquí se recomienda la unidad, se habla de un único pastor. Si se silencian los diversos pastores y se habla de un único pastor, no es porque el Señor no encontrara a quien encomendar el cuidado de sus ovejas, pues cuando encontró a Pedro las puso bajo su cuidado. Pero incluso en el mismo Pedro el Señor recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles, pero sólo a Pedro se le dice: Apacienta mis ovejas. Dios no quiera que falten nunca buenos pastores, Dios no quiera que lleguemos a vernos faltos de ellos; ojalá no deje el Señor de suscitar­los y consagrarlos.
 Ciertamente que, si existen buenas ovejas, habrá tam­bién buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas sa­len los buenos pastores. Pero hay que decir que todos los buenos pastores son, en realidad, como miembros del úni­co pastor y forman una sola cosa con él. Cuando ellos apacientan, es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no pretenden hacer oír su propia voz, sino que se complacen en que se oiga la voz del esposo. Por esto, cuando ellos apacientan, es el Señor quien apacienta; aquel Señor que puede decir por esta razón: «Yo mismo apacien­to», porque la voz y la caridad de los pastores son la voz y la caridad del mismo Señor. Ésta es la razón por la que quiso que también Pedro, a quien encomendó sus propias ovejas como a un semejante, fuera una sola cosa con él: así pudo entregarle el cuidado de su propio rebaño, siendo Cristo la cabeza y Pedro como el símbolo de la Iglesia que es su cuerpo; de esta manera, fueron dos en una sola car­ne, a semejanza de lo que son el esposo y la esposa.
 Así, pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera que las ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta: «Pedro, ¿me amas?» Él respondió: «Te amo». Y le dice por segunda vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Y le pregunta aun por tercera vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Quería fortalecer el amor para reforzar así la unidad. De este modo, el que es único apa­cienta a través de muchos, y los que son muchos apacien­tan formando parte del que es único.
 Y parece que no se habla de los pastores, pero sí se ha­bla. Los pastores pueden gloriarse, pero el que se gloría que se gloríe del Señor. Esto es hacer que Cristo sea el pastor, esto es apacentar para Cristo, esto es apacentar en Cristo, y no tratar de apacentarse a sí mismo al margen de Cristo. No fue por falta de pastores –como anunció el profeta que ocurriría en futuros tiempos de desgracia– que el Señor dijo: Yo mismo apacentaré a mis ovejas, como si dijera: «No tengo a quien encomendarlas». Por­que, cuando todavía Pedro y los demás apóstoles vivían en este mundo, aquel que es el único pastor, en el que todos los pastores son uno, dijo: Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
 Que todos se identifiquen con el único pastor y hagan oír la única voz del pastor, para que la oigan las ovejas y sigan al único pastor, y no a éste o a aquél, sino al único. Y que todos en él hagan oír la misma voz, y que no tenga cada uno su propia voz: Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: ponéos de acuerdo y no an­déis divididos. Que las ovejas oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda herejía, y que sigan a su pastor, que les dice: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 29-30.

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (XII): Apacentaré a mis ovejas en ricos pastizales


Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel. Compara a los autores de las sagradas Escritu­ras con los montes de Israel. En ellas habéis de apacentaos para pacer con seguridad. Saboread bien cuanto en ellas oigáis; rechazad cuanto venga de fuera. Para no extraviaros en la tiniebla, escuchad la voz del pastor. Reco­géos en los montes de la sagrada Escritura. En ella se en­cuentran las delicias de vuestro corazón, en ella no hay nada venenoso, nada extraño; son pastos ubérrimos. Lo único que tenéis que hacer, las que estáis sanas, es acudir a apacentaros en los montes de Israel.
 En las cañadas y en los poblados del país. Porque de los montes, de los que hemos hablado, manaron los ríos de la predicación evangélica, ya que a toda la tierra al­canza su pregón, y la tierra entera se volvió abundante fecunda para pasto de las ovejas.
 Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de Israel, o sea, donde puedan descansar y decir: «Se está bien»; donde digan: «Es ver­dad, está claro, no nos han engañado.» Descansarán en la gloria de Dios, como si fueran sus dehesas. Se recostarán,es decir, descansarán, en fértiles dehesas.
 Y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel. Ya hablé de los montes de Israel, de los buenos montes a los que levantamos nuestros ojos para que desde ellos descie­nda sobre nosotros el auxilio. Pero nuestro auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Por eso, para que nuestra esperanza no se detuviese en los montes, por buenos que fueran, después de decir: Apacentaré a mis ovejas en los montes de Israel,añadió en seguida, para que no te quedases en los montes: Yo mismo apacentaré mis ovejas. Levanta tus ojos hacia los montes, de donde habrá de venir tu auxilio, pero escúchale decir: Yo mismo las apacentaré. Porque tu auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
 Y concluye así: Y las apacentaré como es debido. Es el único que las apacienta, y que las apacienta como es debido. ¿Qué hombre puede juzgar debidamente a otro hombre? No hay por todas partes más que juicios teme­rarios. Aquel del que desesperábamos cambia de repen­te y se convierte en el mejor. Aquel, por el contrario, del que tanto esperábamos falla súbitamente y se vuelve el peor. Ni nuestro temor ni nuestro amor son siempre acertados.
 Lo que hoy es cada uno, apenas si uno mismo lo sabe. Aunque, en definitiva, puede llegar a saberlo. Pero, lo que va a ser mañana, ni uno mismo lo sabe. Aquél, en cambio, apacienta a sus ovejas como es debido, dándoles a cada una lo suyo; esto a éstas, aquello a aquéllas, pero siempre a cada una lo que es debido, pues sabe lo que hace. Apacienta como es debido a los que redimió después de haberlos juzgado. Eso es lo que quiere decir que los apacienta como es debido.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 24-25. 27

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (XI): Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que hacen


Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. ¿Pero qué es lo que tienen que escuchar? Esto dice el Señor: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas».
 Oíd y aprended, ovejas de Dios: Dios reclama sus ove­jas a los malos pastores y los culpa de su muerte. Pues, por boca del mismo profeta, dice en otra ocasión: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero, si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conduc­ta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.
 ¿Qué significa esto, hermanos? ¿Os dais cuenta lo peli­groso que puede resultar callarse? El malvado muere, y muere con razón; muere en su pecado y en su impiedad; pero lo ha matado la negligencia del mal pastor. Pues po­dría haber encontrado al pastor que vive y que dice: Por mi vida, oráculo del Señor; pero, como fue negligente el que recibió el encargo de amonestarlo y no lo hizo, él mo­rirá con razón, y con razón se condenará el otro. En cam­bio, como dice el texto sagrado: «Si advirtieses al impío, al que yo hubiese amenazado con la muerte: Eres reo de muerte, y él no se preocupa de evitar la espada amenaza­dora, y viene la espada y acaba con él, él morirá en su pe­cado, y tú, en cambio, habrás salvado tu alma». Por eso precisamente, a nosotros nos toca no callarnos; mas voso­tros, en el caso de que nos callemos, no dejéis de escuchar las palabras del Pastor en las sagradas Escrituras.
 Veamos, pues, ahora, ya que así lo había yo propuesto, si va a quitarles las ovejas a los malos pastores y a dárselas a los buenos. Y veo, efectivamente, que se las quita a los malos. Esto es lo que dice: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas. Porque, cuando digo que apacienten a mis ovejas, se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas. Los quitaré de pastores de mis ovejas».
 ¿Y cómo se las quita, para que no las apacienten? Ha­ced lo que os digan, pero no hagáis lo que hacen. Como si dijera: «Dicen mis cosas, pero hacen las suyas». Cuando no hacéis lo que hacen los malos pastores, no son ellos los que os apacientan; cuando, en cambio, hacéis lo que os di­cen, soy yo vuestro pastor.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 20-21

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (X): La Iglesia es como una vid


Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra. ¿Qué quiere decir:Se dispersaron por toda la tierra? Son las ovejas que apetecen las cosas terrenas y, porque aman y están prendadas de las cosas que el mun­do estima, se niegan a morir, para que su vida quede escondida en Cristo. Por toda la tierra, porque se trata del amor de los bienes de la tierra, y de ovejas que andan errantes por toda la superficie de la tierra. Se encuentran en distintos sitios; pero la soberbia las engendró a todas como única madre, de la misma manera que nuestra úni­ca madre, la Iglesia católica, concibió a todos los fieles cristianos esparcidos por el mundo entero.
 No tiene, por tanto, nada de sorprendente que la sober­bia engendre división, del mismo modo que la caridad en­gendra la unidad. Sin embargo, es la misma madre católica y el pastor que mora en ella quienes buscan a los desca­rriados, fortalecen a los débiles, curan a los enfermos y vendan a los heridos, por medio de diversos pastores, aun­que unos y otros no se conozcan entre sí. Pero ella sí que los conoce a todos, puesto que con todos está identificada.
 Efectivamente, la Iglesia es como una vid que crece y se difunde por doquier; mientras que las ovejas descarriadas son como sarmientos inútiles, cortados a causa de su esterilidad por la hoz del labrador, no para destruir la vid, sino para purificarla. Los sarmientos aquellos, allí donde fueron podados, allí se quedan. La vid, en cambio, sigue creciendo por todas partes, sin ignorar ni uno solo de los sarmientos que permanecen en ella, de los que junto a ella quedaron podados.
 Por eso, precisamente, sigue llamando a los alejados, ya que el Apóstol dice de las ramas arrancadas: Dios tiene poder para injertarlos de nuevo. Lo mismo si te refieres a las ovejas que se alejaron del rebaño, que si piensas en las ramas arrancadas de la vid, Dios no es menos capaz de volver a llamar a las unas y de volver a injertar a las otras, porque él es el supremo pastor, el verdadero labrador. Mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie, de aquellos malos pastores, las buscase siguiendo su rastro.
Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! –oráculo del Señor–. Fijaos cómo comienza. Es como si Dios jurase con el testimonio de su vida. ¡Lo juro por mi vida! –oráculo del Señor–. Los pas­tores murieron, pero las ovejas están seguras, porque el Señor vive.Por mi vida –oráculo del Señor–. ¿Y quié­nes son los pastores que han muerto? Los que buscaban su interés y no el de Cristo. ¿Pero es que llegará a haber y se podrá encontrar pastores que no busquen su propio interés, sino el de Cristo? Los habrá sin duda, se los en­contrará con seguridad, ni faltan ni faltarán.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 18-19

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (IX): Insiste a tiempo y a destiempo


No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdi­das. En este mundo andamos siempre entre las manos de los ladrones y los dientes de los lobos feroces y, a causa de estos peligros nuestros, os rogamos que oréis. Además, las ovejas son obstinadas. Cuando se extravían y las busca­mos, nos dicen, para su error y perdición, que no tienen nada que ver con nosotros: «¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?» Como si el hecho de que anden errantes y en peligro de perdición no fuera precisamente la causa de que vayamos tras de ellas y las busquemos. «Si ando errante –dicen–, si estoy perdida, ¿para qué me quieres? ¿Para qué me buscas?» Te quiero hacer volver precisamen­te porque andas extraviada; quiero encontrarte porque te has perdido.
 «¡Pero si yo quiero andar así, quiero así mi perdición!» ¿De veras así quieres extraviarte, así quieres perderte? Pues tanto menos lo quiero yo. Me atrevo a decirlo, estoy dispuesto a seguir siendo inoportuno. Oigo al Apóstol que dice: Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo. ¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? A tiempo, a los que quieren escuchar; a destiempo, a quie­nes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo a decir: «Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero.» Y, en definitiva, no lo quiere tampoco aquel a quien yo temo. Si yo lo quisiera, escucha lo que dice, es­cucha su increpación: No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. ¿Voy a temerte más a ti que a él mismo? Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
 De manera que seguiré llamando a las que andan errantes y buscando a las perdidas. Lo haré, quieras o no quieras. Y, aunque en mi búsqueda me desgarren las zar­zas del bosque, no dejaré de introducirme en todos los es­condrijos, no dejaré de indagar en todas las matas; mien­tras el Señor a quien temo me dé fuerzas, andaré de un lado a otro sin cesar. Llamaré mil veces a la errante, bus­caré a la que se halla a punto de perecer. Si no quieres que sufra, no te alejes, no te expongas a la perdición. No tiene importancia lo que yo sufra por tus extravíos y tus riesgos. Lo que temo es llegar a matar a la oveja sana, si te descuido a ti. Pues oye lo que se dice a continuación: Matáis las ovejas más gordas. Si echo en olvido a la que se extravía y se expone a la perdición, la que está sana sentirá también la tentación de extraviarse y de ponerse en peligro de perecer.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 14-15

26 de septiembre de 2012

Sermón sobre los (malos) pastores, de San Agustín (VIII): Los cristianos débiles


No fortalecéis a las ovejas débiles, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores, a los pastores falsos, a los pastores que buscan su interés y no el de Jesucristo, que se aprovechan de la leche y la lana de las ovejas, mientras que no se preocupan de ellas ni piensan en fortalecer su mala salud. Pues me parece que hay alguna diferencia en­tre estar débil, o sea, no firme –ya que son débiles los que padecen alguna enfermedad–, y estar propiamente enfer­mo, o sea, con mala salud.
 Desde luego que estas ideas que nos estamos esforzando por distinguir las podríamos precisar, por nuestra parte, con mayor diligencia, y por supuesto que lo haría mejor cualquier otro que supiera más o fuera más fervoroso; pero, de momento, y para que no os sintáis defraudados, voy a deciros lo que siento, como comentario a las pala­bras de la Escritura. Es muy de temer que al que se en­cuentra débil no le sobrevenga una tentación y le desmo­rone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseo que le está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo.
 Pensad en esos hombres que quieren vivir bien, que han determinado ya vivir bien, pero que no se hallan tan dispuestos a sufrir males, como están preparados a obrar el bien. Sin embargo, la buena salud de un cristiano le debe llevar no sólo a realizar el bien, sino también a so­portar el mal. De manera que aquellos que dan la impre­sión de fervor en las buenas obras, pero que no se hallan dispuestos o no son capaces de sufrir los males que se les echan encima, son en realidad débiles. Y aquellos que aman el mundo y que por algún mal deseo se alejan de las buenas obras, éstos están delicados y enfermos, puesto que, por obra de su misma enfermedad, y como si se halla­ran sin fuerza alguna, son incapaces de ninguna obra buena.
 En tal disposición interior se encontraba aquel paralítico al que, como sus portadores no podían introducirle ante la presencia del Señor, hicieron un agujero en el te­cho, y por allí lo descolgaron. Es decir, para conseguir lo mismo en lo espiritual, tienes que abrir efectivamente el techo y poner en la presencia del Señor el alma paralítica, privada de la movilidad de sus miembros y desprovista de cualquier obra buena, gravada además por sus pecados y languideciendo a causa del morbo de su concupiscencia. Si, efectivamente, se ha alterado el uso de todos sus miem­bros y hay una auténtica parálisis interior, si es que quie­res llegar hasta el médico –quizás el médico se halla ocul­to, dentro de ti: este sentido verdadero se halla oculto en la Escritura–, tienes que abrir el techo y depositar en pre­sencia del Señor al paralítico, dejando a la vista lo que está oculto.
 En cuanto a los que no hacen nada de esto y descuidan hacerlo, ya habéis oído las palabras que les dirige el Señor: No curáis a las enfermas, ni vendáis sus heridas; ya lo he­mos comentado. Se hallaba herida por el miedo a la prue­ba. Había algo para vendar aquella herida; estaba aquel consuelo: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba su­pere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.

SAN AGUSTÍN
Serm. 46, 13