26 de enero de 2010

CARTA DEL PRIOR GENERAL DE LOS AGUSTINOS PARA LA SOLIDARIDAD CON EL PUEBLO DE HAITÍ

agustinianas

Ha pasado ya una semana desde el trágico terremoto en Haití, aunque no se descartan nuevos temblores y alguno de ellos fuerte. Durante estos días todos nosotros hemos escuchado y visto las noticias que los medios de comunicación nos transmitían sobre la catástrofe. Los informadores y periodistas ya no encuentran más palabras para comunicarnos y hacernos comprender el gran drama que ha sufrido y está sufriendo la gente del país más pobre de Latinoamérica.

El gobierno de Haití parece que ha dado las primeras cifras oficiales de la tragedia: 75.000 muertos, 250.000 heridos y un millón de personas sin hogar. También parece que más de la mitad de los afectados por el seísmo son menores de 18 años según los datos de la ONU.

Probablemente nuestras mentes no han sido capaces de procesar todos estos datos y se encuentran semiaturdidas por estas cifras y por las imágenes que a todos se nos han clavado en la retina de nuestros ojos. Nos cuesta aceptar que estas calamidades puedan suceder en nuestros días. De hecho, nos hacemos muchas preguntas y no llegamos a encontrar ninguna respuesta que nos convenza, al menos a un nivel más allá de las explicaciones técnicas. Pero cuando se trata de la vida de tantas personas esto no nos satisface. Pienso, sin embargo, que en medio de este clima de muerte la pregunta que deberíamos hacernos es si no somos un poco hipócritas en nuestra vida. Lo digo porque cada día, cada hora y cada segundo la tragedia de la muerte de los más débiles corre sobre nuestro planeta. Este acontecimiento debe ayudarnos a reflexionar y a comprometernos a nivel de Orden con los más débiles y pobres de la tierra.

En Haití, ya no quedan supervivientes, sino cadáveres, familias desesperadas, muchos niños abandonados a su suerte... pero sigue la vida y continúan naciendo niños. Sí, es verdad, en medio de la muerte surge nueva vida y, quizás, una nueva esperanza para estas personas tantas veces abandonadas a su propia suerte. Como Prior General os invito a ser solidarios con estos hermanos nuestros que han sufrido esta gigantesca tragedia. En este momento, los habitantes de Haití, son las personas más necesitadas que invocan nuestra ayuda. Es importante que compartamos los sentimientos de dolor de estas personas y que en nuestra oración diaria tengamos presentes ante el Señor a los damnificados por el terremoto, vivos y difuntos. Pero también es importante que les hagamos llegar nuestra ayuda material porque la recuperación de las personas y la reconstrucción del país van a exigir mucho esfuerzo y ayuda, además de un periodo de tiempo largo. Como Orden que deseamos compartir los dramas de los hombres de nuestro tiempo, podemos dar un verdadero testimonio de compromiso evangélico ante esta realidad provocada por el seísmo en Haití.

La Curia general envió una ayuda económica inmediatamente después del terremoto pero consideramos que la situación es tan grave que nuestro deseo es contribuir con nuevas ayudas.

Es necesario que las circunscripciones que deseen unirse solidariamente a los damnificados del terremoto con su ayuda material, lo hagan a través de organismos fiables, como puede ser Caritas u otros semejantes. Si alguna circunscripción quisiera realizar su ayuda a través de la Orden puede ponerse en contacto con el ecónomo general.

Os adjuntamos la carta escrita por un hermano nuestro, el P. Aridio, después de la visita que hizo a Haití acompañado por otros hermanos agustinos, miembros del Vicariato de Las Antillas.

Un abrazo fraterno,

P. Robert F. Prevost, o.s.a.

Prior General de la Orden

HAITÍ: LA TRAGEDIA

Durante la tarde del día 12 enero de 2010 el pueblo haitiano fue conmocionado por un terremoto cuyo epicentro fue Port – au - Prince., la ciudad capital. Un teólogo, dos novicios, seis seminaristas y dos aspirantes tienen familiares allá, motivo de gran preocupación que mantuvo las diferentes comunidades de formación a las que pertenecen en constante alerta.

El número de muertos y de derrumbes de edificaciones publicadas por los medios de comunicación internacionales iba cada vez más en aumento y las llamadas telefónicas con sus familiares eran imposibles en todo momento. Fue por esto que el P. Oscar L. Jiménez, Vicario de las Antillas, tomando en cuenta las opiniones de su Consejo y el P. Francisco A. de León decidieron enviar los seminaristas acompañados del P. José Aridio Taveras. De forma tal que una vez recabada la información sobre sus familiares retornaran lo más pronto posible al Seminario Agustiniano San Alonso de Orozco.

Salieron desde Santo Domingo el día 15 de enero. Durante su desplazamiento, en la zona de Barahona al autobús en el que viajaban se le explotó una goma y el chofer decidió frenarlo contra un arenal. De este incidente nadie resultó herido o perdió la vida, pero sí se retrasó el tiempo de entrada en la peligrosa ciudad capital.

Una vez llegados en la Comuna de Tabarre, a eso de las 7:45 p.m., se situaron en la casa del seminarista Goyau debido a la falta de transporte y electricidad, inseguridad nacional por estar fuera de las prisiones los delincuentes,  y los desastres producidos por el terremoto.

Muy temprano en la mañana siguiente cada uno de los seminaristas fue a visitar sus familiares, donde estaban sus antiguas casas. Luego, durante el día el P. Aridio junto al seminarista William fueron visitándoles y, mientras,  se enteraba de la cantidad de muertos y heridos que había en sus familias, muchos de ellos perdieron tíos y primos; sólo el novicio Wilbert perdió un hermano.

La situación que vimos en esta ciudad se describe así: cadáveres en procesos de descomposición tirados en las calles, edificios derrumbados sepultando de estos en su interior. Un olor intenso a podredumbre por la descomposición de los cuerpos. Pánico, desesperación y dolor porque han muertos personas de todas las familias y hay muchos heridos sin atenciones médicas. No poseen los servicios básicos de alimento y agua. El interior del pueblo no sabe lo que ha pasado en la ciudad capital porque no cuentan con la electricidad, ni los medios de comunicación.  

Unida a esta situación está el estado de inestabilidad de todas las estructuras físicas que han quedado en pie tanto por sus grietas, como por los continuos temblores de tierra que aún continúan sucediéndose;  lo que hace que los sobrevivientes se reúnan en lugares descampados para dormir y cohabitar hacinados y tener mayor seguridad.

Los seminaristas y el P. Aridio retornaron a Santo Domingo el día 17 de enero junto al aspirante Jean – Hugues, quien vivió allá e terremoto por estar preparando sus documentaciones.

El Señor fue quien nos condujo, por eso nunca nos pasó nada grave. Es el momento de orar y ayudar a nuestro pueblo hermano de Haití porque nos necesita.

P. José Aridio Taveras, o.s.a.

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