14 de junio de 2007

DIOS ME COMPRENDE, PORQUE ME AMA




XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO- C


Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!». Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él. «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?». Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien».
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?». Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.


Lucas 7,36- 8,3


Este Domingo la Palabra del Señor nos regala un tema hermoso para meditar: la misericordia. Si nos ponemos a pensar, uno de los ejes mayores de nuestra fe es, precisamente, la misericordia. Es un eje, porque como en un automóvil, permite que éste se mueva al instalar las ruedas a uno y otro extremo. Y las ruedas de este eje, podríamos imaginar, son el perdón (sin misericordia no puedo perdonar) y las buenas obras (como el dicho popular: obras son amores, y no buenas razones). Con el perdón y las buenas obras vamos más rápido por el camino de la vida, impulsados por el motor de este automóvil: el amor. Tener amor sin vivirlo en forma de misericordia, expresada en el perdón y en las buenas obras, es como tener un automóvil cero kilómetros, pero sin eje y sin ruedas. ¿De qué nos sirve?


Y sin embargo, Dios, cuando ama, actúa. Recordemos una cosa: nadie está obligado a perdonarnos. Cuando cometemos algo errado, si nos damos cuenta de lo hecho pedimos disculpas o pedimos perdón. Pero no esperemos que la otra persona, como si fuera obligación, tuviera que darnos el perdón –a este respecto recuerdo las palabras de mi catequista de primera comunión que siempre decía: el perdón es un “per- dón”: Un perfecto don. Y como don, es regalo. Alguno dirá: pero si esa persona es cristiana, me tendrá que perdonar… Jesús nos enseñó a perdonar. Sí, sí, es lo deseable, pero, ¿qué pasa cuando perdonar no es cosa fácil? Tal vez la otra persona necesita tiempo para perdonar –y no podemos ir por el mundo juzgando al prójimo como mal cristiano porque no me perdona- o simplemente, no puede perdonar. Ante eso, guardemos silencio. También es necesario mirar lo que hice, lo malo que hice, y descubrir que toda cosa que elegí hacer siempre tiene una consecuencia.


Lo mismo aquello que llamamos pecado: una palabra pasada de moda ante el mundo contemporáneo, tal vez… porque el tema de la moral pasó a ser algo estrictamente privado, preceptos familiares, que pueden ser pisados cuando se da la oportunidad de ganar un dinerillo de más, o de surgir en la vida dejando al más débil de lado, o contaminando la naturaleza porque un negocio muy lucrativo podría ser explotar tal recurso, provocando la muerte de animales o la privatización de los espacios de todos… hasta ahí llega la moral. Sin embargo, no debiera ser “anticuado” el hecho de hablar del bien y del mal, porque precisamente el recordar que es posible el pecado nos trae a la memoria el apellido de la palabra libertad: responsabilidad. ¿De qué sirve ser libres, si no nos hacemos responsables de las acciones libres que tomamos? ¿De qué sirve ser libres, si no nos comprometemos con aquello que realmente vale la pena? Mira a tu lado: allí están los resultados de las acciones que has decidido hacer tú mismo, o lo que han hecho los demás. Tú mismo eres una decisión de tus padres, y más en profundo, eres una decisión de Dios. Él dijo que Sí y tú pudiste llegar a este mundo. Por eso, que tu Sí sea como el Si de Dios: capaz de engendrar la vida. Capaz de expresar el amor que mueve tu vida. Todo lo contrario, que traiciona el amor en profundidad se llama pecado. Ensucia al hombre de egoísmo, invierte valores y hace poner a otras cosas en lugar de Dios. Por eso es pecado: usurpa, miente, cambia las cosas.


Tal vez no nos damos siempre cuenta, pero el pecado siempre nos quita la libertad. Aunque lo hayamos elegido con plena conciencia: es como comenzar a fumar… esclaviza de a poco… hasta que no podemos estar sin eso.


Por eso lo que Dios hace en nuestra vida se llama Salvación. Nos salva de la cadena de muerte, de egoísmo, de indiferencia, de injusticia, que tejemos día tras día cuando no nos comportamos de acuerdo a nuestro ser Hijos de Dios. Nos salva del dolor profundo que nos conducen nuestras decisiones cuando son erradas. Nos salva de la muerte.


Dios nos perdona, diversamente de lo que podríamos esperar de una persona, decíamos más arriba. ¿Perdona siempre? Sí, es la respuesta, porque estamos en el tiempo de la misericordia. Pero este tiempo de la misericordia terminará en mi camino, cuando tenga que presentarme ante Él. Digámoslo de otro modo: durante la vida tomé un camino y dejé otros. Me nutrí de tal o cual cosa, y deseché otras. Después del viaje de mi vida, ¿estaré preparado para vivir para siempre lo que significa el Amor, el Reino, la Vida, sin límites?


Sí. Dios nos perdona. El Evangelio de hoy es un hermoso ejemplo de cómo perdona Dios, y por qué Él se acerca a los que más tienen necesidad de su cercanía. Simplemente, porque el que es más perdonado, más amor demuestra. Después de vivir una vida marcada por el dolor, cuando Dios cambia la vida, más fuerte se siente el renacimiento interior. No nos extrañe entonces escuchar esos relatos grandiosos de aquellos que antes vivían de una manera y cuando conocieron a Cristo, sus vidas cambiaron. Conocemos personas vivas y también hombres y mujeres santos que experimentaron esto. Tal vez tú que lees podrías contarnos algo parecido.


Por eso la Iglesia trata de llegar a los preferidos del Señor, porque ella continúa la obra del Maestro: religiosas que trabajan con prostitutas, que cuidan enfermos de sida, tantos hermanos y hermanas que visitan las cárceles, hospitales, defienden los derechos de los trabajadores, de los perseguidos, de los exiliados… aun a riesgo de ser tratados mal, perseguidos o mal mirados. Por eso, la acción social de la Iglesia no es una práctica de lástima de arriba hacia abajo, sino un deber de justicia: poner a mi lado como hermano al que injustamente es puesto por debajo del ser humano. Es dar testimonio de la dignidad de hijo de Dios del que parece que no la tuviera, sólo porque no tiene dinero, o trabajo, o piel blanca, o un pensamiento uniforme.


Muchos podrían contar historias fuertes de conversión, de cambio de vida, después que conocieron a Jesús y experimentaron su perdón. Otros, tal vez, no se sienten grandes pecadores y su vida ha sido más serena. Pero todos hemos experimentado, en diversa medida, el perdón de Dios, que nos levantó cuando necesitábamos creer en nosotros mismos y ponernos de nuevo a caminar. Vimos que Dios creía en nosotros y nos ofrecía su Mano para continuar, levantándonos de nuevo. Su perdón, siempre gratis, perfecto don, es signo que cree en nosotros. Nos comprende -¿Quién nos va a comprender mejor que Él, que nos creo, y más encima, se hizo uno de nosotros?- y todo esto lo ha hecho porque nos ama. Porque no quiere vernos tirados en el camino lamentándonos por las cosas que tienen consecuencias negativas en nuestra vida.


Por eso, el mensaje de este domingo podríamos resumirlo en: recuerda que Dios te ama, te perdona, y… estás llamado a perdonar a los demás. Como Dios te perdona. Que el Señor encuentre en nosotros corazones deseosos de ser perdonados y que, habiendo vivido la alegría de sentirnos perdonados, podamos comprender a los que nos ofenden y aprender a perdonar. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.


¡Oh Dios!, fuerza de los que en ti esperan,

escucha nuestras súplicas;

y pues el hombre es frágil y sin ti nada puede,

concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos

y agradarte con nuestras acciones y deseos.

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