19 de enero de 2007

EL NUEVO ESTILO



TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO- C


Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en sus sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».


Lc 1,1-4; 4,14-21

Dios todopoderoso y eterno,
ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad,
para que podamos dar en abundancia
frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto.

(Oración colecta de este domingo)


Es domingo. Un día santo. Consagrado al Señor y a la familia. Es la maravilla de poder estar juntos y alabar al Señor por lo su presencia en nosotros, por su perdón y por su amor durante toda la semana y durante la vida. ¿Cómo no mirar con simpatía la actitud del pueblo de Dios, que en la primera lectura llora de emoción cuando escucha la Palabra del Señor en su propia lengua, y más aún, explicada por los estudiosos de la Ley, para que quedara claro ante la gente lo que Dios esperaba de ellos y, más aún, las bellas promesas que Él les daba? Y el pobre sacerdote Esdras tratando de explicarles que coman bien, beban un buen vino y manden una porción al que no tiene nada preparado, porque este es un día consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes. Y los levitas serenaban al pueblo, diciendo: “¡Tranquilícense! Este día es santo: no estén tristes” (Neh 8,10-11). Es que la gente se conmovía, porque habían comprendido las palabras que les habían enseñado (Neh 8,12). Es la alegría de encontrar con creces lo que se estaba buscando durante mucho tiempo: un sentido, una guía, una brújula que me ayude y me acompañe por el camino, para poder vivir la vida en plenitud y poder llenarla de lo más noble y lo más bello. La Palabra de Dios es esta guía, durante la semana. Por eso es importante ir a la Iglesia y compartir la celebración dominical con una comunidad cristiana… ciertamente no todos nos conocemos –aunque algunos se conozcan tanto como para juzgarse demasiado, pero esa es harina de otro costal y hablaremos de esto el próximo domingo- pero es bello encontrarnos todos reunidos, como un solo pueblo a la escucha de nuestro Dios. No es una casualidad ni es un detalle molesto el tener que estar en la Iglesia y darnos la paz entre todos, conocidos y desconocidos. El Señor no nos llamó a conocer la Verdad para quedarnos encerrados como en un centro de llamados, en esos cubículos minúsculos donde no veo al que está a mi lado y ni siquiera puedo ver al que estoy llamando por teléfono. Nos llamó a formar un cuerpo. A sanar las relaciones humanas, tantas veces dañadas por las incomprensiones, por la falta de “química”, etc. Nos llama a, en fin, ser Iglesia, palabra griega que significa “asamblea”.


En la asamblea de la primera lectura, recién descrita, había algunos que escuchaban, otros que leían, otros lloraban, algunos invitaban a la paz… muchos oficios, pero un solo pueblo. Es lo que Pablo invita a profundizar en la segunda lectura que escuchamos hoy –siempre la segunda lectura nos ofrece un “tema paralelo” dentro de la liturgia, por lo que haré una pequeña reflexión y luego nos vamos directo al evangelio-: parece ser que en la comunidad de Corinto –a la que va dirigido este mensaje- se despreciaban algunos oficios, y preferían las cosas más espectaculares y así alcanzar prestigio por la supuesta fama de ser “elegidos para algo grande” por parte del Señor: don de profecías, de lenguas, de interpretación de lenguas… cosas muy significativas, pero mientras asistimos a esta exhibición de prodigios espirituales, ¿quién lava la loza? ¿Quién recoge la colecta para luego comprar lo necesario para dar leche a los niños o ayudar a la familia que perdió todo en un incendio? ¿Quién va a dirigir el taller de costura? Esto es ya indicio de que algo anda mal en la comunidad: cuando la cosa se vuelve tan “espiritual” que nos despreocupamos de lo “terreno”: el servicio, la ayuda al prójimo –donde se demuestra la calidad de mi vida cristiana- y la amabilidad. Ojo, dice Pablo, no todos están llamados a lo mismo porque no todos pueden hacer lo mismo o, mejor, cada uno de nosotros tiene una riqueza que no todos la tienen… si una comunidad se dice realmente comunidad, todos podrán sentirse contentos porque sus dones personales -ejercidos sin mentalidad de querer figurar o pasar por lindos- pueden ponerse en la riqueza común de todos, y para todos. Cuando todos tienen cabida en el compartir lo mejor de uno mismo, sabremos que hemos avanzado en el camino de formar comunidad.


Aparte del cuadro bello que hemos pintado más arriba, con ocasión de la asamblea litúrgica del pueblo de Dios, la gente que lloraba y los levitas, capitaneados por Esdras, que los calmaban, podemos llevar esas mismas imágenes al ambiente del Evangelio de esta semana, en el que quisiera detenerme un poco más: es el día del Señor, el sábado judío, y Jesús regresa a su pueblito, o caserío –porque Nazaret era tan insignificante que ni siquiera aparecía en los mapas de la época- y se encuentra en la sinagoga con… el señor de la esquina, la veterana que quizás le regañó cuando era niño, el rabino que quizás le enseñó a leer, el dueño del molino donde todos fabricaban la harina, el vendedor de pescados y uno que otro amigo de la infancia, además de los respectivos parientes –por supuesto, su madre y uno que otro primo-. Mucha agua había pasado desde los años de la niñez de Jesús, y ahora Él llegaba desde las ciudades de alrededor, con fama de profeta y de hacedor de milagros. Es costumbre que alguno de entre la asamblea lea y, si lo desea, comparta con los demás una breve explicación de la lectura. Por supuesto que todos quieren oírlo… y nosotros también, porque el mismo Lucas, que narra la escena, la presenta de una manera muy solemne y nos hace estar en ascuas a la espera de lo que dirá:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.

A estas alturas posiblemente el rabino se incomodó y los más ancianos de Nazaret también… ¿es idea mía u omitió algunas palabras? Está leyendo el capítulo 61 de Isaías, donde se narra la misión del Mesías, el Ungido de Dios. ¿Va a proclamar qué cosa? ¿Acaso no dice, después de esa idea del año de gracia, el día de la venganza para nuestro Dios (Is 61,2)? Sin embargo, sólo hasta allí lee, se sienta en la sinagoga –como un Maestro- y pronuncia poquísimas palabras, que sin duda constituyen la mejor homilía que jamás se haya hecho ni se hará jamás:

Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.

Estas simples palabras constituyen el núcleo, lo más importante, como plan de misión, hoja de ruta y camino para recorrer, por parte de Jesús. Su misión está explicada por las palabras de Isaías 61,1-2. Son tan solemnemente narradas por Lucas como lo hace Mateo con el Sermón de la Montaña. Podemos releerlas, y encontraremos detalles interesantes: el signo del Espíritu Santo, recibido de Dios Padre, es la garantía para ser testigo verdadero de Dios ante los hombres… y ser testigo por medio del “nuevo estilo” que hemos estado mencionando durante estos domingos, y que Lucas señala tan bien durante este año litúrgico. El nuevo estilo, el estilo de Dios, se vive en medio de la sencillez –no en medio de fuegos artificiales, sino en medio del servicio y del cotidiano, donde nacen las cosas que verdaderamente permanecen- y está lleno de bellos signos que no podemos dejar de ver: el anuncio de la paz, de la buena noticia del Evangelio a aquellos que tienen los oídos para escucharlo –los que no han dejado que las cosas materiales ni que las afectivas ocupen el lugar que Dios debe tener en el corazón: los verdaderos pobres, que depositan toda su confianza en Él- y la sanación y la liberación de todas las opresiones, porque Dios viene al corazón del hombre a hacer un aseo y una ventilación profunda, dejando fuera todo lo que no vale la pena en la vida –las que en el evangelio son llamadas “riquezas”-. Este anuncio se hace realidad en Jesús. Es una verdad, porque Dios está con nosotros. Todo esto compone el “año de gracia” del Señor, el tiempo de la misericordia, de la sanación del hombre herido, del perdón, de la liberación de todo lo que no me hizo llenarme de Dios y de las estructuras que impiden ponerlo en el lugar más importante.


Nuevo estilo también para nosotros… que siempre tendremos la posibilidad de dar testimonio de aquello que hemos recibido. Hemos recibido este ejemplo, este nuevo estilo que ahora compartimos: la persona de Jesús, cristalino, puro, sonriente, decidido, desafiante, vivo. Desde la misma óptica tendremos que partir: desde Isaías 61,1-2. También el Espíritu del Señor está sobre nosotros -¿no lo recibimos en la Confirmación?-. Lucas comienza su evangelio con el prólogo que leemos antes del relato de la sinagoga de Nazaret que acabamos de comentar. Muchos nos piden, como cristianos, un testimonio, algo de Jesús vivo –como lo hacía Lucas para Teófilo, el destinatario del evangelio-, para compartir nuestra esperanza. Cuando lo hagamos –que no sea sólo en el tiempo de las grandes misiones, de los tiempos del puerta a puerta, de las misas multitudinarias y luego… a vacaciones de mi ser cristiano-, seamos reflejo de lo que creemos… seamos testigos de lo que hemos recibido, bajo el signo del “nuevo estilo”.


No basta saber mucho de Jesús. Hay teólogos ateos, que conocen espectacularmente bien el mensaje de la Biblia y la Teología, pudiendo enseñarnos muy bien todo lo que queramos saber, pero no por eso tienen fe… para ellos sólo es estudio. Como cualquier otra ciencia. Entonces, ¿Qué? Un gran teólogo alemán –que sí era creyente- hace cuarenta años decía que los cristianos del futuro tendrán que ser –sin matices- cristianos que hayan “experimentado” algo. O sea, ser testigos. Esa es la diferencia entre aquél que conoce la biografía de Jesús y aquél que lo llama Amigo, Maestro y Señor, y diariamente conversa con Él en la oración y en la lectura de la Biblia. Después vendrá el estudio, necesario para el diálogo profundo con los demás, como ayuda –no como punto central- de mi fe. Es la única manera de llenarse de Dios y ser significativos en nuestro testimonio. Siempre bajo el signo del nuevo estilo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¿Quieres comentar esta noticia?