
CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO- C
Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún». Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.
Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio». Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Señor,
concédenos amarte con todo el corazón
y que nuestro amor se extienda,
en consecuencia,
a todos los hombres.
Oración Colecta de este Domingo
concédenos amarte con todo el corazón
y que nuestro amor se extienda,
en consecuencia,
a todos los hombres.
Oración Colecta de este Domingo
Si pudiéramos poner un ejemplo entre las lecturas de la semana pasada y las que en este domingo se nos ofrecen a la reflexión, diríamos que se trata de una “miniserie de dos partes”. Como en algunos programas de televisión, la primera parte la escuchamos el domingo pasado, y ahora hemos escuchado la segunda. De este modo, comencemos como se debe, al estar ante una segunda parte, haciendo un resumen de lo visto la semana pasada: “En el capítulo anterior…” encontrábamos dos lecturas claves: la segunda –que trataba sobre los carismas en la comunidad de Corinto, y todos los líos que Pablo observaba en ella al notar que sólo se aspiraba a los oficios que daban mayor prestigio, dejando de lado cosas tan importantes como el servicio; y el evangelio nos transportaba a la sinagoga de Nazaret, en la cual Jesús es invitado a leer un texto y comentarlo, aprovechando la ocasión para presentar ante sus paisanos, y ante nosotros, el programa de su misión, anunciando que en ese momento tenían cumplimiento las palabras que acababa de leer:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
Hoy, las cosas se ponen más complejas… más profundas y más complejas. Hay dos temas unidos por un hilo que considero sutil, pero que es necesario ponerlo en relieve para comprender un mensaje muy bello y muy desafiante que la Palabra nos regala hoy. Este mensaje parece respondernos, hoy, a la pregunta: ¿Qué clase de cristiano debo ser?
En la primera lectura el Señor, por medio del profeta Jeremías, nos pone de plano en una situación personal: habla aquí al corazón del profeta –que sabemos que, cuando fue llamado, era muy niño y puso esta inmadurez como presunto “obstáculo” delante del Señor- y le ofrece, en medio de sus inseguridades, fuerza y consuelo: En cuanto a ti, cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te ordene. No te dejes intimidar por ellos, no sea que te intimide yo delante de ellos. Ellos combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte. Es que el encargo de ser profeta es una cosa dura, una misión que, humanamente hablando, no nos da la posibilidad de ser amigos de todos… para un profeta, lo más importante es la transmisión de un mensaje, que tiene la característica de transformarlo todo, según Dios. Ahora bien, un profeta no solo dice cosas bellas o terribles, no sólo predica, sino que anuncia la Palabra con su vida (y por eso, cuando es coherente, molesta a los que se sienten intimidados con su manera de ser, que saben que es la correcta, pero denuncia al mismo tiempo las incoherencias de los que se creen buenos). Un verdadero profeta trata de encarnar lo que profesa. Y ahora viene lo difícil: cuando se dice la típica frase “todo cristiano es misionero” se está refiriendo también a la misión del profeta. “Desempolvando” otra realidad, que la aprendimos hace mucho tiempo y que ahora nos puede ayudar a pensar la Palabra: por el Bautismo, quedamos ungidos como profetas, sacerdotes y reyes. Reyes –a la manera de Jesús-, haciendo del servicio un valor fundamental en nuestra manera de ser discípulos; sacerdotes, porque todo lo que oremos –intercedemos- será escuchado por el Señor… y profetas, porque con nosotros estará la fuerza del Espíritu Santo para ayudarnos a encarnar el Evangelio y anunciarlo.
Suena todo esto muy bello, pero cuando se trata de estas cosas, los sacerdotes caemos frecuentemente en eso que se llama hablar en difícil, esto es, preguntarle a la gente, a la salida de la Iglesia, si le gustó lo que dijo el Padre en la misa. Dirán muchos que sí, pero al preguntarles qué dijo el padre, responderán: No sé, pero habló tan lindo… uno se ríe, pero tristemente, es muy frecuente. Por eso, sigamos con nuestra reflexión al respecto del profeta.
Decíamos que nosotros también lo somos, por el hecho de ser discípulos de Jesús. Y claro, sucede muchas veces que cuando se nos pide que hagamos tal o cual cosa en la comunidad cristiana, nos pase como los amigos de Corinto: busquemos la promoción social en la Iglesia: soñar con llegar a ser coordinador, con dirigir, con dejar de hacer trabajos menores y aspirar a subir, o, una vez arriba, no bajar más. Eso lo llamo el “Síndrome del Hidrógeno”: el hidrógeno es un gas más liviano que el aire, y por lo tanto cualquier globo inflado con éste, tenderá a elevarse y elevarse… pero ojo, es peligroso, porque si le acercamos un poco de fuego, explota trasformado en una bola de fuego –como los dirigibles alemanes antes de la Segunda Guerra Mundial-. A veces muchos de los que sufren este “síndrome” también tienden a explotar cuando se les muestra una realidad que no les gusta. Y después de la explosión, el pobre globo no sirve para nada porque fue consumido por el fuego. Ni siquiera para aprender la lección e inflarse con otro gas menos peligroso. Pablo nos indica de cuál gas debemos llenar esos globos: no del hidrógeno de la soberbia, sino del elemento que todo lo mueve hacia su propio lugar, hacia donde las cosas y las personas encuentran su verdadera plenitud: el amor. Escuchamos hoy el “himno al amor”, uno de los capítulos más bellos de la Biblia, y verdadera escuela de vida y seguimiento del Maestro: lo que tengas que hacer, hazlo por amor, por pasión, por la motivación que te hace construir las cosas con profundidad… porque lo otro te dará satisfacciones personales, te inflará el ego (con hidrógeno) pero te pasará lo más frustrante: cuando llegues a viejo, quizás te darás cuenta que ocupaste tu vida sólo en hacer cosas, pero no viviste según lo que amabas, no cultivaste tu vida de familia, el diálogo con los que más quieres, no saliste un poco de ti para entregarte a los demás… y parece ser que en la Biblia esto es lo más importante.
Una de las más interesantes consecuencias de mi encuentro con Dios –cuando es auténtico- es el comenzar a mirar al prójimo como hermano, amando por opción personal y no por lo que los demás me hagan, porque si así fuera… mejor apaguemos la luz. Convivimos con gente que tiene muchas maneras de ser, que nos muestran a menudo el lado luminoso de la vida y otras el lado oscuro: envidia, enojo, odio, resentimiento, indiferencia… ¿qué hacer ante estos casos? Muchos toman la opción de aislarse, de hasta resentirse y dejar de creer en el perdón, o peor, en la calidez y en el amor como valores, como posibilidad de encuentro con los otros. No podemos juzgar historias llenas de dolor y fragilidad que han optado por este camino para no seguir desengañándose con la maldad del hombre. Somos capaces de gestos hermosos, pero también de sembrar la oscuridad.
Jesús, en Nazaret, se encontró con la oscuridad. ¡En su pueblo! Claro, estaba la señora que lo retó cuando niño, el dueño del molino, sus amigos de la infancia y tantos otros… y él, que venía con la fama de hacer grandes prodigios en otros pueblos –ya no habitaba por ese entonces en Nazaret: vemos que en los primeros capítulos del Evangelio andaba por el desierto o bien en Cafarnaúm- desea predicar a sus coterráneos y ellos –que ven a María todos los días y conocieron a José- reaccionan de la manera más vecinal posible: «¿No es este el hijo de José?» ¡Sabemos quién es! ¿Y nos viene a enseñar a nosotros? Y se perdieron la maravilla de conocer –verdaderamente- a Jesús. También nos pasa así a nosotros, cuando queremos incluso corregir a alguien conocido. Se corre el riesgo de no ser escuchados. ¿Y el mensaje? En la nada. Nadie es profeta en su tierra.
¿Qué pasa después? Jesús sigue su camino, incluso entre la multitud que lo tomó y lo llevó a un precipicio para tirarlo abajo. Seguir el camino, esto es, aunque sea difícil, como para Jeremías y sus temores, o ante la dificultad en el llevar adelante mi vida con el amor como base –a pesar de los golpes de la vida- porque sé que el amor siempre vence. Porque sé que el Evangelio tiene razón, porque sé que la Palabra es eterna, porque sé que soy Hijo de Dios. En resumidas cuentas, el discípulo cada mañana opta por la vida. Opta por el amor. Opta porque el miedo no lo llene, con la posibilidad de dejar fuera de la vida al amor y a Dios mismo. Anunciar y vivir la Palabra sin hacerlo para contentar a los demás o pasar por persona buena, prestigiosa o santa ante los demás… además, cada vez se ríen más de uno cuando dice que es cristiano… el tema pasa por mirar dentro de mi corazón la presencia de Dios que vive en él y responderle: Sí, Señor. Tú eres el Señor de mi vida. Tú me llamas a anunciar la Palabra no tanto con palabras –que la gente ya está cansada de escucharlas-, sino con mi vida, con mis gestos, con mi mirada… seguir mi camino cuando encuentro desilusiones, sin juzgar al hermano. Bastantes oscuridades tiene en su vida como para agregarle mi juicio lapidario… hazme cada vez más auténtico, y que me atreva a vivir según el Amor, que eres Tú mismo.
Esta –entre miles de otras cosas que podríamos agregar- es la clase de cristiano que podemos llegar a ser. Para que, con personas así, la Palabra se esparza cristalina en nuestro barrio, en nuestro lugar de trabajo, en nuestra comunidad cristiana, en nuestro hogar y en nuestro mundo. Seremos más creíbles, porque viviremos con mayor profundidad nuestro ser discípulo.
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