
DEL TIEMPO ORDINARIO- C
Jn 2, 1-11
Dios todopoderoso,
que gobiernas a un tiempo cielo y tierra,
escucha paternalmente la oración de tu pueblo,
y haz que los días de nuestra vida
se fundamenten en tu paz.
(Oración Colecta)
Luego de la semana pasada y la finalización del tiempo de Navidad, comenzamos a vivir el tiempo que llamamos “ordinario”, no llamándolo así de acuerdo a la connotación negativa del término, sino por ser el tiempo “normal”, “común” que atravesamos en la vida. Es el tiempo de la Iglesia, que espera al Señor caminando o navegando por las aguas de la historia. Cada uno de nosotros camina, navega por esta agua y se halla, en medio de esta situación, necesitada de palabras vivas que le den nuevo aire al viaje, nuevas fuerzas a la peregrinación. En esa situación nos encontramos, y cada domingo es para nosotros la llegada de esta palabra de aliento y de amor de parte del Maestro Jesús.
Durante este domingo nos ponemos en la órbita de acompañar a Jesús en sus primeros pasos en el ministerio. Será un tema de varios domingos acompañarlo, como los primeros discípulos, y verlo realizar sus primeros signos, sus enseñanzas y gestos. Desde este punto de vista observemos el evangelio del presente domingo, que es presentado como el primero de los signos de Jesús, realizado en los albores de su ministerio. Una cosa previa, para ponernos en línea con el texto, es recordar que en el evangelio según San Juan sólo se presentan siete “signos” de Jesús -no los llama “milagros”-, los justos y necesarios para, por así decirlo, descorrer el velo del misterio de la persona de Jesús de Nazaret. Tal vez sean pocos signos, pero el mismo Juan, más adelante, se “disculpa” con sus lectores por esta situación: Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre (Jn 20,30-31). Por lo que estos siete signos –recordando también que el siete es el número que simboliza la perfección en la Biblia- son elegidos “con pinzas” para ayudarnos a creer en Jesús. Veamos por qué.
La primera lectura es clave para entender el Evangelio: se habla de un tiempo de esperanza para el pueblo –es una bella profecía de Isaías, muy en la línea de las lecturas de Adviento, si podemos hacer un alcance- en la que se anuncia una restauración del pobre Israel, que pensaba ser abandonado, devastado, perdido luego del exilio, de las complicaciones de la historia, de las angustias del diario vivir… y de repente comienza a hablarse del pueblo como la esposa, y Dios como el marido. Como un joven se casa con una virgen, así te desposa el que te creó; como la alegría que encuentra el novio en su novia, así tu Dios se alegrará por ti. Un tema muy recurrente en la Biblia, y muy bello, es la analogía de la relación con Dios como un matrimonio: Dios llama a su pueblo –y digámoslo también, a nosotros, porque el llamado no es a una masa informe e impersonal- a hacer una alianza de amor, y así como Él es fiel a este pacto de fidelidad, debemos serlo también nosotros. En el profeta Oseas, por ejemplo, la infidelidad del pueblo –en esta dinámica del matrimonio de Dios con Israel- es presentada como prostitución.
Pero no quiero que estas palabras se transformen en algo que no nos toca, porque he hablado de la Iglesia, del antiguo Israel y de otros… y corremos el riesgo de parecer espectadores en el matrimonio. Y no es así. ¿Por qué? Decía que Dios no llama en masa, sino que llama al corazón de cada uno, personalmente, a formar parte de su intimidad. Eso nos hace vivir su Evangelio, orarle, adorarle, participar en la liturgia de la Iglesia, conocerlo más por medio de la lectura de su Palabra y la oración diaria, viendo al prójimo como un verdadero hermano y viviendo según sus mandamientos. En el fondo, lo que quiero decir es que vivimos nuestra fe de acuerdo a una base bien concreta: la experiencia profunda del amor a Dios, que me hace buscarlo, necesitarlo y acogerlo en mi vida. Algunas veces, sin embargo, se pierde el sentido de la alianza de amor personal que tengo con Él. Hacia este punto reflexionemos, porque esta experiencia profunda muchas veces no se ve.
Las bodas de Caná… primer milagro del Maestro. Usualmente este evangelio se escucha dentro de la celebración del matrimonio; hoy, en cambio, sumerjámonos un poco más en su simbología más profunda. Con los elementos que disponemos, miremos el texto: este matrimonio, al cual fue invitado Jesús y sus discípulos, estando también presente María, la Madre del Señor, es figura de la alianza entre Dios y nosotros. ¿Qué sucede en este matrimonio? Una gran tragedia: ¡Se acaba el vino! Sabemos que es bello y agradable compartir, junto a una pareja que acaba de decir sí al amor que se tienen, ante la Presencia de Dios, algún alimento delicioso que realza la dimensión del compartir la vida, y mejor si es acompañado este momento con un buen vino, de buen año, envejecido en fudres de roble, con un sabor profundo, con un color elegante, qué sé yo… automáticamente, después de unas dos copas, nos ponemos más alegres, conversamos más y el ambiente se hace más distendido. El vino ayuda a crear el ambiente de fiesta –bebido con mesura, se entiende-. Este vino, dentro del evangelio, cumple una función análoga: se ha perdido el sentido de la alegría en la alianza de amor entre Dios y nosotros. No está ese saborcito dulce, alegre, vivaz, en la relación con el Dios vivo… la relación viva con Dios se ha transformado en una rutina. Sólo había agua: algo insípido, que quita la sed –permite sobrevivir- pero no produce alegría. No se paladea ni se disfruta. En la alianza real de Dios con su pueblo, esto es, en la fe judía, todo estaba regulado y se vivía según la Ley: se hace esto o aquello, se ora, se lee la Palabra sólo porque la Ley lo dice. O sea, una fe rutinaria, sin vida.
¿Qué pasa en ese preciso instante, cuando la falta de vino parece “aguar” la fiesta? Sólo una mujer podía darse cuenta de la tragedia que se venía encima, con su mirada a las cosas simples, pero importantes: María, la madre, insinúa solamente a Jesús aquello que sucedía. Ni siquiera le pide un milagrito. Conoce a su hijo y confía que Él podría hacer algo: No tienen vino. Como si dijera, siguiendo la línea de la alianza: Mira la fe del pueblo, están a punto de naufragar, les falta alegría, se está borrando el rostro vivo de su Dios… el amor se está apagando. Jesús comprende: Mujer –le dice-, qué a ti y a mí –dice el original griego, literalmente; las biblias modernas, captando el sentido, traducen ¿Qué tenemos nosotros que ver?-, aún no llega mi hora. ¿Su hora? En san Juan esta “hora” es el momento de su muerte y resurrección, pero más aún: la hora de Jesús es el momento de darse a conocer al mundo, y el culmen de esta “hora” es su pasión, muerte y resurrección… parece que ahora llegaba la “hora”, y María sirvió de “alarma” para que Jesús comenzara a vivir su “hora”. Y convierte el agua en vino… que debe haber sido muy bueno, al menos por las palabras del encargado de la fiesta, que elogia al novio por la calidad del vino: Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento. Por obra de Jesús, que convirtió el agua de todos los días, sin sabor ni olor, en el mejor vino, que será la delicia de los invitados y de la joven pareja que podía celebrar con gozo este bello momento para sus vidas, compartiendo con sus invitados.
Durante Adviento decíamos que uno de los enemigos más potentes contra el amor es el miedo, porque me blinda contra el otro, de quien no tengo confianza por la posibilidad que me dañe y me hiera –sentimiento que se conforma a veces por experiencias ya pasadas-. Hoy quiero presentar otro enemigo peligroso, más sutil, y por lo mismo muy difundido: la rutina. Ella nos hace percibir cada día como un paso doloroso hacia el sinsentido, como lo mismo de siempre sin sabor, sin olor y sin pasión… como el amor que una vez fue, y que ya no alimenta mis deseos de vivir y de entregarme. En la vida de pareja es un peligro y en la vida de fe también lo es. Debemos combatir la rutina, si no queremos que nos quite lo más sagrado para continuar caminando: las ganas de vivir, de amar a Dios y al otro, sea mi cónyuge, mi hermano, amigo o mi prójimo.
Dios mismo nos previene contra este enemigo, y nos ofrece una solución. Este texto, del Apocalipsis, nos lo hace entender muy claramente:
Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia. Sé que no puedes tolerar a los perversos: has puesto a prueba a quienes usurpan el título de apóstoles, y comprobaste que son mentirosos. Sé que tienes constancia y que has sufrido mucho por mi Nombre sin desfallecer. Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo. Fíjate bien desde dónde has caído, conviértete y observa tu conducta anterior.
Ap 2, 2-4
Este domingo, Jesús se nos presenta como Aquel que nos viene a remecer de nuestra rutina, y nos invita a vivir la vida de fe –la alianza de amor con Dios- con alegría y como si cada día fuera un volver a empezar, volver a enamorarse. Ojalá fuera ésta nuestra meta en el camino de fe que realizamos… un santo triste es sólo un triste santo. La rutina siempre nos rondará, pero… Él es lo único importante, lo único que vale la pena. Busquemos una relación viva con Él, expresada a través de mis prácticas cotidianas, que me llenen de Él… porque, simplemente dicho, Él está vivo. Dejemos que Él convierta nuestra agua en el vino más delicioso y fino, que se beba y nos llene de alegría.
Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento». Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento». Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Jn 2, 1-11
Dios todopoderoso,
que gobiernas a un tiempo cielo y tierra,
escucha paternalmente la oración de tu pueblo,
y haz que los días de nuestra vida
se fundamenten en tu paz.
(Oración Colecta)
Luego de la semana pasada y la finalización del tiempo de Navidad, comenzamos a vivir el tiempo que llamamos “ordinario”, no llamándolo así de acuerdo a la connotación negativa del término, sino por ser el tiempo “normal”, “común” que atravesamos en la vida. Es el tiempo de la Iglesia, que espera al Señor caminando o navegando por las aguas de la historia. Cada uno de nosotros camina, navega por esta agua y se halla, en medio de esta situación, necesitada de palabras vivas que le den nuevo aire al viaje, nuevas fuerzas a la peregrinación. En esa situación nos encontramos, y cada domingo es para nosotros la llegada de esta palabra de aliento y de amor de parte del Maestro Jesús.
Durante este domingo nos ponemos en la órbita de acompañar a Jesús en sus primeros pasos en el ministerio. Será un tema de varios domingos acompañarlo, como los primeros discípulos, y verlo realizar sus primeros signos, sus enseñanzas y gestos. Desde este punto de vista observemos el evangelio del presente domingo, que es presentado como el primero de los signos de Jesús, realizado en los albores de su ministerio. Una cosa previa, para ponernos en línea con el texto, es recordar que en el evangelio según San Juan sólo se presentan siete “signos” de Jesús -no los llama “milagros”-, los justos y necesarios para, por así decirlo, descorrer el velo del misterio de la persona de Jesús de Nazaret. Tal vez sean pocos signos, pero el mismo Juan, más adelante, se “disculpa” con sus lectores por esta situación: Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre (Jn 20,30-31). Por lo que estos siete signos –recordando también que el siete es el número que simboliza la perfección en la Biblia- son elegidos “con pinzas” para ayudarnos a creer en Jesús. Veamos por qué.
La primera lectura es clave para entender el Evangelio: se habla de un tiempo de esperanza para el pueblo –es una bella profecía de Isaías, muy en la línea de las lecturas de Adviento, si podemos hacer un alcance- en la que se anuncia una restauración del pobre Israel, que pensaba ser abandonado, devastado, perdido luego del exilio, de las complicaciones de la historia, de las angustias del diario vivir… y de repente comienza a hablarse del pueblo como la esposa, y Dios como el marido. Como un joven se casa con una virgen, así te desposa el que te creó; como la alegría que encuentra el novio en su novia, así tu Dios se alegrará por ti. Un tema muy recurrente en la Biblia, y muy bello, es la analogía de la relación con Dios como un matrimonio: Dios llama a su pueblo –y digámoslo también, a nosotros, porque el llamado no es a una masa informe e impersonal- a hacer una alianza de amor, y así como Él es fiel a este pacto de fidelidad, debemos serlo también nosotros. En el profeta Oseas, por ejemplo, la infidelidad del pueblo –en esta dinámica del matrimonio de Dios con Israel- es presentada como prostitución.
Siguiendo con la analogía del matrimonio, también entre nosotros, cristianos, podemos entender nuestra relación con Él como un matrimonio, una alianza de amor en la que Cristo es el esposo y la comunidad de los discípulos es la esposa. Podemos entenderlo mejor, y más visiblemente, cuando alguien se consagra de cuerpo y alma al servicio de Dios: ese hermano, esa hermana, es signo de la alianza que Dios hace con su nuevo pueblo, la Iglesia, y se consagra –por medio de la vida religiosa- a ser signo de ese matrimonio de Dios con el ser humano, y vivirlo como un hombre transformado y enamorado por la claridad de su Presencia.
Pero no quiero que estas palabras se transformen en algo que no nos toca, porque he hablado de la Iglesia, del antiguo Israel y de otros… y corremos el riesgo de parecer espectadores en el matrimonio. Y no es así. ¿Por qué? Decía que Dios no llama en masa, sino que llama al corazón de cada uno, personalmente, a formar parte de su intimidad. Eso nos hace vivir su Evangelio, orarle, adorarle, participar en la liturgia de la Iglesia, conocerlo más por medio de la lectura de su Palabra y la oración diaria, viendo al prójimo como un verdadero hermano y viviendo según sus mandamientos. En el fondo, lo que quiero decir es que vivimos nuestra fe de acuerdo a una base bien concreta: la experiencia profunda del amor a Dios, que me hace buscarlo, necesitarlo y acogerlo en mi vida. Algunas veces, sin embargo, se pierde el sentido de la alianza de amor personal que tengo con Él. Hacia este punto reflexionemos, porque esta experiencia profunda muchas veces no se ve.
Las bodas de Caná… primer milagro del Maestro. Usualmente este evangelio se escucha dentro de la celebración del matrimonio; hoy, en cambio, sumerjámonos un poco más en su simbología más profunda. Con los elementos que disponemos, miremos el texto: este matrimonio, al cual fue invitado Jesús y sus discípulos, estando también presente María, la Madre del Señor, es figura de la alianza entre Dios y nosotros. ¿Qué sucede en este matrimonio? Una gran tragedia: ¡Se acaba el vino! Sabemos que es bello y agradable compartir, junto a una pareja que acaba de decir sí al amor que se tienen, ante la Presencia de Dios, algún alimento delicioso que realza la dimensión del compartir la vida, y mejor si es acompañado este momento con un buen vino, de buen año, envejecido en fudres de roble, con un sabor profundo, con un color elegante, qué sé yo… automáticamente, después de unas dos copas, nos ponemos más alegres, conversamos más y el ambiente se hace más distendido. El vino ayuda a crear el ambiente de fiesta –bebido con mesura, se entiende-. Este vino, dentro del evangelio, cumple una función análoga: se ha perdido el sentido de la alegría en la alianza de amor entre Dios y nosotros. No está ese saborcito dulce, alegre, vivaz, en la relación con el Dios vivo… la relación viva con Dios se ha transformado en una rutina. Sólo había agua: algo insípido, que quita la sed –permite sobrevivir- pero no produce alegría. No se paladea ni se disfruta. En la alianza real de Dios con su pueblo, esto es, en la fe judía, todo estaba regulado y se vivía según la Ley: se hace esto o aquello, se ora, se lee la Palabra sólo porque la Ley lo dice. O sea, una fe rutinaria, sin vida.
¿Qué pasa en ese preciso instante, cuando la falta de vino parece “aguar” la fiesta? Sólo una mujer podía darse cuenta de la tragedia que se venía encima, con su mirada a las cosas simples, pero importantes: María, la madre, insinúa solamente a Jesús aquello que sucedía. Ni siquiera le pide un milagrito. Conoce a su hijo y confía que Él podría hacer algo: No tienen vino. Como si dijera, siguiendo la línea de la alianza: Mira la fe del pueblo, están a punto de naufragar, les falta alegría, se está borrando el rostro vivo de su Dios… el amor se está apagando. Jesús comprende: Mujer –le dice-, qué a ti y a mí –dice el original griego, literalmente; las biblias modernas, captando el sentido, traducen ¿Qué tenemos nosotros que ver?-, aún no llega mi hora. ¿Su hora? En san Juan esta “hora” es el momento de su muerte y resurrección, pero más aún: la hora de Jesús es el momento de darse a conocer al mundo, y el culmen de esta “hora” es su pasión, muerte y resurrección… parece que ahora llegaba la “hora”, y María sirvió de “alarma” para que Jesús comenzara a vivir su “hora”. Y convierte el agua en vino… que debe haber sido muy bueno, al menos por las palabras del encargado de la fiesta, que elogia al novio por la calidad del vino: Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento. Por obra de Jesús, que convirtió el agua de todos los días, sin sabor ni olor, en el mejor vino, que será la delicia de los invitados y de la joven pareja que podía celebrar con gozo este bello momento para sus vidas, compartiendo con sus invitados.
Durante Adviento decíamos que uno de los enemigos más potentes contra el amor es el miedo, porque me blinda contra el otro, de quien no tengo confianza por la posibilidad que me dañe y me hiera –sentimiento que se conforma a veces por experiencias ya pasadas-. Hoy quiero presentar otro enemigo peligroso, más sutil, y por lo mismo muy difundido: la rutina. Ella nos hace percibir cada día como un paso doloroso hacia el sinsentido, como lo mismo de siempre sin sabor, sin olor y sin pasión… como el amor que una vez fue, y que ya no alimenta mis deseos de vivir y de entregarme. En la vida de pareja es un peligro y en la vida de fe también lo es. Debemos combatir la rutina, si no queremos que nos quite lo más sagrado para continuar caminando: las ganas de vivir, de amar a Dios y al otro, sea mi cónyuge, mi hermano, amigo o mi prójimo.
Dios mismo nos previene contra este enemigo, y nos ofrece una solución. Este texto, del Apocalipsis, nos lo hace entender muy claramente:
Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia. Sé que no puedes tolerar a los perversos: has puesto a prueba a quienes usurpan el título de apóstoles, y comprobaste que son mentirosos. Sé que tienes constancia y que has sufrido mucho por mi Nombre sin desfallecer. Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo. Fíjate bien desde dónde has caído, conviértete y observa tu conducta anterior.
Ap 2, 2-4
Este domingo, Jesús se nos presenta como Aquel que nos viene a remecer de nuestra rutina, y nos invita a vivir la vida de fe –la alianza de amor con Dios- con alegría y como si cada día fuera un volver a empezar, volver a enamorarse. Ojalá fuera ésta nuestra meta en el camino de fe que realizamos… un santo triste es sólo un triste santo. La rutina siempre nos rondará, pero… Él es lo único importante, lo único que vale la pena. Busquemos una relación viva con Él, expresada a través de mis prácticas cotidianas, que me llenen de Él… porque, simplemente dicho, Él está vivo. Dejemos que Él convierta nuestra agua en el vino más delicioso y fino, que se beba y nos llene de alegría.
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