4 de enero de 2007

¡SE AGRANDA LA FAMILIA!

EPIFANÍA DEL SEÑOR


Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo». Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá,
ciertamente no eres la menor
entre las principales ciudades de Judá,
porque de ti surgirá un jefe
que será el Pastor de mi pueblo, Israel».

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje». Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.
Mt 2, 1-12

Pedimos al Señor,
que en este día reveló a su Hijo Unigénito
por medio de una estrella a los pueblos gentiles,
conceda a los que ya lo conocemos por la fe
poder gozar un día, cara a cara,
la hermosura infinita de su gloria.

Con esta celebración finaliza el tiempo de Navidad. Han sido dos semanas intensas, en las que la luz del pesebre nos ha recordado la presencia de Jesús en nuestro mundo y en nuestra vida, como Aquel que siempre está a la puerta y llama, para cenar con nosotros (Ap 3,20). En esta celebración, digo, la venida de los Magos nos recuerda algo que nos parecerá obvio, pero que como lección de vida nos puede ayudar mucho en nuestro caminar cristiano: Jesús ha venido para todos.

¡Más claro echarle agua! Diría alguno, pero las lecturas nos ponen en el ambiente para entender esta frase: recordemos que el Mesías era una promesa hecha por Dios al pueblo de Israel, por lo que era una realidad reservada a quienes profesaban la religión judía: un Ungido, bajo cuyo reinado se establecería la paz y la prosperidad para toda la nación; algo así como la era de estabilidad que sobrevino con el Rey David –se estableció la capital en Jerusalén, se trajo el Arca de la Alianza a la capital, se derrotaron los enemigos del pueblo, etc.-, pero de una manera superior: de hecho, Dios le promete a David que se su familia saldría el Mesías –por esto a Jesús le llaman “Hijo de David”, sinónimo de “Mesías”-. Desde esta perspectiva, la salvación traída por este Mesías de Dios iba a ser gozada sólo por los hebreos, miembros de las doce tribus de Israel… pero poco a poco comienza a surgir una conciencia en la religión judía que revoluciona un poco las cosas: los tiempos estaban más maduros para comprender, luego del Exilio en Babilonia –siglo VI antes de Cristo- que la salvación era un llamado de Dios a toda la humanidad. Antes el pueblo de Dios no tenía esa conciencia, y poco a poco fue madurando en ella. La primera lectura de hoy es prueba de esa idea que comienza a estar presente: las naciones peregrinarán a Jerusalén a adorar al Dios Verdadero, como antes sólo lo hacían los judíos; todos los pueblos de la tierra están invitados a adorarlo, porque Dios mismo lo quiere así.

¿Por qué esta idea aparece de repente en la historia del Pueblo? Ya lo he mencionado: con el tiempo, la fe madura. Lo mismo en el caminar de fe que cada uno de nosotros lleva, al principio tenemos una serie de creencias que, miradas desde nuestra perspectiva, parecen inocentes –pero ojo, esas “inocentadas” fueron tan poderosas, que nos hicieron ponernos a caminar-, pero con el caminar de los años y las experiencias que vamos adquiriendo, la fe va madurando –aunque a veces, como una planta, esa fe puede menguar por falta de cuidado-. Pablo grafica muy bien este designio de Dios que se manifiesta en la historia, para transformarse en una certeza y en un elemento fundamental de la fe de los discípulos de Cristo: Este misterio consiste en que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio.

En el Evangelio, este tema se hace realidad: todavía tenemos a Jesús en Belén, en el Pesebre, con María, José y los animales. Los pastores –desplazados por la fe judía porque no podían practicarla al trabajar en horarios tan desiguales sin poder ir a la Sinagoga- ya habían adorado al Niño por indicación de los ángeles, y ahora… de nuevo se hace realidad esa frase impresionante que hallamos en el evangelio de Juan: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios (Jn 1,11-12). Para los que debían esperarlo, este “no recibirlo” es más bien un verdadero escándalo: Es descendiente de David, muy bien, pero… ¡su familia vive en Galilea, esa tierra plagada de extranjeros! Nació en Belén, pero ¡en un pesebre! Si es el Mesías, podría haber nacido en una cuna real… lo adoraron primero los pastores y luego ¡unos extranjeros, que son supersticiosos y que no adoran al Dios Verdadero! ¿Qué clase de Mesías es ese? Estas frases, un poco caricaturizadas, manifiestan el drama que para muchos judíos supuso encontrarse con Jesús, debido a que les remecía postulados de su fe que parecían inmutables… se cumplía en Él todo lo referente a la Ley y a los Profetas, pero de una manera extraña, difícil para muchos, que tenían los esquemas mentales demasiado rígidos. Ya lo había profetizado el anciano Simeón a su Madre, María: Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción (Lc 2,34).

Los extranjeros que sí reconocieron a Jesús como Rey eran los Magos: venidos del Oriente, como señala el Evangelio, tal vez desde Babilonia –el actual Irak- y que se dedicaban, en sus prácticas religiosas, a escudriñar los signos de los tiempos en las estrellas. Eran, por tanto, una especie de astrólogos –no reyes; de hecho esta palabra no aparece en el Evangelio para referirse a los Magos- que observaron algo raro en el cielo por esos días: una Epifania –palabra griega que significa manifestación de lo alto-, que les indicó que un personaje muy importante nacería. Entre los astrólogos, cuando nacía un personaje importante –un héroe, un rey-, signos en el cielo acompañaban su nacimiento. Evidencias de esto se pueden encontrar, por ejemplo, en relatos griegos y romanos de la Antigüedad, por lo que los Magos inmediatamente dedujeron que la estrella, vista en el Oriente, era el presagio que el Rey verdadero de los judíos había nacido. Y viajan para adorarlo. Por eso Herodes –el rey de aquella época- se sobresalta al arribo de los personajes a Jerusalén, que van a visitarlo porque lo más lógico sería que el futuro Rey naciera en el palacio real… y comienza el miedo de Herodes –que ve en este anuncio una amenaza para su poder- y la continuación del camino, nuevamente, para los Magos. Siguen la estrella y sin repugnancia hallan al Niño en Belén, en el pesebre. Ese lugar pobrísimo se transforma en un palacio donde el Rey recibe la adoración de unos astrólogos extranjeros que portan sus dones para el Soberano: Oro, incienso y mirra. Otra vez: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios (Jn 1,11-12).

Desde el inicio de la vida de Jesús, su persona estuvo a disposición de todos. No sólo de los judíos, sino de todos aquellos que podían ver en Él al Mesías, al Hijo de Dios. Frecuentemente hallamos en el Evangelio verdaderas manifestaciones de fe… por parte de extranjeros, que no recibieron la fe del judaísmo, pero que tienen más fe que muchos miembros del pueblo de Dios… ¿qué nos dice esto? La mayoría de los que leemos estas líneas no venimos del judaísmo. También nosotros formamos parte del pueblo de Dios gracias a que el mensaje se hizo universal… se agrandó la familia, y nosotros entramos en ella con los mismos derechos de los hijos mayores. Por eso, siempre tenemos que velar para que el mensaje de Jesús permanezca en esta misma dimensión: para todos, sin distinción de personas. Lo peor que puede pasarnos sería hacer de nuestras comunidades cristianas una especie de clubs VIP, en los cuales sólo una cierta categoría de individuos puede entrar, para formar parte de una élite muy influyente que no se mezcla con el populacho de la parroquia. Así, lo único que conseguiremos será parecernos a una secta, que actúa de la misma manera.
Podemos reírnos de esta caracterización, pero sucede más que frecuentemente: es tan humano decir, mientras se camina con otros: Qué bien estamos así, ¿sigamos nosotros, sin tomar en cuenta a los otros, y organicemos cosas sólo para nosotros y los que nos simpatizan, y dediquémonos sólo a seguir viviendo esto tan hermoso que estamos viviendo? Y dentro de esa lógica nos choca cuando alguno nuevo llega y comienza a escalar puestos con mayor rapidez que nosotros en nuestros mejores tiempos. Por eso es muy importante comprender una cosa: lo que hacemos no nos pertenece. Como Jesús, hombre para los demás hombres, ofrecido para la salvación de la humanidad, también nosotros, en nuestra vida cristiana y en nuestras comunidades, nos hacemos servidores, buscando en la comunidad a Dios entre nosotros y ofreciéndolo en nuestro servicio. Una comunidad es fecunda cuando evangeliza, porque encuentra a Dios en su camino y otros son atraídos por esta vivencia… y los que están dentro, dejan abierta la puerta para que la familia se agrande.

Por último, sigamos con algo escandaloso: fijémonos en tres virtudes de estos astrólogos extranjeros que reconocen a Jesús antes que los judíos creyentes, y sacaremos una lección de vida muy interesante, para evitar el peligro de que la Iglesia se transforme en una comunidad cerrada, donde sólo entran los “buenos” y los “pecadores” quedan fuera:

1. La alerta y la búsqueda infatigable de Dios de los Magos, lo que San Agustín llamaba el corazón inquieto. Que el corazón esté acompañado por una libertad que lo haga mirar, contemplar, buscar a Dios en todo, sin asco, sin reticencias a encontrarlo donde aparentemente no debería estar.

2. El contagio misionero, esto es, la valentía de comunicar a los demás lo que voy descubriendo en mi vida… y esos que llamo los demás son todos los demás. Todos tienen el derecho de conocer las maravillas que Dios hace en la vida del hombre.

3. Con ilusión y alegría, creyendo algo que muchos dejaron de vivir: tener fe que Dios aún está con nosotros, que cada día es una invitación a conocerlo… que en medio del afán del día a día –y que en muchas personas este afán se llama dolor y tristeza- Dios nos sigue mirando con amor y nos regala su fuerza, especialmente a quienes se acercan a Él a pedírsela. El optimismo que todos los cristianos tenemos que descubrir, como los Magos, que cuando vieron la estrella –que les guiaba a Jesús- se llenaron de alegría.

¡Que ojalá el ejemplo de los Magos nos abra la mente y nos haga cristianos “sin fronteras”, porque Dios mismo es sin fronteras! ¡Cuánto necesita Dios de hijos suyos con la mente abierta y el corazón puro!… porque de los otros ya hay muchos. Sigamos los buenos ejemplos y exijámonos más de lo que podemos ser… con la gracia que nos da el Señor de cambiar, cada día un poco, nuestra mirada.

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