
4° Domingo de Adviento
En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
María dijo entonces:
«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz.
María dijo entonces:
«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz.
Pedimos al Señor
que derrame su gracia sobre nosotros,
que hemos conocido por el anuncio del ángel la encarnación de su Hijo,
para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección.
El Evangelio es el mundo al revés. De sobra se nota en el Evangelio de Lucas, que nos sorprende con cosas nuevas, reflexiones, hechos, que nos recuerda una y otra vez que la alegría según Dios no corresponde a lo que comúnmente se cree que sea la alegría verdadera.
Este domingo, el último de nuestro peregrinar del Adviento –dentro de nada es Navidad- parece ser el domingo del silencio y de la alegría. Sí, porque los protagonistas de la liturgia de la Palabra aparecen rodeados de silencio, sencillez y, ante todo, alegría.
El silencio… fecundo don que nos hace apreciar la vida en su justa medida… sólo él tiene el poder de ordenar nuestros pensamientos, miradas, sentimientos a veces encontrados, y organizarlos dentro de una lógica serena. ¿Quién no se ha sentido mejor después de haber estado “a solas consigo mismo”, saliendo a dar un pequeño paseo, para tomar una decisión más adecuada a la situación que se vive?
El silencio es un tema muy importante en la liturgia de este domingo, porque precisamente en las lecturas de hoy la salvación se está abriendo paso entre los hombres en absoluto silencio. En la primera lectura, Miqueas –en una de las más hermosas profecías sobre el Mesías que podemos leer en la Biblia- alaba la pequeña ciudad de Belén, rodeada del silencio de su pobreza y su pequeñez. ¿Por qué la alaba? No la alaba por ser la más elegante, o por ser una ciudad rica… sino porque Dios ha escogido ese pequeño lugar para el nacimiento del Mesías. Dios la hace bella, hermosa e importante. Pero sin ningún aspaviento de por medio. Eran tantos los que esperaban este momento… en la época de Jesús todas las jóvenes judías aspiraban a ser la Madre del Mesías, que se anhelaba para, por fin, finalizar con la situación de dominación a la que los romanos tenían sujeto al pueblo. Muchos soñaban con un Mesías político, que, al estilo de David, fuera el fundador de un reino eterno, más glorioso que ninguno, que implementara la verdadera religión en la tierra. Se esperaba con ansia, y ¡qué honor si le tocase a tal o cual jovencita!
Pero, tal vez, una sola estaba preparada como ninguna para acoger en su seno al Salvador: María, que no recibió con soberbia el enorme título de ser la Madre del Señor, sino que se dispuso toda entera al servicio del Señor. Al “sí” de Jesucristo, que leemos hoy en la segunda lectura, de la carta a los Hebreos -Por eso, Cristo, al entrar en el mundo, dijo: Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo. No has mirado con agrado los holocaustos6 ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley–para hacer, Dios, tu voluntad- se corresponde perfectamente el “sí” de María -«Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1, 37). Desde esa humildad se puede responder con verdad a la llamada de Dios, sin nubes de soberbia que sólo nublan el panorama cuando se trata de responder de acuerdo a lo que somos, tenemos y podemos hacer.
Hacer la voluntad de Dios… siempre nos preguntamos ¿Cuál es, Señor, tu voluntad para mí? Y pensamos que tendremos que responderle de una manera diversa a como somos en verdad… creo que siempre depende, porque hay veces en que el Señor desearía que algunas cosas cambiasen en nuestra vida –vicios, alguna que otra cosa que no va bien en la relación con los demás, tal vez ser más justos, etc.-, pero siempre el Señor espera que respondamos desde aquello que somos: no es para todos el llamado a tal o cual profesión, o a la vida religiosa… creo incluso que está mal formulado el problema: no se trata de hacer crucigramas mentales con la palabra “voluntad de Dios”, sino que, simplemente, tomar las alas que el amor nos da, y lanzarnos a volar. Nuestro vuelo será tanto o más alto según sea la fuerza en nuestras alas. Dejemos que el amor nos lleve donde sea.
El amor llevó a María a la región montañosa de Judea, a unos 150 km. de distancia, recorridos por esa jovencita embarazada, a lomo de mula quizás, entre colinas y montañas… para ver a su prima Isabel, una anciana embarazada. Muchos dicen que María efectúa esta visita, entre otras razones, porque tal vez Isabel sería la única que podía entender a cabalidad lo que le sucedió a su prima, y María necesitaba compartir esa alegría con la depositaria de un hijo en su vejez. La Visitación es el encuentro de dos corazones transformados por el amor de Dios, en medio de la sencillez, de la pobreza y del silencio.
Pero este silencio no significa pasividad. Muchos pintan la persona de María como una mujer absolutamente pasiva, que sólo recibe la Gracia y responde que sí, como si dejara a Dios el comando absoluto de todas sus decisiones, mientras ella… no hace nada. No me parece adecuada esta imagen de María, que sin duda tuvo que vivir experiencias fuertes para sacar adelante su familia y poder ser una Madre a la altura de lo que el Señor quería de ella: ¿acaso no pensó que, al transformarse en madre soltera, se exponía a que la matasen en la sinagoga –a golpes de piedrazo- por ser una mujer adúltera, madre sin estar casada? ¿Acaso no sufrió, aquella fría noche de Belén, el rechazo de los dueños de las tabernas y albergues de la ciudad no sólo porque estaba todo lleno, sino porque se pensaba que era de mala suerte acoger una mujer a punto de dar a luz? ¿Acaso no debió sortear tantos peligros cuando tuvo que huir a Egipto con José y Jesús sólo porque un rey muerto de terror buscaba al niño para matarlo, porque amenazaba su poder? Y acaso, en la hora suprema –después de seguir por todos lados a Jesús ya hecho Maestro para todos, ¿no murió con Él una parte de su corazón cuando lo miraba, al que tuvo de niño en sus brazos y acarició con la ternura de una madre, colgado en una cruz y desgarrado por la violencia y el pecado de los hombres? No sé dónde encontrar mujer más valiente y más comprometida con su misión. Y su fuerza, venía de Dios. Porque ella, no tenía absolutamente nada. Una jovencita pobre, sencilla, de pueblo, se transforma en una gran mujer y una gran discípula de su Hijo por obra del Espíritu Santo. Sólo los que tienen el corazón vaciado de cosas innecesarias pueden entender y apreciar las bendiciones de Dios en su justa medida:
Cuando tú me mandas que cante,
mi corazón parece que va a romperse de orgullo.
Te miro y me echo a llorar.Todo lo duro y agrio de mi vida
se me derrite en no sé qué dulce melodía,
y mi adoración tiende sus alas,
alegre como un pájaro que va pasando la mar.Sé que tú complaces en mi canto,
que sólo vengo a ti como cantor.
Y con el fleco del ala inmensamente abierta de mi canto,
toco tus pies, que nunca pude creer que alcanzaría.Y canto, y el canto me emborracha,
y olvido quien soy, y te llamo amigo,
a ti que eres mi Señor.
Rabindranath Tagore, Ofrenda Lírica, 2.
Nosotros, que finalizamos el Adviento dentro de muy poco tiempo, podemos aprender de esta actitud: no más allá de lo que he dicho sobre el silencio, sólo miremos la persona de María: su figura embarazada nos ayude a esperar a Jesús como el fruto de la alegría, el fruto de la paz, el fruto que llenará nuestra vida de una alegría infinita. Como para ella significó Jesús.
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