14 de diciembre de 2006

ALÉGRATE

III DOMINGO DE ADVIENTO- AÑO C

Al Señor
que ve cómo su pueblo espera con fe
el Nacimiento de su Hijo,
le pedimos nos conceda llegar a la Navidad,
fiesta de gozo y salvación,
de modo que podamos celebrarla
con alegría desbordante.

La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?». Él les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto». Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?». Él les respondió: «No exijan más de lo estipulado». A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo».
Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo a todos: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible». Y por medio de muchas otras exhortaciones anunciaba al pueblo la Buena Noticia.

Jn 3, 10- 18

Estamos pasando la mitad del tiempo de Adviento, y la liturgia de esta semana tiene un carácter marcadamente festivo: ¡Alégrense!, nos dice el profeta Sofonías, el salmista –que se alegra en el Dios que es su canción, su fuerza y su salvación- el apóstol Pablo y el mismo Evangelio, que presenta la segunda parte de lo que escuchamos la semana pasada. Alegría se nos pide… encendemos el televisor y vemos tanta gente alegre, que, sin embargo la prensa amarillista da cuenta luego de sus vidas, pasiones y muertes, a menudo en un espiral de búsqueda de la felicidad frustrada. No es oro todo lo que brilla, y nos damos cuenta que para ser felices no se necesita de una cámara, una mansión y de un automóvil último modelo a la puerta… el dinero no hace la felicidad, pero la financia, dirán algunos. Financia algunas comodidades, los regalos de navidad que tengo que hacer este año, tantas cosas. La alegría de este domingo nos pone en alerta respecto de los que debemos esperar y construir para alcanzar la felicidad.

¿Por qué se debe alegrar la Hija de Sión –otra palabra para nombrar a Jerusalén- en la primera lectura? Porque, en medio del dolor –este texto está escrito en medio del exilio de Babilonia, lugar en que el pueblo de Dios vivió por más de cuarenta años una etapa terrible de su historia: sin reyes, sin sacerdotes y sin un Dios que los sacara de esa esclavitud-, el profeta anuncia que el Señor está en medio de ti. No sólo anuncia que terminará el período de la desventura, sino que el mismo Dios habitará en medio de su pueblo… te renovará con su amor, se alegrará por ti con gritos de alegría, como en los días de fiesta. Podemos encontrar aquí una de las claves de la alegría: Dios está conmigo. Es lo mismo que canta el salmista el día de hoy: Dios es mi salvación, confiaré y no temeré. Dios es mi salvación… ¿cuánto creo en esta realidad, para que sea capaz de transformarme? ¿Cómo explicar la alegría de los hombres y mujeres santos de nuestro tiempo, a veces incomprendidos, viviendo la soledad, a veces la persecución, a veces la lejanía de los seres queridos, a veces las consecuencias de sus acciones que hoy admiramos? ¿Cómo explicar el contenido profundo de la frase Contento Señor, contento de San Alberto Hurtado; la ternura y la sonrisa siempre acogedora de Juan Pablo II; los desvelos y la fuerza de una pequeña mujer, la Madre Teresa de Calcuta, que organizó desde la pobreza una obra para los más pobres de la tierra? ¿Cuál es el secreto? Tal vez, lo decía la semana pasada, ellos dejaron que el Señor tomara el volante de sus vidas. Tal vez se volvieron locos en el camino… por Cristo. Tal vez descubrieron un tesoro que nosotros también anhelamos y buscamos, y sus acciones son el resultado de lo que le pasa a mi vida cuando empiezo a vivir la alegría por haber encontrado ese tesoro. Cuando el corazón se transforma en el depositario de ese tesoro, parece ser que los problemas no terminan, pero se viven desde una serenidad mayor, con esa certeza de la que hablaba Santa Teresa de Ávila:

Nada te turbe, nada te espante,
Quien a Dios tiene nada le falta.
Todo se pasa, Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Sólo Dios basta.

San Pablo, lo decíamos previamente, llama a los filipenses a alegrarse. El Señor está cerca, decía, y que esa certeza les haga no angustiarse por nada. En este contexto quisiera poner de manifiesto que a partir del 16 de diciembre el Adviento cambia de tónica: durante toda esta primera parte hemos estado reflexionando en torno al Señor que ya viene, que debemos prepararnos, hemos echado un vistazo a los signos de esperanza y a la liberación del miedo que tenemos que operar en nuestra vida. Ahora, en esta segunda parte, un nuevo elemento nos acompañará hasta la Navidad: porque Dios se hará hombre en medio de nosotros. Esa espera del Señor, que nosotros hacemos actual en el Adviento de la vida y de la historia, la enriquecemos con la fiesta que celebraremos en pocos días. El Señor viene, ¿cómo? Como un niño.

Y así arribamos al evangelio… seguimos con la figura del Bautista, uno de los protagonistas del Adviento, porque nos pone en marcha hacia Jesús, esperándolo. La semana pasada nos invitaba a preparar los caminos del Señor, mientras que hoy responderá a la pregunta que seguramente nos hemos hecho al escuchar el evangelio la semana pasada: ¿Cómo preparar el camino del Señor? Y se acercan muchas personas a pedir razón a Juan el Bautista: llegan unos publicanos, unos soldados… y para todos hay un mensaje. No deseo transcribir lo que Juan a cada uno le dijo, pero tal vez para cada uno de nosotros también hay un mensaje: a los trabajadores pedirá la honestidad y el empeño; a los estudiantes la perseverancia y el mejor esfuerzo; a los abogados la defensa de la verdad por sobre la aplicación sofista de la ley, defendiendo lo indefendible; a los funcionarios de gobierno la honestidad y el valor del servicio por sobre el provecho monetario; a las madres el amor y la paciencia; a los padres la perseverancia, la paciencia y el cariño hacia la esposa y los hijos… y a todos, ponernos una mano en el corazón para reconocer en qué estoy cayendo, en qué estoy mal, para de corazón y con humildad tratar de cambiarlo.

Juan el Bautista nos pone en camino a una práctica coherente de nuestro ser cristiano: tantas veces sentimos un fuego en el corazón, una consolación que nace de la oración, que hace que el amor a Dios parezca cosa tan fácil… pero esos momentos en mi vida de fe son escasos. Más bien, no deberíamos hacer del “buscar sentir a Dios” la finalidad de mi vida espiritual. Llegarán esos momentos cuando los necesite, pero… en el cotidiano de los días, mi vida de fe es la suma de mis opciones y mis actos. Si amo a Dios, debo demostrarlo, sí, con una vida de oración y de lectura de la Escritura y de buenos libros –para llenarme de este tesoro y así transforme mi vida, como decía el Hermano Roger de Taizé: «La oración es para ti una fuente para amar. Con una infinita gratuidad, abandónate de cuerpo y de espíritu. Cada día, ahonda en algunas palabras de las Escrituras, para situarte ante otro que tú mismo, el Resucitado. En el silencio, deja nacer en ti una palabra viva de Cristo para ponerla enseguida en práctica.»-, y junto al abandono en el misterio de Dios, debo demostrar la calidad de mi interioridad en lo que hago: ¿qué debemos hacer? Podremos preguntarle al Bautista. Vive como cristiano, sería la respuesta. No sólo dejando de hacer el mal –como cuando algunos dicen: Yo estoy en mi casa, no le hago daño a nadie…- sino haciendo el bien, o sea, amando al que está a mi lado. ¿Cómo se hace eso? Escuchándolo, acogiéndolo, no albergando odio en el corazón. Viviendo así, veremos que estaremos preparando el camino al Señor.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¿Quieres comentar esta noticia?