
2° DOMINGO DE ADVIENTO- C
El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:
Una voz grita en el desierto:
Preparen el camino del Señor,
allanen sus senderos.
Los valles serán rellenados,
las montañas y las colinas serán aplanadas.
Serán enderezados los senderos sinuosos
y nivelados los caminos desparejos.
Entonces, todos los hombres
verán la Salvación de Dios.
Lc 3,1-6
En la oración colecta invocamos al Señor y le pedimos a él que es todopoderoso y rico en misericordia que, cuando salimos animosos al encuentro de su Hijo, no permita que lo impidan los afanes del mundo, y que nos guíe hasta Él con sabiduría divina, para que podamos participar plenamente del esplendor de su gloria.
Si el Señor fuera el jefe de Vialidad… todos los proyectos serían carísimos. A decir del Evangelio del día de hoy, diríamos, para comenzar, que este camino que hay preparar no se rige en absoluto por las leyes de la ingeniería.
Un camino es una vía que busca unir. Cuando nos aprestamos a hacer un viaje, esperamos que el camino sea bueno, especialmente cuando queremos emprender un viaje a una gran ciudad, donde –ya comenzamos a pensarlo- encontraremos atochamientos de tránsito, ruidos, personas que conducen riesgosamente y trabajos en la vía, que pueden ser fuente de atrasos en el viaje y las consecuentes rabias que nos hacen pasar estos menesteres. Por eso, mientras sea más ameno, amplio y rápido el camino a nuestro destino, más se agradece. En cambio, cuando vamos a pueblitos del interior, sabemos que deberemos pasar por caminos de tierra, de ripio, con piedras que saltan y con el polvo en suspensión que dejan el auto listo para un lavado. Es lo de menos, pero ¡Ay de los riñones si los amortiguadores del auto no están en buenas condiciones!
Esperamos, además, que el camino no sea aburrido, de lo contrario, si levamos un niño en nuestro viaje, a la media hora va a empezar a impacientarse. Al mismo tiempo, esperamos pocas curvas, para no marearnos entre tanto giro. Los ingenieros algunas veces hacen milagros para construir vías entre quebradas, cerros y ríos, tratando de solucionar con ingenio –de aquí parece venir el nombre de su profesión- los escollos de la geografía, tratando que la solución no sea tan cara si existe la posibilidad de economizar costos buscando otra alternativa, pero ¡siempre de calidad, por favor! En algunas ocasiones, dicen las leyendas que circulan por ahí, no es tanto la razón mas sí el corazón que mueve a estas soluciones: se cuenta que, en el camino que une la ciudad de Concepción con la localidad de Bulnes, en la octava región de nuestro país, hay una curva “innecesaria” –no había ninguna quebrada, ni cerro, ni río que esquivar-, dentro de la cantidad de giros y pendientes que tiene ese camino: dicha curva rodea una propiedad que, se dice, era de la familia de la joven que cortejaba el ingeniero que proyectaba la vía. Y por supuesto que, con tal de ganar la simpatía del futuro suegro, se puede incluso desviar una carretera… en el amor, todo vale.
Dejemos de mirar, por un momento, la autopista, y observemos el punto en que nos encontramos: estamos en el segundo domingo de Adviento, segunda parada en nuestro caminar espiritual de este tiempo fuerte. Aún estamos meditando sobre la venida del Señor, cuando al fin de los tiempos clausure la historia. Una característica del Adviento es que varios personajes nos acompañan, con su presencia en la liturgia, con los hechos y palabras que les correspondieron vivir y decir, en la espera del Mesías. Hoy es el turno de Juan el Bautista, el último profeta de la espera, que hace un llamado a prepararnos de la mejor manera, porque –y la reflexión del libro de Baruc enriquece nuestra comprensión del Evangelio- la espera es alegre. Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios. Otra vez viene el apelo a nuestra vida espiritual: No esperes algo triste, ¡Prepárate para la fiesta del encuentro del Señor! Y para que la alegría sea verdadera, destruye todas tus fuentes de amargura: las envidias, los celos, los rencores, los apegos, los egoísmos… en palabras del apóstol Pablo, en la segunda lectura, destruir aquellas fuentes de amargura –sigamos con la analogía del camino-, esto es, los roqueríos del mal temperamento, los cerros del orgullo y de la soberbia, los hoyos de las tristezas, los ríos de lágrimas que no parecen terminar nunca y tantos “accidentes geográficos” de nuestro ser, significa caminar con Dios, esperar con Dios, dejar que Él camine con nosotros, porque estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús (Fil 1,4). Recordemos, a este punto de nuestro paso por la Autopista de Dios, que no hemos sido nosotros que hemos elegido a Dios, sino que Él nos ha invitado a caminar, y nosotros hemos respondido. Nos ha invitado a caminar, sí, pero a caminar con Él. No estamos solos en la vida, perdidos y agobiados por el peso de los problemas y preocupaciones del trabajo, casa y barrio… aunque parezca de repente… pero Él está ahí. ¿Dónde? En el silencio, en el corazón, en la oración, y principalmente en los sacramentos –especialmente en la Eucaristía, como alimento que se nos da para tener fuerzas en el camino y para reconocerlo en la vida-. A la larga descubriremos, hermanos, que este camino ha tenido sentido… pareciera que en el camino cristiano vamos hacia delante sin rumbo, que vivimos, luchamos y sufrimos sin causa y aun dentro de la misma Iglesia encontramos entre los hermanos motivos de amargura y enojo -¿cuándo ha sido diferente?-, pero recordemos, en los momentos de baja, de oscuridad –cuando la Autopista de Dios pasa por un oscuro túnel y nosotros tenemos los focos quemados-, aquello que decía el Padre Alberto Hurtado: La vida nos ha sido dada para buscar a Dios; la muerte para encontrarlo y la eternidad para poseerlo.
Con esto termino. Ya hemos revisado la vialidad de esta Autopista. Quisiera, ahora, sólo referir cómo se transita por esta vía, si se quiere, un pequeño código de transito: En primer lugar, la velocidad máxima es la que Dios quiera. No por correr por el camino se arriba antes. Tampoco importa si manejas una carretela vieja con un caballo raquítico o un elegante Audi modelo del año próximo. Más vale un cojo en el camino que un atleta fuera de él, nos recuerda San Agustín; lo importante es que camines. Recomendaría que mantuvieras tu radio apagada mientras viajas: el ruido embota –yo me pregunto si esa gente que tiene todo el día la radio encendida en su casa y “la hace escuchar a sus vecinos” realmente tiene tiempo para pensar en sí misma… ahí está la causa de la superficialidad de la gente, que ni siquiera deja el silencio para orar un poco y pensar sobre la vida-. Y por último, si quieres, pero sólo si quieres porque ya has conseguido una confianza grande con el Señor Jesús en tu vida –que espero todos la consigamos-, abre la puerta de tu corazón a Jesús. Invítalo a entrar en tu vida y a ponerse al volante de tu auto (Albino Luciani, Juan Pablo I).
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