5 de diciembre de 2006

CUANDO EL SEÑOR AMA...



8 de diciembre
La Inmaculada Concepción


En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.


Lc 1,26-38

Padre,
que por la Concepción Inmaculada de la Virgen María
preparaste a tu Hijo una digna Madre,
y en previsión de su muerte redentora la preservaste de todo pecado;
concédenos, por su intercesión,
la gracia de vivir con fe, amor y caridad,
y de presentarnos a ti purificados de todas nuestras culpas.
(Oración Colecta).


Cuando nosotros amamos a alguien, es como si transformáramos la realidad. El mundo se pinta de colores y la misma existencia parece tener un sabor distinto. El corazón parece que late más fuerte y todo en el ser amado lo encontramos bello… su figura, su casa, su familia, los lugares por donde hemos caminado,… el amor tiene esa fascinación que renueva las cosas. Dejamos de pasar anónimos por la existencia cuando somos especiales para alguien. En otras palabras –y más bellas-:


Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo (...) Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo. (A. DE SAINT-EXUPÉRY, El Principito, cap. 21).


Una frase, sencilla, pero valiosa, quisiera expresar todo lo que nuestro corazón tiene, pero lo extraño es que no alcanza a expresarlo todo: Te amo. Tantas cosas significan esas dos palabras… quisiéramos que ese ser nunca desapareciera de nuestra vida, y qué dolor sería experimentar la pérdida de quien amamos, especialmente en el acontecimiento que más dolor causa, por ese dejo de abandono y soledad: la muerte. Por eso, decir Te amo es como decir: Tú no morirás nunca. Aunque todo termine, seguirás viviendo en mis recuerdos y en los entresijos de mi alma. No. No puede morir alguien que es capaz de amar y ser amado.


La experiencia de nuestro amor, de seres humanos, nos regala la pista de otro Amor, del cual somos imagen y semejanza. También Dios se enamora y, cuando lo hace, es capaz de dar gratuitamente todo, sin explicación alguna de por medio. Es que, ¿a algún enamorado se le ocurriría escribir o explicar el por qué ama a tal o cual persona? ¿Acaso el amor tiene explicación? Precisamente, el amor nos regala muchas respuestas, pero nos oscurece una, muy importante; pero al punto de estar enamorados, no importa responderla –de hecho, ojalá no encuentre respuesta-: ¿Por qué te amo? Si soy capaz de decir por qué, es posible que mi amor no sea del todo verdadero.


Por eso nos quedamos cortos cuando intentamos respondernos al por qué Dios creó el mundo, o por qué quiso salvarnos de la muerte total, enviándonos a los profetas y, en el momento culminante de la historia, a su Hijo, el Dios que se hace Hombre… por amor. Sólo un Dios enamorado del hombre es capaz de arriesgar tanto de sí por una criatura pequeña, que Él transforma con Su Mirada de amor, nos ennoblece hasta en nuestras pequeñas y aburridas vidas, nos observa no como un sargento que tiene anotado en un libro todos los pecados que a diario cometemos, sino como un Padre que está lleno de ternura, y que cuántas cosas quisiera decirnos, sólo si nos diéramos el espacio para escuchar su Voz.


También Él tiene, a flor de labios, una frase de amor, sencilla, valiosa, para expresarnos todo lo que Él siente –y si no lo hemos entendido, ahí esta la Cruz como demostración del Amor de Dios, clavado en ella, entregado hasta la sangre, frágil como la nada misma, pero poderoso en el perdón-: y esta frase también es un Te amo. Te amo, nos dice Dios, porque no me entregarás a la Muerte 10ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. Me harás conocer el camino de la vida, 11saciándome de gozo en tu presencia,11 de felicidad eterna a tu derecha (Salmo 16, 10-11). Tú no morirás nunca, dice Dios, y sus palabras se hacen realidad. Nuestro destino no será la muerte, porque seremos abrazados en ese último momento por Aquel que es la Vida.


Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. (Ef 1,3-6).


Así expresa esta elección que Dios ha hecho de nosotros desde antes de la creación del mundo. Cada uno de nosotros tenemos un camino que realizar, una vocación que seguir, un esfuerzo que realizar… un camino de vida que transitar, cada uno distinto al otro. Y para cada uno de esos caminos, el Señor va preparando nuestra vida y nos ayuda a poder hacer las cosas bien, ¿de qué manera? Algún consejo que escuchaste por ahí y que te ayudó mucho, personas confiables con quien poder compartir lo que te pasa, un trabajo que te aporta satisfacciones; y sobre todo, la ayuda de la Gracia, el regalo de Dios que se derrama cada día conforme estemos preparados y abiertos para recibirla, para así poder vivir con los ojos más puros, con el espíritu más sereno, con una vida en pleno sentido, porque descubro que Dios es mi Padre, y que en Él encuentro todo el sentido que mi vida necesita y así bendecir a todos quienes están a mi lado. Esa Gracia la obtenemos sobre todo en los sacramentos –el Bautismo, la Eucaristía, la Reconciliación, la Unción de los Enfermos, el Matrimonio, el Orden Sagrado y la Confirmación-. Son las luces imprescindibles para nuestro camino, si queremos llegar a buen puerto.


Y hoy celebramos a alguien que vivió de una manera impresionante la mirada amorosa de Dios durante toda su vida, vivida con el sentido más profundo que podía darle: María, la Madre de Jesús, joven pobre a quien la vida no le fue fácil en lo material –porque no creamos que, en caso de necesidad, los ángeles suplían todas las carencias materiales de José y María en la casa de Nazaret- y, en el trabajo esforzado y en la fe sencilla y profunda, fue una madre amorosa y profundamente humana para Jesús, Dios Hijo hecho hombre verdadero. María fue la cuna, fue el brazo firme, la mano para acariciar y para corregir, el beso tierno, la comida siempre caliente, el consejo de amiga y ante todo, el silencio que se hacía oración. Es imposible que Dios Padre escogiera cualquiera mujer para darle la enorme responsabilidad de dar a luz y criar a Jesús, cuyo misterio se forja en la oración a su Padre, pero junto a eso a las lecciones de vida que aprendió del ejemplo de María y de José.


Decimos que la Madre María es Inmaculada en su Concepción porque, en virtud de toda la Gracia que Dios depositó en ella, fue liberada del pecado que todos llevamos… algo que parece del otro mundo, ¿no? Pero tal vez entenderemos mejor la realidad del pecado cuando pensemos que siempre en nosotros existe el deseo de hacer las cosas bien, y admiramos a personas buenas, como la Madre Teresa de Calcuta o Martin Luther King, pero entonces, ¿por qué no somos como ellos? Alguno respirará hondo a este punto… sí, sí, ahí están las huellas del pecado original, que todos compartimos y que se verifica en esas pequeñas perezas de cada día, mis egoísmos personales, mi falta de paciencia, de solidaridad con el que está al lado mío, entre otras cosas. Cuando nacemos, estamos, por el hecho de ser hijos de nuestros padres, marcados por el mal de la humanidad; el Bautismo nos libra para siempre del pecado, de esa cadena de muerte y de oscuridad en que estamos envueltos –y que recordamos en la primera lectura de la eucaristía de hoy- y entramos a formar parte de la familia de Dios. Sin embargo, siempre van a quedar esas huellas de las que hablaba primero, como inclinación a pecar, a buscar el camino más “fácil”, no siempre el mejor camino… esa inclinación no es el pecado –porque una cosa es sentir el deseo de hacer algo errado y otra muy distinta es el consentir ese deseo, cuando yo lo hago mío-, y por eso está el Sacramento de la Reconciliación –la confesión- para renovar cada vez que necesite mi corazón que, en camino hacia Dios, necesita ser purificado, por la gracia del Espíritu Santo, de los errores que en ese camino voy cometiendo y que pueden desviar mi respuesta cotidiana al Dios que me ama.


Y volvamos a ver a la Madre… ella, en virtud de la vocación a la que estaba invitada a vivir, fue liberada del pecado ¿para qué? Para que fuera más libre en su respuesta ante Dios –somos nosotros los que encontramos incluso hermoso el camino del mal, y eso nos nubla la mirada hasta el punto de realizar acciones de las que después nos tenemos que arrepentir- y así, en sintonía total con Él, pudiera desempeñar su misión de la mejor manera. Podía perfectamente decir que no al ángel Gabriel en el episodio de la Anunciación que acabamos de escuchar –era perfectamente libre para ello-, pero conocía las consecuencias de las dos posibilidades.


Una última cosa: no miremos hoy a la Madre como una figura cerrada, individual, lejana… si Dios quiso hacerse hombre en una mujer y así tener una madre como todos nosotros, esa Madre nos representa a todos nosotros. Todos nuestros deseos más altos y bellos de querer acoger a Dios en nuestra vida se concretizan en la figura de la Virgen de Nazaret. Ella es la imagen de todos nosotros, el más hermoso regalo que la humanidad pudo ofrecer a Dios para acogerlo en nuestro mundo, y por eso conviene observarla, mirarla siempre, para poder ser como ella en la respuesta, en la ternura, en la fe, en la constancia en medio del dolor y, con todos nuestros “sí” que hayamos dado a Dios, a su Amor que se quiere derramar en nosotros, viviremos para siempre en Él, como María.


Todo esto no es por mérito de María, sino porque Dios ha querido hacerlo así. María es llamada “llena de Gracia” –donde está la Gracia no hay pecado- porque el Señor la colmó de sus dones… por amor. ¿Qué cosas hará Dios en nuestra vida si nosotros le dejamos espacio para que Él actúe? Recuerda: escucharlo –en la oración, en la vida-, recibir su Gracia –leyendo la Biblia, asistiendo a la Eucaristía todos los domingos, confesándote de vez en cuando, hablándole de Dios a tus hijos-, amando a tu hermano –dándote tiempo para escuchar y entender a tu esposo, esposa, hijos, nietos; perdonando cuando alguien te ofendió- y verás cómo tu vida cambia, para mejor.

1 comentario:

  1. Que hermoso es conocer la magnitud del amor de Dios, entender que su amor es tal que se igualó a nosotros, se hizo hombre y sufrió como todos nosotros. Difícil es, si, poder imaginar la fé de María y el amor que sentía por Dios, lo más provable es que ninguno de nosotros sea capaz de decir que sí, con tal convicción y sin dudas, ¿ pero no es acaso a traves de ella qué podemos conseguirlo?, sólo debemos seguir su ejemplo y pedir su ayuda para cumplir la volundad del Señor, sea cual sea esta.

    Es necesario orar para seguir a cristo, por su camino el que no siempre es fácil, pero es el más bello y gratificante que pueda existir.

    En este tiempo de adviento es necesario esperar que nuestro corazón cambie y nos permita amar como Dios y María lo hicieron, esperar como María lo hizo hace dos mil años por su Hijo, en compañía de la oración y del amor del Padre.

    Mónica Valenzuela
    Sto. Tomás de Villanueva
    San Pedro de la Paz.

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