NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTOEn aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas,
14 y en la tierra, paz a los hombres amados por él!».
Oh Dios,
que de un modo tan admirable has creado al hombre
a tu imagen y semejanza,
y de modo más admirable aún
elevaste su condición por Jesucristo,
concédenos compartir la vida divina de Aquel
que hoy se ha dignado compartir con el hombre
la condición humana.
(Oración Colecta).
Es Navidad.
Terminó el tiempo del Adviento y todas nuestras miradas se funden en el Pesebre. Esta noche santa, este día santo, muchos, en tantos lugares del mundo, celebrarán de diversas maneras: el Santo Padre en el Vaticano, las comunidades cristianas del hemisferio sur bajo un calor veraniego, los cristianos de los países en guerra desde su silencio esperanzado por nuevos aires de paz, los perseguidos en la oscuridad de seguir a Jesús desde el peligro y la valentía… todos seremos arropados por algún sentimiento, que acompaña y da fuerza al recuerdo, que se hace memorial, del nacimiento del Maestro.
Es preciso que seamos bien conscientes de este sentimiento. ¿Cuál es? Tal vez las preocupaciones del año, tal vez con la dolorosa falta de los seres queridos que han pasado al encuentro del Padre, o por los amigos que no están con nosotros hoy; o tal vez por la alegría de comenzar una nueva vida, sea en el matrimonio, en una profesión que me encanta o porque un hijo, o un nieto, ilumina mi familia con su presencia.
Es preciso que seamos bien conscientes de este sentimiento.
Porque Jesús nace hoy, precisamente, en medio de nuestras vidas.
El Pueblo de Dios no vivió la espera del Mesías como un hecho aislado de su historia: lo esperaban como signo indiscutible del amor del Señor, como presencia tangible en medio de todos: un “Dios con nosotros” que se pudiera tocar, que pudiera liberarnos, abrazarnos, darnos ánimo, corregir nuestra vida equivocada y llevarnos hacia Dios. En medio de todas las situaciones bellas y también difíciles que el pueblo vivió: ¡cuánto anhelo podemos imaginar en los exiliados del siglo VI a.C, cuando el país fue destruido por Babilonia y la gran mayoría fue desterrada de todo lo que conocía, amaba y vivía! Un poco antes de esta experiencia, Isaías proclama esta gran profecía que leemos en la primera lectura: un niño nos ha nacido como símbolo de la paz, de la luz del pueblo que caminaba en las tinieblas… esta noche, tal vez cuántos pueblos escucharán con emoción este relato en la Iglesia, reunidos como nosotros para celebrar al Señor, y que ni siquiera saben qué pasará con ellos el día de mañana, sabiendo sólo que ahora están unidos, juntos. Cuántos hermanos y hermanas anhelan que por fin el Niño de Belén sea acogido en el corazón de quienes creen que la violencia es la única manera de imponer sus posiciones, por más “justas” que parezcan. Y cuán grande es el contraste entre quienes empuñan un arma para asesinar o imponer la violencia, con este signo de Dios: un niño, nacido frágil en medio de nuestra tierra. Este niño supondrá para el pueblo la finalización de toda violencia y toda venganza, mas por el camino de la paz. Sin oponer la fuerza. Sin oponer la venganza. “Ojo por ojo, y el mundo queda ciego”, decía Gandhi.
En este Niño, Dios nos revela que quiere estar en medio de nosotros… sí, en medio de nosotros, no en medio de ellos, que son buenos. En medio de nuestra vida, con lo bello y hermoso que cada uno de nosotros tiene –y si alguno dice que nada de bueno tiene, es simplemente porque no lo ha descubierto-, pero también nace Jesús en medio de lo oscuro de nuestra vida. Es muy fácil, y esto es un fenómeno muy humano, sólo pensar que Dios me ama por mis virtudes, por la medida de bien que hay en mí y algunos, sacando cuentas de esto, piensa que mientras no sea más bueno mejor no acercarse mucho a Dios… pero, ¡Nada más equivocado! ¿No fue Él mismo que dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Mt 9,12)? Dios me ama como yo soy. Y lo que tenga que cambiar, es un camino que haré con Él. No me ama porque yo sea bueno, sino para que yo sea bueno. Sólo así se cambia el corazón desde dentro, y auténticamente. Su presencia en nuestras vidas, dice Pablo hoy en la segunda lectura, nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. No son las armas que ejecutarán el cambio en nuestro mundo, porque el cambio debe darse en el interior de nuestro corazón, para luego manifestarse en el externo. La paz es un trabajo de relojería.
El Evangelio es majestuoso por sí mismo: comienza con un edicto del Emperador de Roma, mandando realizarse un censo en todo el mundo, y termina con un Niño que es el verdadero Rey de todo el Universo. Augusto, el Emperador romano, censaba la población de sus dominios para determinar la situación económica de los ciudadanos y, por ende, el lugar de cada uno en el Imperio. Jesús nace, pero consideramos que al César de Roma no le interesó en ese momento el nacimiento de un Niño pobre, como tantos otros de su tiempo. Sin embargo, como decíamos hace unos días, a Dios le gustan los comienzos pequeños, desde lo sencillo, porque precisamente es en lo sencillo y en lo silencioso donde se construye auténticamente. Hasta a los mismos judíos, que lo esperaban, sorprendió con este “nuevo estilo”: No pertenece a la nobleza de Jerusalén, nace de una virgen –el no tener hijos era considerado una maldición; el optar no tenerlos, una locura sin sentido- y su familia vivía en Galilea –región poblada de extranjeros y paganos-, precisamente en Nazaret –un lugarejo que no aparecía ni en los mapas israelitas ni romanos-; los primeros a quienes se les aparecen los ángeles son los pastores –que no practicaban la fe por estar preocupados de sus rebaños- y luego, guiados por la estrella, los magos –unos extranjeros que profesaban una fe basada en los astros-, quienes fueron llamados a una cueva –contaminada con bacterias de animales-. ¡Dios con nosotros! El signo es este: No fuegos artificiales, no luces centelleantes, sino… encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Frente a este panorama en que, según las palabras de san Juan: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios (Jn 1,11-12), no debemos tener miedo de Dios. Ni siquiera pretender medir, o exigir que Dios se comporte de una manera determinada: la Navidad nos pone frente a un misterio bellísimo, pero desafiante: muchos se estrellaron en sus convicciones frente a Jesucristo, porque según su propia imagen de Dios, no correspondía al patrón. ¿No resulta más sensato observar esta noche, este día, el pesebre en silencio y aprender qué cosas son las verdaderamente importantes en la vida, y abandonar de a poco las cosas que, en vez de ser importantes, esclavizan? ¿No es esta noche, este día de Navidad, una hermosa invitación a “hacer nacer” a Jesús en nuestro corazón?
Así lo entendieron los que esperaban a Jesús con el corazón preparado. Los que no tenían su mirada nublada lo vieron con todo su esplendor, y se dejaron enseñar por Él. “Belén –escribe Monseñor Albino Luciani, luego Papa Juan Pablo I- es el verdadero nuevo estilo; y el estilo será continuado en los treinta y tres años que siguen: escapa a Egipto: es un vencido, un perseguido. Trabaja en un taller: es un aprendiz y trabajador bajo un jefe. Predica y obra, incluso con milagros, pero escandaliza. Tiene hambre, tiene sed, no sabe dónde reclinar la cabeza. Tiene amigos y discípulos, que lo abandonarán. Le queda una túnica: lo despojan también de ésta. Le queda la madre: ¡la regala antes de morir!
¿Han visto alguna vez una raíz en un terreno desértico y seco? Es Él; es Él, ‘despreciado y esquivado por los hombres, hombre de dolores y conocedor del sufrimiento’ (Is 53). Repito: ha querido introducir un nuevo estilo, un clima nuevo.
A la sombra de estas grandes enseñanzas cambia el horizonte de las cosas: lo que parecía grande e importantísimo, empequeñece.”
Recordémonos de los que lo miran con lágrimas en los ojos, de los que no lo quieren mirar, de los que están tristes esta noche por causa nuestra, de las madres que esta misma noche darán a luz, de los que están a nuestro lado, hoy. Por todos, por el abrazo que podemos dar, por las palabras que podemos decir, por el perdón que podemos pedir y por el amor que podemos entregar en forma de oración, feliz Navidad. Ven, Señor Jesús.
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