16 de noviembre de 2006

LOS PROFETAS DE CALAMIDADES

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Señor, Dios nuestro,
concédenos vivir siempre alegres en tu servicio,
porque en servirte a ti, creador de todo bien,
consiste el gozo pleno y verdadero.

(Oración Colecta de este domingo).



En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.
Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.


Mc 13, 24-32


Esto nos ha pasado a todos… una mañana cualquiera, de aseo en la casa, o de trabajo en el jardín, o tal vez mientras vemos la televisión, tocan la puerta o el timbre de nuestra casa. Nos asomamos y, nos encontramos con dos personas vestidas más o menos elegantemente, con revistas y una Biblia bajo el brazo… buenos días señor, señora, joven… queremos quitarle un minuto de su tiempo para darle a conocer la Palabra del Señor –con algunos cambios de matices dependiendo de la creatividad de los visitantes-. ¿Qué dice uno ahí? Las más de las veces, cuando nuestras excusas no valen –fíjese que no tengo tiempo… no, gracias, soy católico, o evangélico… o de una vez se pone uno a pelear con ellos- escuchamos sus argumentos, que siempre tienen que ver con el tema de fondo que se expone en la revista que vienen a promocionar, y que expone fielmente su pensamiento. De más está decir que no vale la pena ponerse a discutir con ellos, porque ellos no te quieren escuchar, y su único cometido es convencerte para que integres su secta… lo que tú digas siempre será rebatido, porque ellos son entrenados –con citas bíblicas de por medio- para rebatirte y si te pillan con la fe más o menos baja, te pueden sembrar dudas serias en tu fe, de modo que desaconsejo rotundamente el asumir el papel de “paladín de la fe” que alguno quiera desempeñar delante de estos personajes.


¿Y qué nos cuentan estos amigos que golpean nuestra puerta? La mayor parte de las veces su discurso se resume en el siguiente mensaje: Viene el fin del mundo. Cambie de vida porque si no, se irá a las llamas del infierno. Mire los signos: los terremotos, los tsunamis, la degeneración de la sociedad, los escándalos morales, las armas atómicas, mire, ¡está en la Biblia! Y nos hacen leer pequeños trechos del Apocalipsis –un libro que a más de algún lector de estas líneas le da temor- que parecen confirmar sus argumentos. Queda en el aire, luego de este argumento tan lógico, una sensación de miedo, que hay que hacer algo, porque si no, caerá sobre nosotros el juicio terrible de un Dios que hace caer sus truenos sobre la humanidad… sobre mí.


Ante este temor, ¿qué podemos hacer? Ante todo, debo prevenirles que siempre, en todas las épocas, podemos ver indicios de destrucción y signos de muerte –en algunas épocas más que ahora- que parecen hacer caer sobre nosotros las profecías del Apocalipsis como algo cierto, y luego no pasó nada… con razón podríamos haber tenido pensamientos nefastos en plena Segunda Guerra Mundial, o cuando el Emperador Napoleón llegó hasta las puertas de Roma y tomó preso al Papa de aquel entonces… hace algunos años astrólogos y Mesías de bolsillo se gozaron ante las ruinas de las Torres Gemelas resucitando incluso a Nostradamus e interpretando sus profecías respecto a este hecho. ¿Conclusión? Siempre habrá mal en el mundo. En el tiempo de Jesús lo había y entre nosotros está. Y siempre tendremos a nuestro lado los profetas de calamidades, que interpretarán las Escrituras a la luz de lo que pasa en el tiempo que nos toque vivir y, lo más grave, utilizarán el miedo como arma para ganar adeptos a su secta, según el modelo del sé de los nuestros, de lo contrario te condenarás. Pero, dirá alguno, ¿No utiliza la Iglesia este mismo tipo de discurso para ganar adeptos? Puede que en algunos lugares ciertas personas lo hagan, pero este tipo de prácticas, utilizadas en épocas anteriores –que desde nuestra mirada actual pueden ser catalogadas como profundamente equivocadas- corrompen notablemente el espíritu del Evangelio –de más está decir que en la normal práctica de la Iglesia esta manera de predicar y evangelizar ya no se usa-. El Papa Juan XXIII, mientras inauguraba el Concilio Vaticano II en 1962, advertía sobre este tipo de personas: Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.


Ahora bien, se me puede hacer una objeción a estas alturas: Pero, ¿acaso el Evangelio de este domingo no está hablando de una catástrofe y del fin de la historia? ¡Claro que sí! Como cristianos creemos en el fin de la historia, lo decimos en el credo: desde allí [Jesucristo] ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. La historia tendrá conclusión… lo que es criticable es meter miedo sobre el fin de la historia como catástrofe universal. Jesús, en el evangelio de hoy, no expresa esta realidad como estrategia para generar una histeria colectiva y ganar discípulos. El Maestro nos habla este domingo precisamente sobre lo contrario: No tengan miedo si pasan estas cosas. ¿Cómo vencer el miedo?


En primer lugar, quisiera señalar cómo no se vence: si estamos pensando todo el tiempo en ese momento de la historia –como si el Reino de Dios sólo hubiera que esperarlo para ese hecho-, como consecuencia viviremos como seres que miran al cielo pero sin mirar a la tierra, vale decir, como cristianos alienados, sin preocuparse por las estructuras vitales que nos rodean: familia, barrio, ciudad, país, política, Iglesia, pobres… ¡Tanto bien que se puede hacer! ¿Y si miramos al cielo sin ver al hermano? ¿No estaremos corrompiendo las enseñanzas del Maestro, que nos proponía amarnos los unos a los otros como Él nos amó? Recordemos, desde esta perspectiva, otras palabras de Jesús, para que no nos ilusionemos con un Reino que sólo está allá, pero no por acá también: curad los enfermos que haya en ella, y decidles: "El Reino de Dios está cerca de vosotros." (Lc 10,9). Esperamos la venida definitiva del Reino de Dios, pero ya gustamos algo de este Reino entre nosotros. Podemos decir que el Reino es un ya, pero también un todavía no.
¿Cómo vivimos el ya del Reino? Que el Maestro nos haya mostrado el Rostro amoroso del Padre, que nos quiere perfectamente unidos a Él y al Padre en el Vínculo de Amor que es el Espíritu Santo, es todo un programa de felicidad que acompaña nuestro caminar en la vida, con el hermano como imagen de Dios a nuestro lado, y juntos construyendo su Reino entre nosotros. Nuestro empeño es ese: ¡Vivir como discípulos! Y dar a comprender a otros que nuestra fe es válida, da sentido a la vida, es un camino de realización y de plenitud humana. De nosotros depende preparar la venida del Señor.
Y el futuro… la historia de la humanidad está en las manos de Dios. Los primeros cristianos tenían un fuerte sentido de espera, celebrando la eucaristía en tensión entre el hoy –lleno de preocupaciones y persecuciones- y el mañana, tiempo de la venida del Señor. Aún hoy repetimos, como nuestros antepasados en la fe, luego de la consagración en la eucaristía: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús! Es decir: vivimos nuestra vida fieles a tu Evangelio, Señor, experimentamos persecuciones porque nos creen locos… pero te esperamos, esperamos el todavía no de tu Reino. ¡Ven a dar la plenitud a la Historia!
Nunca se nos olvide: esperamos a Jesús, no a un monstruo que nos pretende devorar… esperamos al Maestro, al Amigo Sincero, al Señor. ¿Cuánto espacio hemos dejado en nuestra vida a su mensaje, a su persona, a su ser en nuestro ser… para que, a su regreso nos reconozca como suyos?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¿Quieres comentar esta noticia?