
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
Dios omnipotente y misericordioso,
aparta de nosotros todos los males,
para que bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu.
podamos libremente cumplir tu voluntad.
(Oración Colecta de este domingo)
aparta de nosotros todos los males,
para que bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu.
podamos libremente cumplir tu voluntad.
(Oración Colecta de este domingo)Faltan sólo dos semanas para el fin del año litúrgico: en dos domingos más celebraremos la Fiesta de Cristo Rey y Señor del Universo, para, el domingo siguiente, comenzar un nuevo Año Litúrgico. ¿Por qué hacemos esto? Básicamente, recordemos previamente que no existe sólo “un” tiempo –como el cronológico, que medimos con el reloj o las agendas-, sino que hay diversos tiempos: las estaciones del año, el tiempo de trabajo o de estudio y el tiempo de ocio –que incluso lo percibimos más corto que el tiempo destinado al deber-. Cuando entramos a la Iglesia a celebrar el Memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, estamos ingresando en un nuevo espacio de tiempo: la atmósfera es diferente, estamos unidos como asamblea los que antes estábamos dispersos: yo pienso de una manera, ese otro de otra, pero en aquél momento algo, o mejor, Alguien nos unifica. Y se hace actual, para nosotros, aquello que aconteció de una vez para siempre en el Calvario y en el Sepulcro que nunca más estuvo ocupado porque Aquél que estaba muerto hoy vive. Este tema lo escuchamos de parte del autor de la carta a los Hebreos que tenemos ocasión de continuar escuchando este domingo. Sí, en el día del Señor ingresamos en ese tiempo sagrado, fieles al mandato del Señor: Hagan esto en memoria mía. No muere y resucita Jesús nuevamente en cada celebración, sino que la celebración de este sacramento nos actualiza –nos trae para el hoy de nuestra vida, de mi vida- aquello que cronológicamente ocurrió hace más de veinte siglos. Pero que sigue tan actual para nosotros como si hubiera sucedido hoy.
En nuestra asamblea de cada domingo nos reunimos con nuestras vidas, nuestras alegrías, nuestros problemas y tristezas, nuestras pobrezas y riquezas… el don del Pan y del Vino, que es el fruto del esfuerzo del ser humano, lo presentamos para que sea el Pan y el Vino de la cena, el Cuerpo y la Sangre del Maestro que se da como alimento. ¿Qué es lo que hay que hacer para adorar, agradecer, bendecir, pedir perdón al Señor en medio de la asamblea? O, lo que es igual, ¿Cómo tiene que estar mi corazón para poder participar en la celebración?
Ante todas las cosas, digamos que aquello que agrada al Señor es un corazón en sintonía, con la mirada puesta en Él: esto es, agradecido, humilde, confiado y dispuesto a abandonarse en Sus manos. Podemos decir que esta es la clave para que el Señor se haga visible en la vida de esa persona. Desde esa manera de relacionarse con el Señor, Él espera que tratemos de la misma manera a aquel que está a nuestro lado –como decíamos el domingo pasado, sobre los dos mandamientos que en el fondo es sólo uno- y, esta vez podemos añadir, sin ser hipócritas y dándose por entero. Como dice la canción:
Tres cosas tiene el amor, que no se pueden olvidar:
Que Dios nos amó primero, hay que darse por entero
Y ponerse a caminar.
¡Ponerse a caminar! Sin entrar en esta dinámica, mi fe corre el riesgo de pasar sólo por una teoría. Algunos dirán: Pero, cómo yo podría dar algo al Señor, ser bueno con los demás, si soy tan pobre, tan poca cosa, ¿qué puedo hacer por el Señor y por los demás? Que nos guíe hoy el ejemplo de las dos viudas que hemos escuchado: la primera, aquella de Sarepta que es visitada por el profeta Elías, se da cuenta que la poca harina y el poco aceite que le quedaba para vivir le sirvió incluso para alimentar al profeta en medio de una situación de hambre y sequía que vivía el país. La viuda puso a disposición del hombre de Dios aquello que poseía, y el Señor la recompensó.
La segunda viuda es hoy para nosotros otro ejemplo de generosidad: frente a los demás, con más posibilidades económicas, que ofrendaban grandes sumas de dinero como ofrenda para el templo –que en todo caso, les sobraba- la viuda tomó aquello que incluso necesitaba para vivir y lo ofreció. A estas alturas, alguno podrá decir: Pero, si ya había tanto dinero, ¿qué se va a notar esa monedita entre tanta plata? Además se ve que el templo es rico, y la señora esa era pobre… observemos de otra manera el hecho: para el Maestro Jesús, las acciones y las palabras son hijas del corazón: los que hacemos y hablamos –e incluso el divorcio entre el decir y el hacer- revelan lo que tenemos dentro. Este gesto de la viuda es signo de su disponibilidad a Dios, a quien agradece aun con lo poco que tiene por medio de esa ofrenda. ¿Qué pasará después con la viuda? No lo sabemos, pero vemos que no se acabó el aceite ni la harina en la casa de la otra viuda, la de Sarepta.
Ahora actualicemos el tema para nosotros, porque es algo más serio que sólo ofrecer dinero e irse y continuar igual que siempre, como podría suceder en algunos casos: ¿Cuánto doy al Señor de lo que soy? Sea lo que tengo, sea mi manera de pensar –también la puedo ofrecer al Señor, admitiendo en mis percepciones aquello que Él considera como bueno o malo-, sea mi tiempo –la posibilidad de ir cada domingo a misa e incluso orar durante el día, no limitándose a regalar al Señor sólo una de las 168 horas que tiene la semana- sean mis valores –para construir una familia con la base de los valores cristianos- o sean mis manos –en el trabajo y en el estudio, comprendiendo, no caminando con cara de funeral todo el día o gruñendo como si mi ánimo tuviera un eterno dolor de muelas-. ¿Qué pasara cuando paulatinamente deje entrar a Dios en mi vida, en esas cosas, no sólo recordando, a menudo sólo racionalmente, que creo en Dios? Pues, algo cambiará: las penas tal vez no serán tan dramáticas, ganarás más amigos, te sentirás más sereno… a fin de cuentas, descúbrelo por ti mismo.
Que este domingo, hermanos, abramos la puerta a Cristo, ofreciéndole lo que somos. ¡Él sabe cómo somos! No se enriquecerá con el homenaje de nuestra pobreza, Él, que ya todo lo tiene porque es absolutamente perfecto. Ofrecer nuestra pobreza es la garantía para que Él nos llene con sus riquezas. Termino citando las palabras del Santo Padre Benedicto XVI sobre este mismo tema, para que perdamos el miedo a dejar abierta la puerta a Aquel que quiere entrar cada vez más en nuestra vida: ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
¿Quieres comentar esta noticia?