23 de noviembre de 2006

Mi reino no es de este mundo

Solemnidad de Cristo Rey y Señor del Universo
XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?». Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?». Jesús respondió:
«Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Entonces tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».

Jn 18, 33- 37

Dios todopoderoso y eterno,
que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado,
Rey del universo,
haz que toda la creación,
liberada de la esclavitud del pecado,
sirva a tu majestad y te glorifique sin fin.

(Oración colecta)

Hoy celebramos a Cristo Rey, el punto final de nuestro año litúrgico. Dentro de una semana, comenzaremos a vivir un nuevo ciclo con un nuevo tiempo: adviento, tiempo de esperanza y de preparación para la gran fiesta de la Natividad del Señor. Pero dejemos el adviento para su momento y centrémonos en este “fin de año” que vivimos este domingo, en que dejamos de caminar en seguimiento del Maestro junto a San Marcos –que nos ha acompañado durante casi todos los domingos de este año con sus relatos sobrios, sencillos, destinados a ayudarnos a conocer a Jesús como Mesías e Hijo de Dios- y nos encontraremos con otro amigo: San Lucas, del cual tendremos ocasión de reflexionar más adelante.

Hoy, sin embargo, Juan lleva la palabra al transmitirnos su evangelio, tomado del capítulo dieciocho. Juan es el evangelista de las grandes fiestas, el que mira de una manera diferente, más profunda si se quiere, que los otros tres, y que nos ayuda a rumiar los hechos desde otra perspectiva. Un preludio hermoso se nos ofrece hoy antes del evangelio: la primera lectura –del libro de Daniel- nos revela la figura misteriosa del “Hijo del Hombre”, a quien el Señor, en una especie de acto solemne del cielo le da todo el poder y todo el honor. Para nosotros, cristianos, es clarísimo que se refiere a Jesucristo, y nos ayuda a comprender la naturaleza de la realeza de Jesús: ¿Del mundo? ¿El pueblo se la ha dado? No. Viene de Dios mismo. El Apocalipsis de Juan, en la segunda lectura, nos hace ver al Rey nuevamente glorioso, pero sacrificado y herido por nuestros pecados -¡el mismo rey de la primera lectura!- el Cristo que vendrá de nuevo cuando el Padre lo indique, como decíamos la semana pasada.

Con toda la riqueza que nos ofrece la palabra del Señor en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, pasemos al Evangelio: quisiera decir previamente que, para leer los capítulos 18 y 19 de San Juan –la Pasión y Muerte del Señor-, hay que pedir permiso. Lo digo así porque son de una densidad enorme, y cada detalle cuenta. Para comprender un poco más cada movimiento que se puede captar mediante la lectura de los capítulos, recomiendo que observemos el texto como un ritual: de hecho, los capítulos 18 y 19 de San Juan pueden leerse en la óptica de un rito de la coronación de un rey, donde encontramos: un cortejo del rey con los soldados camino al palacio, el reconocimiento por parte de la autoridad religiosa, la preparación del monarca con las vestiduras y la corona, el homenaje de sus tropas, la presentación ante el pueblo y la aclamación por parte de éste hacia el soberano, en triunfal procesión hacia el lugar del trono, desde donde el Rey gobierna. En el Evangelio de San Juan encontramos exactamente estos momentos, vistos al revés, y podríamos decir, en un revés escandaloso, incluso irónico: el cortejo del rey con sus soldados es el arresto en Getsemaní (18, 1-11) el reconocimiento por parte de la autoridad religiosa se da en la visita al sumo sacerdote Anás (18, 12-27), la preparación del monarca con las vestiduras y la corona y el homenaje de sus tropas en la burla de los soldados romanos (19,1-3), la presentación ante el pueblo y la aclamación por parte de éste hacia el soberano en la escena ante el pueblo, en que éste le pide a Pilato que lo crucifique, aunque él mismo lo dice a la multitud: He aquí a vuestro rey (19, 4-16), y la procesión triunfal hacia el lugar del trono no es otro que el camino al calvario, lugar donde encontramos el trono de este rey: la cruz (19, 17-42). ¿Parece una broma de Juan? Parece. Sólo parece. Pero lo que nos está dando a entender es algo muy serio: Así es rey Jesús. El estribillo que parece acompañar cada escena es siempre el mismo: Mi reino no es de este mundo.

Es que en la cruz todas nuestras certezas humanas son destruidas: todo se estrella contra la cruz, parece una locura… el Rey del Universo gobierna desde un lugar de muerte, donde los hombres lo hemos condenado a morir desnudo. Hacia allá lo llevaron sus sueños, su mensaje, su discurso, sus gestos… nada parece ser lógico. Ni siquiera su vida nos ofrece algo de acuerdo con nuestras categorías: nace pobre fuera de la ciudad, en una cueva infestada de bacterias de animales, es adorado por extranjeros que practicaban religiones astrológicas –los magos- y por hombres que no iban a la sinagoga los sábados –los pastores, que debían cuidar siempre las ovejas-, nace de una virgen –que en una cultura en que una de las grandes bendiciones de Dios era tener muchos hijos podía pasar por una opción sin sentido, o por una locura-, vive en Galilea –región donde viven extranjeros paganos junto con los judíos-, elige como apóstoles a pescadores –otros que no practicaban la fe: como trabajaban en la noche se quedaban dormidos en las sinagogas o simplemente no podían ir porque tenían que descansar, por lo que eran considerados casi paganos por los más puritanos de la religión-, cobradores de impuestos –traidores a la patria, que recolectaban el dinero para el invasor romano- y un simpatizante de un grupo violentista -como eran los Zelotes-, sin contar las mujeres y los pobres –otros discriminados de la sociedad de su tiempo- que, entre varios ricos y familias, encontraron en Jesús el Maestro, el Amigo y el Señor. Para muchos estas cosas, entre otras, fueron un indicador válido para sostener que ese “Maestro” estaba absolutamente loco y que era peligroso para la situación de su tiempo. Para colmo, se igualaba a Dios haciéndose pasar por Hijo suyo. Uno puede reírse hoy de los sumos sacerdotes, menear la cabeza ante la actitud cerrada de los fariseos y los maestros de la ley, pero… ¿cómo hubiera sido si hubiéramos estado en sus pantalones? O mejor, preguntémonos de una manera más cruda –porque la Palabra de Dios es Palabra Viva, y cuando algo nos interpela y nos incomoda quiere decir que es algo que no es parte de un museo, sino que es algo vivo-, ¿Quiénes son los preferidos del Señor hoy? ¿Qué haría Él en mi lugar? ¿Qué cosas en mi vida no me ayudan a vivir más libremente, para no escandalizarme de Jesús?

El día en que enseñaste: “Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos”, yo no estaba allí. Si hubiera estado junto a Ti, te habría susurrado al oído: “Por favor, cambia, Señor, tu discurso, si quieres que alguien te siga. ¿No ves que todos aspiran a las riquezas y a las comodidades? Catón prometió a sus soldados los higos de África, y César las riquezas de la Galia, y, bien o mal, encontraron seguidores. Tú prometes pobreza, persecuciones. ¿Quién quieres que te siga?”. Imprertérrito, continúas y te oigo decir: “Yo soy el grano de trigo que debe morir antes de fructificar. Es preciso que yo sea levantado sobre una cruz; desde ella atraeré a todos hacia mí”. Ya se cumplió esa profecía: Te levantaron sobre la cruz. Tú la aprovechaste para extender los brazos y atraerte a la gente. ¿Quién podrá contra los hombres que han llegado hasta el pie de la cruz, para arrojarse en tus brazos? (Albino Luciani [Juan Pablo I]).

Una gran cosa, a este punto, es muy clara para nosotros: la vida espiritual y de seguimiento del Maestro es como el trabajo que realiza el escultor: a golpes de martillo, con la lima, la escofina o con un suave paño húmedo elimina la dureza y la aspereza del mármol para transformarlo en una obra de arte. Ante Jesús, su imagen de Rey Crucificado y Glorioso al mismo tiempo -¡otra cosa que no se puede entender!- y la Cruz que es su trono, ciertamente tengo que limar mis asperezas, estructuras mentales cerradas, discriminaciones, prácticas e ideologías de todo tipo que no me ayudan a acoger el Evangelio desde toda su riqueza y vivirlo con toda la alegría. Y este proceso dura toda la vida, realizando todos nuestros esfuerzos para dejar el hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo. Siguiendo la imagen del artista, los instrumentos que disponemos para realizar esta obra de toda la vida nos los da el Señor: tal vez nos parece incómodo, incluso violento, pensar en toda la incomodidad que causó Jesús en la sociedad de su tiempo e incluso reconozco que cuestiona actitudes actuales mías, pero para acoger al Señor como Él es, tenemos su ayuda como principal aliado, además de las enseñanzas que nos da la vida –donde también habla Cristo, como piensa San Agustín-: la vida de la Gracia, en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía –en que nos transformamos en Cuerpo de Cristo- y la Reconciliación –en que se me perdonan los pecados en nombre de Dios-. Sin la presencia de los sacramentos en la vida será difícil contar con la ayuda invisible del Espíritu para ayudarnos a ser mejores, cada día. Es nuestra tarea. ¿Saben? No debemos nunca olvidar por qué lo hacemos: por amor. Es como la novia que se arregla para estar bella y llegar al altar como una princesa. No lo hace por obligación: es su amor lo que la mueve. Quien ama, transforma su vida a la medida del amor que tiene.

Comprenderemos, al fin y al cabo –ya lo sabemos, pero es necesario comprenderlo en la vida, o mejor, asumirlo como opción válida de vida, cada día como si fuera un acto de fe, o como concretización de mi acto de fe- que el único poder posible se llama servicio; que el honor viene de una fuente escondida y no de brillantes aplausos; que la vida es una invitación a vivirla con contenido y a poblarla de amor, un Amor que no conoce límites –dando la vida, el tiempo, la paciencia, la sonrisa y el espacio para él y por él- y que la Iglesia es ante todo, la escuela donde aprendemos a escuchar, a amar y a ser grano de trigo para el bien de los demás. A ti, Señor Jesús, nuestro Rey y nuestro Maestro, sea todo el poder, el honor y la gloria por los siglos de los siglos, amén.

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