9 de febrero de 2007

DEJAR A DIOS SER DIOS



SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO- C



Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo:
«¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y proscriban su nombre, considerándolo infame, a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!


Lc 6,17.20-26


Señor,
tú que te complaces en habitar en los limpios y sinceros de corazón,
concédenos vivir, por tu gracia,
de tal manera que merezcamos tenerte
siempre con nosotros.

(Oración Colecta de este domingo)


Acabamos de escuchar un evangelio extraño. Estamos acostumbrados a otro texto cuando se trata de las Bienaventuranzas: la versión de Mateo, que contiene ocho promesas de felicidad a quienes reúnen determinados requisitos. Aquí, en cambio, nos encontramos con una versión más corta y a la mitad del texto comienza una serie de maldiciones. ¡Ni más ni menos! ¿Puede ser posible?


Ya nuestros oídos se estaban acostumbrando a escuchar este tipo de aseveraciones cuando, el profeta Jeremías, proclamaba “maldito” a quien confía en el hombre (primera lectura, Jer 17,5-8). Es cosa extraña: entre nosotros, las relaciones descansan en la confianza que nos tenemos los unos a los otros, y dependiendo del grado de la misma que tengamos, somos capaces de confidenciarnos secretos, hacernos amigos y conocernos muy a fondo –y porque precisamente la confianza es el motor de la amistad, cuando aquélla se pierde, la amistad y el amor se enfrían-. Extraña, desde esta perspectiva, es lo que Jeremías dice. ¿No debemos confiar en nadie? No es eso lo que dice el texto. Si atendemos a lo que dice más adelante, en el mismo versículo donde leemos esta maldición, dice: y aleja su corazón del Señor. Esta es la clave para leer el texto: cuando Dios es sacado de su lugar como en Quien nosotros ponemos nuestra confianza más absoluta y ponemos al hombre, nos ocurrirá lo que dice el texto del profeta. En la misma línea quiere reflexionar el Salmo 1, que nos acompaña este domingo –conocido como el salmo de “los dos caminos”-, donde presenta cómo le va al que conduce su vida por la senda del Señor y quien no.


Sin embargo, podemos preguntarnos a estas alturas: si Dios es tan bueno, ¿por qué maldice? ¿No nos quiere libres a su lado? ¿Por qué entonces lanza esas maldiciones al que lo deja de lado, al que no lo elije, al que no le da la importancia debida? Estas preguntas están por debajo de miles de crisis de fe que muchos acarrean… incluso entre quienes conocemos. ¿Qué podremos decir al respecto?


La respuesta es muy simple. Partamos del punto siguiente: Dios nos creó libres, y podemos en la vida hacer lo que queramos en ella –en opciones personales, búsqueda de un proyecto de vida, elegir la persona que amamos, etc.-. Es en este momento que debemos recordar que la libertad nunca viene sola: la libertad viene de la mano con una hermana, que podríamos retratar como pegada a ella, como si fueran dos siamesas: la responsabilidad. O sea, cuando elegimos algo, debemos hacernos responsables de aquello que elegimos porque siempre traerá consecuencias. Por ejemplo: si elijo hacer un viaje desde la ciudad de Concepción hasta Santiago –o desde Barquisimeto hasta Caracas, como les parezca mejor-, si elijo la Ruta 5 –o la autopista, pasando por la Rafael Caldera, cuando vayamos por Yaracuy- llegaré a mi destino en cinco horas, o tal vez menos si todo está expedito. Sin embargo, si no elijo irme por la autopista asfaltada y decido irme por los caminos de tierra aledaños a la ruta, rodeando cerros, asumiendo desvíos y entrando en senderos pedregosos o arcillosos, lo mínimo que me pasará es que llegaré a destino en ocho o nueve horas… con los amortiguadores destrozados, el vehículo lleno de polvo y tal vez con un neumático menos. Es la consecuencia de haber elegido ese camino. Lo mismo en la vida: si decido alejarme de Dios –que es el Amor con mayúscula, el Bien verdadero, la Vida, la Paz, la Verdad-, mi vida cada vez más perderá amor, bien, vida, paz… es como una gaita, que se desinfla porque el aire sale y, si no se lo renueva, queda vacía y ya no suena.


Por eso, las maldiciones en la Biblia debemos asumirlas como advertencias de Dios para elegir bien el camino que queramos tomar. Jesús hoy nos transmite cuatro bienaventuranzas y cuatro maldiciones, todas unidas entre sí: de hecho, la primera bienaventuranza está unida a la primera maldición, y así sucesivamente hasta llegar a la última. Para ser más concretos: los pobres/ los ricos; los que tienen hambre/ los saciados; los que lloran/ los que ríen; los que son odiados y perseguidos/ los que son aplaudidos por los demás. De más está decir que las bienaventuranzas son extrañas: proclaman “felices” ¡a los que precisamente no lo son! Puede venirnos a la cabeza la siguiente respuesta: Ahora no lo son, pero cuando mueran y vayan al cielo, recibirán el consuelo por todas las ocasiones que sufrieron. Sí, pero no.


La cosa es más complicada –esta vez parece que se trata de puras complicaciones-: las bienaventuranzas están dirigidas, en primer lugar, a quienes son los preferidos del Señor: ¿recordamos lo que dijo en la sinagoga de Nazaret? Los pobres. Todos los que sufren algún tipo de miseria están llamados a escuchar y acoger la Buena Noticia. Para los pobres –aquellos que tienen un corazón absolutamente desprovisto de todo, y esperan en Dios- vienen dados estos mensajes. ¿Diremos entonces, a estas alturas, “para ellos los pobres”? La pobreza asume miles de dimensiones, y la más notoria es la material. Sin embargo, la pobreza para Jesús es más profunda: estos pobres “felices” son los que eligen ser pobres. Este es el significado de los pobres de espíritu, que menciona Mateo en su versión de las bienaventuranzas. Los que eligen ser pobres son los que dejan su corazón absolutamente limpio de todas otras cosas que puedan tomar el lugar de lo que realmente importa: no tienen riquezas innecesarias en él –objetos a los cuales me siento apegado, un trabajo, una práctica o un hábito negativo que es mi vicio, una relación con alguien fuera de mi familia, mi ideología personal, el club deportivo que me hace ir al estadio cada domingo como si fuera a la Iglesia… el corazón es muy creativo cuando se trata de inventar ídolos y sentarlos en el trono que corresponde a Dios- y cuando alguna cosa, persona o idea, asume el rol de Dios en mi vida, soy un rico según el evangelio –aunque en vida no tenga trabajo y esté realmente mal económicamente.


Alguno dirá, tal vez: Yo creo en Dios, pero igual hay cosas importantísimas en mi vida y si juega mi equipo, no voy a poder ir a la Iglesia; o no puedo evitar la atracción que me produce esta persona, aunque soy casado; o no puedo aceptar esta persona, porque piensa diverso a mí; o soy científico, y a través de la ciencia puedo explicarlo todo, no necesito a Dios… pero creo en Dios. Esto se escucha muy a menudo. Se comienza diciendo que se cree en Dios, pero se vive como si Él no existiera. ¡Eso también es ateísmo! Aunque digamos que creamos, pero vivimos como si no creyéramos –porque hay algo que es la razón de la vida y Dios no juega ningún papel en ella- vivimos lo que se denomina ateísmo práctico. O sea, vivir como si Dios no existiera.


Es fuerte, dirán que es medio fanatismo, pero las bienaventuranzas no se entienden por quien no las vive. De lejos, se percibe un absurdo cuando se dice que los que lloran son felices, que los que tienen hambre son felices… pero quienes las viven, saben que son verdaderas. Por eso decía más arriba que no es sólo pensar que los que lloran serán consolados en el cielo. También experimentarán el consuelo en esta tierra. ¿Cómo? Cuando dejamos que Dios tome su lugar en el corazón –y es ahí donde nos transformamos en pobres, verdaderamente pobres- comenzamos a vivir según las bienaventuranzas. Con Dios en el corazón, veremos que las penas y las amarguras no serán verdaderamente penas y amarguras, sino que habrá Alguien que nos abrirá siempre una ventana allí donde se cierran las puertas. El que se esfuerza por vivir este camino siempre será perseguido: tal vez no venga la policía a la casa, pero será incomprendido, se reirán de él porque “la religión es una cosa de la Edad Media”, pero tú y yo sabemos que Jesús es un tesoro escondido que para encontrarlo hay que agacharse y excavar en nuestro corazón. Y no todos están dispuestos a hacerlo.


Como consecuencia, dejaremos de ver al otro como un adversario y le daremos la mano como un hermano. Y al más necesitado le tenderemos una ayuda, no siempre tratando de “darle un pez” si tiene hambre, sino que “enseñándole a pescar” para que descubra su dignidad de hijo de Dios y hombre, con sus pies bien puestos en la tierra.


Por lo tanto, dejemos a Dios ser Dios en nuestro corazón… y destruyamos los ídolos que ocupan el lugar de Él, aunque tengamos una foto de Dios pegada con cinta adhesiva en la muralla detrás del trono y digamos “¡ahí está!” pero a la hora de la verdad, creemos y obedecemos al dinero, a la profesión, a los estudios, al último libro que salió… tal vez viviremos alegrías momentáneas –como los ricos, los que ríen… todos los que el Señor nombra hoy en el evangelio- pero serán de un rato. En unos instantes más, lloraremos, andaremos preocupados, angustiados… ¿no es hora de llenar la vida con lo que realmente vale la pena?

1 comentario:

  1. muchas gracias, por escribir tan bello...esta es una forma mas de sentirlo aca cerca...
    gracias padre...

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