15 de febrero de 2007

LA MEDICINA DEL PERDÓN





SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO- C


Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes».

Lc 6, 27-38

Dios todopoderoso y eterno,
concede a tu pueblo
que la meditación de tu doctrina
le enseñe a cumplir siempre de palabra y de obra
lo que a ti te complace.

(Oración Colecta de este domingo)



Este domingo, estamos delante de una de las realidades más misteriosas de la fe cristiana, que la hace noble y que, sin embargo, para muchos es un acto sin sentido: me refiero al perdón. Toda la Liturgia de la Palabra nos habla hoy de esta tremenda virtud, ante la cual tenemos que sacarnos el sombrero, para observarla con respeto y poder aprender todos juntos de ella. ¡Es tan profundo el significado del perdón! Para comenzar a saborearlo, hagamos un pequeño viaje hacia el interior de nuestro corazón. Estamos todos invitados a hacerlo –es imprescindible hacerlo, de hecho; San Agustín recuerda que en el hombre interior habita la verdad- por medio de esta sencilla visita guiada.


Cada día nos despertamos y recogemos los frutos del día anterior: paz, preocupación, inquietud, tensión, insomnio… según esos primeros minutos de respiro y autoconciencia comenzaremos nuestro viaje por el día que se nos presenta. Vamos al baño, nos preparamos limpiando el cuerpo, nos vestimos y nos sentamos a la mesa a tomar desayuno, ritual que repetiremos durante el día en cada una de las comidas… y si alimentamos el cuerpo, ¿qué pasa con lo que está dentro del cuerpo? ¿Qué pasará con las emociones, con los sentimientos, con el corazón, que es el salón del tesoro donde guardo mis joyas más preciadas, las razones más importantes que me mueven a levantarme cada día y salir a trabajar, estudiar, crear, vivir y amar? Es tan importante conseguir un equilibrio interior que me ayude a mirar la vida y sus luchas con ojos siempre nuevos y llenos de paz… muchas veces la gente llega al confesionario contando episodios amargos en que se ve envuelta la familia: Padre, mi relación de familia no va bien… grito todo el día, me falta paciencia… entonces hago una pregunta –que me la enseñó un sabio sacerdote-, tal vez muy banal, pero muy de acuerdo con el momento: Disculpe, pero, ¿cómo ha dormido durante la última semana? Casi el cien por ciento de las personas que se declaran arrepentidas de haber una conducta agresiva y desganada en la familia están durmiendo mal. El descanso y la búsqueda de la paz tiene mucho que ver con cosas de índole doméstica: dormir bien, buscar el silencio, leer un buen libro, aprender a relajarse y a disfrutar de lo sencillo de la vida. Ese “mirar contemplando” la vida nos regala un tesoro para nuestro interior.


A estas alturas, quizás hemos descubierto que en nuestro interior hay espacios llenados con el silencio sereno y otros que acusan recibo de ruidos, preocupaciones y dolores, que supuran como heridas y nos hacen sufrir: el recuerdo de alguien que nos hizo daño, la falta de tiempo para mí y para los que amo, algún fracaso que viví, la pérdida de un ser querido… quien diga que no tiene heridas en su corazón –cicatrizadas o no- producto del dolor, no es un ser humano. Como también lo contrario –no todo es terrible y angustiante en la vida… nos acostumbramos demasiado a fijarnos en el lunar en una piel blanca sin apreciar la blancura del resto de la piel-: quien diga que no vivido alegrías durante su vida –grandes o pequeñas- no es un ser humano. Nuestra vida es un montón de piezas ordenadas de diversos colores, como un rompecabezas. ¡Lo importante es que estemos armándolo! Sólo así podremos ver que, en la unión de las diversas piezas, se forma una cierta armonía, una cierta unidad, de las piezas claras y de las más oscuras.


Ahora, en el contexto de esta visita guiada, quisiera hablar del perdón. La primera lectura de este domingo es admirable: David, antes de ser Rey, tuvo que pasar por muchas cosas, especialmente de manos de Saúl, el Rey anterior que veía que este joven estaba llegando a ser famoso y gozaba de la confianza de muchos en el pueblo. Las luchas los llevaron a ser adversarios y, en un día cualquiera, el Señor pone en manos de David la persona de Saúl: llega a los pies de su lecho, mientras dormía. ¿Qué hace David? ¿Aprovecha el momento para por fin hacer pagar a su adversario por todos los momentos de dificultad que le había dado? No. David renuncia a la posibilidad de responder con dolor al dolor: ¡Por la vida del Señor, ha de ser el mismo Señor el que lo hiera, sea cuando le llegue la hora de morir, o cuando baje a combatir y perezca! (1Sam 26,10).


David no se mancha las manos con la sangre de su adversario, aun teniendo la ocasión de hacerlo pagar por todo lo que le ha hecho. ¿Era un tonto el Rey David? ¿Era un débil? Pregunto esto –la respuesta es obvia- porque usualmente se tiene la impresión que la persona que perdona es un débil, con el que se puede barrer el piso, al que se puede hacer de todo –desde una mentira hasta un fraude económico-, porque siempre perdonará. En cambio, una persona que se respete es aquél que no deja que los demás lo pisoteen y hace justicia por todas las veces que lo han traicionado o le han hecho daño. La venganza aparece como la virtud de los fuertes, mientras que el perdón es cosa de débiles.


Escuchemos, entonces, lo que dice el Maestro en el Evangelio… desde el contexto de los que se ríen de quienes viven el perdón en sus vidas, este texto parece un elogio de la mediocridad y de la debilidad. ¿A quién hay que creer? ¿Al Señor Jesús o a los que te invitan a vengarte, muchas veces justamente, por el daño que te han causado? Difícil pregunta. Porque para responderla hay que clarificar otra cosa: no es lo mismo debilidad que perdón; ni mucho menos no decir nada –para no provocar conflictos- con la capacidad de perdonar. Hay muchos que realizan una práctica suicida dentro de sus corazones: alguien les hace daño, y ellos continúan la relación con esa persona, como si nada, “perdonándola” –con la consiguiente úlcera estomacal que se va generando en el cuerpo del que siempre calla y no expresa su descontento con lo que el otro hizo-. De esta manera la otra persona se acostumbra inconscientemente a tratar al otro sin tener cuidado de lo que el otro siente –porque el otro no dice nada-. ¿Resultado? Tendremos un enfermo de los nervios al lado de una persona que no tiene conciencia de los límites ni del respeto de que ama, aunque lo ame sinceramente. No. En esto no consiste el perdón.


El perdón consiste en algo mucho más profundo: cuando alguien me hace daño, ciertamente sentiré rabia, deseos de venganza, ira... pero llegado un momento, aplacados los sentimientos más primarios, hago una opción: ¿Me trago todo este veneno que he recibido y hago pagar a la persona que me hizo daño haciéndole yo lo mismo o algo peor, para que sienta lo que me hizo? ¿O renuncio a este sentimiento, no dejando que me siga envenenando? Si elijo la segunda opción, hay que hacer otro paso: no se trata de seguir adelante como antes. Hay que hacer entender al que me hizo daño precisamente lo que hizo –en esto consiste el “dar la otra mejilla”-. Si esta persona lo hizo inconscientemente, por mi enojo y mi seriedad se dará cuenta y buscará cambiar –y haz sido tú que has propiciado ese cambio-. Si te ha hecho daño conscientemente, perdónala en tu interior, pero aléjate de ella. Ya en su vida hay suficiente veneno para que, uno de estos días, se muerda la lengua. Pero no seas tú quien lo juzgue. Como vemos, perdonar es un acto que debo hacer primero en el interior del corazón –si no, no es de verdad-. Después vendrá lo demás: dar a entender al otro el daño causado, sin ánimo de venganza. Si nos acostumbramos a vivir así, nos daremos cuenta que muchos sentimientos no son invencibles sobre nosotros, y que depende de nosotros con qué quiero llenar mi corazón. El perdón es una excelente medicina para sanar la fuente de alimentación de muchos dolores.


La dificultad de perdonar muchas, pero muchísimas veces deja de manifiesto tal vez un gran orgullo de parte nuestra, que no soporta el agravio que nos han hecho… ¡Bájate del pedestal y date cuenta que tú también tienes necesidad de ser perdonado, tal como debes perdonar! Mira a tu alrededor: los que te aman ¡aguantan todos tus caprichos y tus metidas de pata, sin decírtelo! ¿No podrías tú hacer lo mismo?


Muchos, en medio de su dolor, buscan el castigo y la venganza como posibilidad de volver al momento antes del dolor. Y ahí la pregunta es, ¿Devolviendo el mal por mal se cura una herida o se crea otra? Mahatma Gandhi, el gran apóstol de la paz en la India, decía “Ojo por ojo, y el mundo queda ciego”. Incluso el “ojo por ojo, diente por diente”, que aparece en la Biblia como parte de la Ley de Dios (Ver Éxodo 21,22-25), era una regulación de la venganza: antiguamente los hebreos pensaban que tenían el derecho de hacer pagar vengativamente al otro muchas veces y sin término; y precisamente el “ojo por ojo, diente por diente” viene a regular sabiamente las veces en que se debe remediar el agravio. En el fondo, lo que quiere decir es: un solo ojo por un ojo. Un solo diente por un diente. Y nada más. El Señor Jesús, 1250 años después de Moisés, da un nuevo paso –la Historia de Salvación es una educación continua que el Señor da a su Pueblo-: ahora ni siquiera una vez, sino, nada. Deja el juicio a Dios, porque Él juzgará a todos y nos medirá con la medida que hemos usado durante la vida. El pasado nada ni nadie puede cambiarlo: lo que sucedió simplemente sucedió, y un dolor más no va a remediar nada… si a la vida no le faltarán dolores, ¿qué vas a hacer con todo eso? ¿Guardártelo y vivir oscuramente, o dejar que el dolor pase por tu puerta y se vaya así como llegó?


Que nuestra oración hoy sea: Señor, enséñame a perdonar. Ciertamente contamos con Él, con su ejemplo y sobre todo, con su gracia y su fuerza para ser capaces de aprender a perdonar. ¿Cómo se hace eso? Acerquémonos al Señor para que con su Presencia en el corazón nos vaya unificando, serenando, alimentando desde el interno y, desde este corazón nuestro, podamos ver la vida con ojos nuevos, como vale la pena.

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