2 de noviembre de 2006

AMAR PORQUE ÉL NOS AMÓ





XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO




Señor de poder y de misericordia,
que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo
el servicio de tus fieles,
concédenos caminar sin tropiezos
hacia los bienes que nos prometes.


(Oración Colecta de este domingo).



Terminada la creación –cuenta Mons. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I-, Dios declaró que el séptimo día era su fiesta. Todas las criaturas buscaron, para regalar a Dios, la cosa más bella que pudieran encontrar.
Las ardillas le llevaron nueces y almendras; los conejos zanahorias y raíces dulces; las ovejas le llevaron lana suave y tibia; las vacas ofrecieron leche con mucha crema.
Millares de ángeles cantaron a Dios una serenata bellísima. El hombre esperaba su turno y pensaba: “Y yo, ¿qué cosa puedo regalarle a Dios? Las flores tienen el perfume, las abejas la miel… ¿Y yo?”
Y todas las criaturas pasaron delante de Dios y depositaban delante Suyo sus regalos.
Llegó el turno del hombre. En aquel momento, él hizo aquello que ningún animal había osado hacer: corrió hacia Dios y saltó sobre Sus rodillas, lo abrazó y le dijo: “Te amo”.
El Rostro de Dios se iluminó y todos entendieron que el hombre había hecho a Dios el regalo más bello.

Como historia, es bella. Que nos sirva para comenzar a gustar el mensaje de vida que se nos ofrece este domingo. Esta semana meditamos en la Palabra del Señor la realidad más bella que como seres humanos tenemos: el amor. Y llama la atención, si miramos las lecturas con asombro, como si las estuviéramos leyendo por primera vez, que hay una serie de mandamientos –específicamente en la primera lectura y en el evangelio-: En la primera, tomada del Deuteronomio, escuchamos –qué bella palabra- precisamente aquello que se llama el Credo del pueblo de Israel, que aún hoy los judíos de todo el mundo recitan: el Shemá –palabra hebrea que significa escucha-: Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas. ¡Escucha, pueblo de Dios! El Señor es el Único Dios. Y este es el mandamiento: Ámalo con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Amar a Dios significa, en primer término, conocerlo. Saber que Él está aquí, en mi vida, en mi día a día, en todo aquello que hago y en lo que soy. Nuestra fe nos dice que creemos en Dios. ¿Cómo es este Dios en quien yo creo? Esta pregunta es necesaria en cuanto me ayuda a dilucidar a quién estoy llamado a amar. Como el chiquillo joven que conoce a su novia y, mientras más tiempo pasa con ella, más la ama, porque su corazón se va llenando de sus gestos, de sus pensamientos, de su cariño… y el amor se va construyendo, día a día, a través de esos pequeños detalles y encuentros. Con el Señor sucede lo mismo: a través de los encuentros pequeños de cada día: la oración, leer algún libro que me ayude a fomentar mi espiritualidad, querer profundizar en Él, asistiendo a la Iglesia, lugar privilegiado donde se habla de Él y donde se puede hablar con Él en una atmósfera de calma y paz, y compartiendo en la mesa fraterna su Cuerpo y su Sangre…
¿Y por qué deberíamos amar a Dios? ¿Esta indicación de amar, tal como aparece en la primera lectura y en el Evangelio, cuando el maestro de la ley le pregunta al Señor Jesús sobre el principal de los mandamientos, no parece una imposición, una obligación a amar? ¿Quién es capaz de amar bajo una orden? ¿No nace el amor libremente, porque es natural que el amor se ofrezca gratuito? Ciertamente, nadie puede amar bajo obligación. La clave para descubrir la respuesta la encontramos en el Salmo que proclamamos este domingo: el hermoso salmo 18 (17, según la numeración latina): Yo te amo, Yahveh, mi fortaleza, mi salvador, que de la violencia me has salvado. El salmista expresa su amor a Dios, ¿por qué? Las olas de la muerte me envolvían, me espantaban las trombas de Belial, los lazos del lugar de los muertos me rodeaban, me aguardaban los cepos de la Muerte. ¿Qué hizo el salmista en ese momento de angustia? Clamé a Yahveh en mi angustia, a mi Dios invoqué; y escuchó mi voz desde su Templo, resonó mi llamada en sus oídos. El Señor reaccionó: El extiende su mano de lo alto para asirme, para sacarme de las profundas aguas; me libera de un enemigo poderoso, de mis adversarios más fuertes que yo. Me aguardaban el día de mi ruina, más Yahveh fue un apoyo para mí; me sacó a espacio abierto, me salvó porque me amaba. Que resuenen en nuestro interior esta última frase: me salvó porque me amaba. Podemos recordar otro texto, de la primera carta de Juan: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1Jn 4,10). Amar al Señor es, ante todo, recordar que Él nos ama, y lo ha demostrado a través de la historia: ha creado al ser humano para un destino de felicidad, y cuando por nuestro pecado decidimos decir no a Dios, queriendo ser como dioses –descubrimos que estábamos desnudos y nos dio vergüenza- Él nos fue acompañando por el camino: llama a Abraham y forma un pueblo elegido, al que salva de las manos del Faraón llevándolo a una tierra que mana leche y miel. Por los profetas nos fue indicando el camino de la salvación y, llegada la plenitud de los tiempos, nos mandó a su Hijo Único, nuestro Señor Jesucristo. En la Escritura, muchas veces “sorprendemos” a Dios pronunciando palabras de tristeza porque el pueblo no es fiel a todo el amor que Él ha manifestado. Sólo como muestra podemos leer: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? Respóndeme. ¿En que te hice subir del país de Egipto, y de la casa de servidumbre te rescaté, y mandé delante de ti a Moisés, Aarón y María? Pueblo mío, recuerda, por favor, qué maquinó Balaq, rey de Moab, y qué le contestó Balaam, hijo de Beor, ... desde Sittim hasta Guilgal, para que conozcas las justicias de Yahveh.» (Miqueas 6, 3,5). A estas alturas podríamos, sin temor a traicionar el texto, formular que el principal mandamiento consiste en dejarse amar por Dios.
Pero el mandamiento principal no termina allí: el Maestro continúa diciendo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» (Mc 12,31). Si amas a Dios, debes amar al que tienes a tu lado. San Juan en su primera carta lo plantea de una manera muy clara: Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. (1Jn 4,11). Retomando un evangelio que tuvimos ocasión de comentar hace algunas semanas, el del hombre rico que quería alcanzar la vida eterna, el Señor le recuerda los mandamientos. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» (Mc 10,19). Llama la atención que el Señor le recuerda al hombre rico sólo los mandamientos que dicen relación con el prójimo: no le recuerda, por ejemplo, no tomarás el Santo Nombre de Dios en vano, o tal vez santificarás el día del Señor. ¿Se olvidó el Señor de esos otros mandamientos? Más bien, digamos que el Maestro apuntó realmente al punto donde se ve quién es quién en la vida cristiana: un verdadero discípulo de Jesús demuestra su amor por Dios amando al que tiene a su lado, sea su madre, su padre, su hermano, primo, tío, compañero de estudio o de trabajo, esposo, mujer, amigo… hasta ese, sí, ese mismo que no me cae simpático. Lo que muchos dicen de nosotros los católicos, que nos golpeamos el pecho en la Iglesia pero después hacemos lo que nos da la gana, es verdad, y el Señor también podría llamarnos la atención por esto. Es como si el amor al prójimo fuera el barómetro de mi fe… es algo bastante duro, pero es el antídoto seguro para quien piensa estar viviendo una fe profunda sólo porque llora cuando reza, o está siempre metido en la Iglesia, mientras le gusta hablar mal de los demás, en casa es un ogro o busca siempre el provecho propio. Esta segunda parte del mandamiento es la cura contra la alienación, ese opio del pueblo que puede llegar a ser la religión, en palabras de Carlos Marx, cuando no se preocupa del bienestar del prójimo más solo y desamparado en una sociedad… y le sirve sólo para esperar que esta pesadilla de miseria se va a terminar, porque mi prójimo nunca me dio una mano… estaba muy ocupado ese prójimo rezando, como para ayudar al que lo necesitaba.
Este domingo pidamos dos cosas al Señor, y podemos mantenernos en guardia durante toda la semana en esta intención: Señor, haz que te ame cada día más… y lo segundo, Señor, haz que ame a mi hermano (a) por amor tuyo –porque convengamos que amar al hermano como a nosotros mismos es algo que sólo podemos alcanzar con la ayuda del Señor-. Así podremos hacer nuestra la intuición de San Agustín: Feliz el que te ama a ti, Señor; y al amigo en ti, y al enemigo por ti, porque sólo no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en Aquel que no puede perderse (SAN AGUSTÍN, Confesiones, IV, 9, 14).

1 comentario:

  1. Hola Jose Ignacio, te mando un muy fuerte abrazo desde Chile (Concepción), espero que verte pronto para aprender y desarrollar la espiritualidad desde el primer momento.

    Muchas gracias por las conversaciones que tuvimos y el tiempo que me dedicaste a mi y a nuestra gente penquista.

    Un abrazo gigante a la "distancia" (fisica)

    Claudio Fernandez Bolton

    Te invito a participar de la pagina de la J.A.C. (Jóvenes Agustinos de Ayuda Comunitaria)
    www.chicosjac.tk

    Tu página está muy muy linda

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