
XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Dios todopoderoso y eterno,aumenta nuestra fe, esperanza y caridad,
y para conseguir tus promesas,
concédenos amar tus preceptos.
(Oración Colecta).
Este domingo, día en que celebramos al Dios de la Vida por todas las maravillas que ha realizado en nuestra vida o para pedirle su ayuda en las cosas que no están saliendo del todo bien, quisiera que reflexionáramos en un dato previo, que he mencionado al principio de este párrafo: celebramos al Dios de la Vida por todas las maravillas que ha realizado en nuestra vida. Maravillas: ¿las hay? ¿O me presento ante su Rostro con el corazón cansado, o tal vez aburrido, o tal vez con el sólo objetivo de cumplir el precepto dominical, en una fría práctica que hago más por tradición muerta que por convencimiento vital (claro que no siempre andaré con todas las ganas para cantar o responder… y a veces tenemos que decir al Señor con toda sinceridad: Señor, hoy ando así, me levanté con el pie izquierdo, pero estoy aquí. Vine porque la Eucaristía es importante. Acepta la pobre ofrenda de mis pocas ganas… ojalá este sentimiento no se haya plantado definitivamente en mi corazón, y que sea pasajero… de otro modo, ¡ojo!). Si no soy capaz de ver estas maravillas, o he dejado de percibir la presencia de Dios en mi vida, o tal vez ya Dios no es importante para mí y, ya que lo tengo todo para un buen pasar no necesito a un Dios sobre mí, o ya no veo al hermano que está a mi lado como un prójimo, sino como un rival, un sujeto fastidioso que es un obstáculo para mi proyecto de vida… quiere decir que estoy perdiendo la vista.
El ciego del evangelio de este domingo no era de nacimiento, como el del capítulo nueve del evangelio de Juan: Bartimeo (que significa hijo de Timeo) había perdido la vista en un momento de su vida. ¿Cómo lo sabemos? Posiblemente hoy escucharemos en la versión litúrgica esta respuesta del ciego a las palabras del Maestro: ¡Señor, que yo vea!, aunque el texto original quiere decir en realidad ¡Señor, que vuelva a ver! En medio de la ceguera, sentía nostalgia de aquello que había dejado de ver: la vida, tal como ella se presentaba ante sus ojos, pero que no era capaz de captar.
¿Por qué Dios sana al hombre herido? La respuesta, o mejor, la invitación a reflexionar sobre este aspecto lo encontramos en la primera lectura: Dios congrega a su pueblo y reúne en torno a sí a los cojos y a los ciegos… los más marginados, los más pobres. Realiza esta opción preferencial como testimonio de su cercanía hacia todos nosotros, y como sucede en una familia, la madre siempre tiene compasión del hijo más desvalido, del más enfermo, del más delicado. Quien descubre la profunda herida de su ser, que todos tenemos –producto de circunstancias más o menos trágicas en mi camino, o por dolores que siguen sangrando dentro de mí, ¿quién puede saberlo mejor que el que los vive y a menudo sufre?- y descubre al mismo tiempo la presencia de Alguien que no es sólo una energía sideral, o un concepto muerto, sino una persona viva –que muchas veces no se siente en la vida, pero al menos en esos momentos la razón o la misma fe me hacen entender con algo que muchas veces no es la razón- que es misericordiosa, paciente, que no busca mi condenación, sino que mi salvación. Y salvación significa, de la mano con aquello que llamamos cielo, una vida de serenidad y de plenitud que comenzamos a vivir desde aquí. Dios formó a su pueblo desde esta conciencia: cada uno de sus miembros descubría el paso de Dios por su propia historia, tanto la historia colectiva como la personal. ¿Y nosotros? ¿No somos el Pueblo de Dios fundado por Cristo? Estas frases altisonantes, que distan mucho de ser retóricas, nos muestran –así como cuando vamos a la Iglesia o nos reunimos entre quienes compartimos la misma fe- que somos Pueblo: Hijos de Dios y Hermanos entre nosotros en Jesucristo. Y podríamos decir hoy, de la mano de Jeremías en la primera lectura: Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Entre ellos, el ciego y el cojo, la embarazada y la madre a una. Gran asamblea vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, para que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre, y Efraím es mi primogénito.
Dios cura nuestras heridas, según este texto… pero, permitámonos profundizar un poco más y tomemos como ejemplo un hombre sencillo, que en medio de su ceguera se atrevió a pedir un cambio para su condición: Bartimeo descubrió que Jesús pasaba por su camino y comenzó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Si no hubiera gritado, ¿Hubiera sabido el Señor que este hombre estaba atravesando por ese drama? Ciertamente sí. Ahora, ¿hubiera actuado a favor de él? No lo sabemos, pero me atrevo a aventurar que no. ¿Por qué? Recordemos el episodio de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Mt 13, 54-58). Dice Mateo que no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe (v. 58). Dios actúa donde hay alguien dispuesto a abrirle la puerta, y esto es así porque Él respeta infinitamente la libertad del ser humano. En este caso, se encontró con un hombre que reconocía que Él era el Mesías: lo llamaba por su nombre: Jesús (=Dios salva), Hijo de David (esto es, Mesías, aquél enviado de Dios que venía a salvar a su pueblo), ten compasión de mí (=me humillo delante de ti y te confieso mi miseria, mi herida. Mira mi pobreza). Y la pregunta del Maestro no puede ser más bella: ¿Qué quieres que haga por ti? Esto es, como en la dinámica de la oración: Dios escucha y nosotros depositamos en Él nuestros sueños, inquietudes, deseos del corazón… ¡Señor, que yo vuelva a ver! Tenía que decirlo, a pesar que para Jesús era evidente que quien le estaba hablando era un ciego. El Señor sabía perfectamente lo que podía hacer para cambiar la historia de oscuridad de Bartimeo, pero dejó que él se lo manifestara, dejó que Bartimeo se diera cuenta de aquello que necesitaba para luego transformarlo en un grito desde lo profundo.
Tenemos este mediador entre Dios y los hombres, sacerdote eterno… como dice hoy la carta a los Hebreos –que hemos estado escuchando durante los últimos domingos, como invitándonos a reflexionar sobre la figura de Jesús como Sacerdote Eterno- que se compadece de nosotros y escucha nuestras oraciones. Él deja que nosotros tomemos conciencia de lo que necesitamos –que Él ya conoce- para que lo transformemos en plegaria. ¿Por qué tenemos que hacer esto? ¿No sería mejor que Él nos concediera todo lo que necesitamos sin que nosotros se lo digamos? Pero, si pasáramos por la vida sin tener conciencia de lo que nos falta por caminar, ¿cómo sabríamos cuánto nos falta? Orar es un acto de humildad y amor, es reconocerse falto de muchas cosas, mendigo de Dios, como dice San Agustín. Y nos hace bien descubrirnos humildes delante de Dios, porque pasa con nosotros lo mismo que con un vaso y un jarro lleno de agua. Si yo quiero llenar de leche ese vaso, que sin embargo está lleno de agua, tendré que vaciarlo primero, ¿no? ¿y si resulta que el vaso tuviera libre albedrío y no quisiera vaciarse del agua? No podré llenarlo de leche. El hecho que el vaso se vacíe del agua es ya un reconocer que ese vaso quiere estar lleno de leche.
Vaciemos nuestro vaso de las aguas con que lo hemos llenado y veamos que las bendiciones que Dios quiere derramar sobre nosotros son infinitamente mayores que las cosas que ya tenemos… y veamos que ya ha hecho bastante por nosotros. Si no somos capaces de ver estas realidades, o me cuesta orar hoy, o me cuesta mirar con amor al prójimo que está a mi lado, que conozco desde siempre y me cuesta amar, tal vez por cosas dolorosas que han sucedido entre nosotros… digámosle –y que sea nuestra oración de toda la semana-: ¡Señor, que yo vuelva a ver! Posiblemente a la vera del camino escucharemos una voz conocida que nos dirá tu fe te ha salvado. Y comenzaremos a ver.
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