21 de enero de 2011

Ven y Sígueme

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO- A
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.”

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

-- Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos.

Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo:

-- Vengan y síganme, y les haré pescadores de hombres.

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Mt 4,12-23


El evangelio nos presenta un Jesús itinerante, siempre en movimiento. Y a su paso, Jesús pone también en movimiento a otras personas. No deja nada ni a nadie en su sitio. "Pasar" es el verbo típico de la encarnación. Es Dios que no está en su sitio, en el cielo. Sino que desciende al nivel del hombre para encontrarlo en su terreno y en sus trabajos. Y frente a este paso de Dios el hombre no puede estar parado, como un simple espectador. Tiene que tomar una decisión, tiene que hacer una elección. Jesús no pasa nunca junto al hombre de una manera neutral. Porque después de este paso la vida de ese hombre ya no puede ser la misma de antes. La llamada de los discípulos no sucede en un marco sagrado, como puede ser el del Templo, sino en un escenario profano: el lago de Galilea. Y esto empalma con el esquema habitual de las llamadas tal como se narran en el Antiguo Testamento.

Moisés es llamado mientras pastorea el rebaño de su suegro Jetró. Gedeón está majando trigo en el lagar de su casa. David está pastoreando las ovejas de su padre. También Amós tiene el oficio de pastor.

-Jesús pasa y llama en el marco de las ocupaciones ordinarias. Leví está sentado en el despacho de impuestos. Los discípulos de quienes habla el evangelio de hoy están empeñados en colocar las redes.

Jesús encuentra al hombre en las cosas ordinarias de la vida. La vocación de los primeros discípulos se puede resumir en dos verbos: "vio y dijo". Una mirada y una palabra. Son las únicas armas de que dispone este maravilloso Maestro que, a diferencia de los demás maestros de Israel, elige él a sus discípulos. Para dirigirse a uno hay que verlo. Se trata de una mirada que enfoca a un individuo, una mirada que elige, escoge, arranca de la gente. "Esa es la persona que me interesa, que me conviene". No es una mirada lejana, fría. Es una mirada calurosa, llena de afecto. Y LES DIJO. Una voz que suena como ninguna, de timbre único, inconfundible. El discípulo escucha esa voz única y se callan todas las demás.

La vocación cristiana es una mirada y una llamada de Jesús. ¿Qué es lo que hace el discípulo? Simplemente, dar una respuesta:

-dejarse encontrar;

-dejarse hacer.

La iniciativa y la acción principal es siempre de Cristo.

La vida cristiana es respuesta a la acción de la gracia, no decisión autónoma. Si me decido, es porque he sido solicitado en este sentido por alguien que se ha decidido a favor mío. El hombre sólo puede ponerse en camino, después que Dios ha comenzado a caminar por los caminos de los hombres. No somos nosotros los que salimos a la búsqueda de Dios. Es Dios quien se pone a buscar al hombre. La vocación cristiana no es una conquista. Sino un ser conquistado. El discípulo no captura al Maestro. El es agarrado por el Maestro. La respuesta a la iniciativa de Jesús se expresa también con un verbo: "dejar". La decisión se manifiesta con un distanciamiento: de las redes, del oficio, de las cosas, de los lazos familiares, de un presente. Cristo debe ocupar el puesto de las cosas y de las personas. Se trata de dejarle espacio. Vacío en torno y dentro de la persona. No existe respuesta que no se traduzca en una separación, en una renuncia, en un alejamiento. Y estas operaciones jamás son indoloras. Y ni siquiera se pueden considerar acabadas de una vez para siempre. Hay distanciamientos (sobre todo de sí mismos), cortes que hay que realizar cada día. Y, además, nunca hay que separar el verbo "dejar" del verbo «seguir» . Dejar y seguir son dos actos de un gesto unitario. Indican el desplazamiento de los ejes de la propia vida. No se deja por dejar. Se deja para seguir. Se deja para no estar más "encorvados sobre sí mismos" (como dice Lutero), sino para salir fuera junto con él, para moverse detrás de él. Es necesario, por tanto, estar atentos para no poner el acento sólo en el "dejar". Discípulo no es uno que ha abandonado algo, ha renunciado a algo. Es uno que ha encontrado a alguien. La pérdida es absorbida abundantemente por la ganancia. El descubrimiento hace palidecer lo que se ha dejado a la espalda. El desprendimiento no es el fin, sino la condición del «seguimiento». También para nosotros, discípulos de hoy, que no participamos en la aventura terrena de Jesús, es válida la dimensión de «seguimiento», que algunos traducen por «imitación». Se trata de recorrer el mismo camino de Cristo, hacer las mismas opciones, repetir sus gestos, asumir sus pensamientos y sus posturas, inspirarse en sus criterios, tener sus preferencias.

Pero lo que caracteriza al discípulo es sobre todo la postura de fe. Aquí nos referimos a la fe en su aspecto esencial. Los discípulos, en efecto, no están «llamados» a suscribir, esencialmente, una lista de verdades que hay que creer. Están llamados a "fiarse de una persona". Confiarse totalmente a esa persona, establecer un vinculo, una relación personal y vital con Cristo. «Os haré pescadores de hombres». El oficio de pescadores de peces lo conocen. El otro, no. Y, sin embargo, responden a la llamada, si bien no miden, concretamente, todas las consecuencias de este paso. Aceptan vivir una aventura de la que no valoran con precisión las dimensiones y los riesgos. Cristo no exhibe el elenco detallado de las propias exigencias, no dice lo que quiere y adónde llevará esta postura. Pide una adhesión a priori, incondicionada. La fe así, se presenta como antídoto del cálculo, de la prudencia humana, de la irresolución para comprometerse. Ten presente que fe no significa, principalmente, «creer que...». Sino adherirse al «Señor tu Dios». Fiarte de él sin pedir muchas explicaciones.


ALESSANDRO PRONZATO
EL PAN DEL DOMINGO CICLO A
EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1986 Pág. 115ss.


Dios Padre de todos, envíanos tu ayuda para que podamos mejor servirte y ayudar a los hermanos en el camino hacia la Salvación.

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