2 de enero de 2011

Masacre de cristianos. Europa guarda silencio

Rostro de Cristo, manchado por la sangre de los cristianos asesinados en el atentado a la Iglesia de los Santos. Alejandría, Egipto.
Por Ida Magli
(Del periodico italiano Il Giornale. Traducción al español de El Buen Consejo).

Una masacre de cristianos, a la salida de una de las iglesias más importantes de Alejandría de Egipto durante la noche de ano nuevo, nos obliga a reflexionar que va más allá de la contingencia, que se ha verificado muy dolorosa. Una reflexión que creo que todos tenemos en el corazón: ¿Debemos resignarnos al hecho que el cristianismo desaparezca? No podemos, de hecho, cerrar los ojos ante la realidad: es verdad que son grupos extremistas de muchas nacionalidades y extracción social los que asesinan a los cristianos, pero el mundo cristiano, sobre todo los líderes políticos y religiosos, continúan a engañarse por años y a convencer a los fieles que se trata siempre de grupúsculos de fanáticos, cosa que ha permitido que se forme en el aire una percepción general de "debilidad" del cristianismo. Si queremos de verdad mirarnos las caras, debemos llamar por su nombre tanto el comportamiento de los cristianos como lo que piensan de ello los musulmanes: es más que nada una tradición cultural, no una fe religiosa. No son los mies de turistas en el Vaticano los que dan el pulso de la fe cristiana; no son las liturgias de Navidad llenas de fieles a proclamar la religiosidad de Europa. Lo que vale es la vida cotidiana, y esta vida está muy lejana del Evangelio, al menos a nivel de leyes y de las clases dirigentes. ¿Quién defiende, en verdad, el cristianismo? A fuerza de diálogo ya no se sabe lo que dijo Jesús, y sin Jesús -cosa que los musulmanes lo saben bien- bastará hacer poquísimas cosas, casi nada, y el cristianismo será pronto puesto en un rincón. Un bello rincón de buenas maneras, donde todos se quieren mucho, pero…  sólo un rincón.
Este "quererse mucho" es lo que piensan y quieren los líderes, todos empeñados en la mundialización y, por consecuencia, a la homogeneización de las costumbres, de las religiones, de los pueblos. Pero no piensan así los creyentes. No piensan así porque no quieren renunciar a ser y a sentirse "hombres", con la propia inteligencia, la propia historia, la propia fe, la propia voluntad. ¿Debemos realmente quedarnos callados mientras vemos cómo asesinan a traición cristianos inocentes mientras salían de una iglesia? El gobierno egipcio afirma que se trata de extremistas extranjeros. Puede ser cierto, pero, ¿acaso no existen controles fronterizos en Egipto? En todo caso, ¿qué cosa pretende hacer desde hoy para tutelar la incolumidad de los cristianos? El problema, además, existe en todos los países donde la mayoría musulmana no tolera la presencia de cristianos: en África como en Oriente… la cuna del cristianismo es Europa. Por más que existan cristianos en todos los continentes, es allí donde se debe estudiar una estrategia y procurarse los medios para permitir a los cristianos de vivir la fe sin temor físico y, también, con la seguridad intelectual y moral de la belleza de la propia fe. ¿De qué manera? Ciertamente los políticos, si quieren, pueden encontrar las soluciones más adecuadas, tanto a nivel diplomático como a nivel militar para los diversos contextos, y no somos nosotros a deber sugerirlos. Per hay un aspecto, tal vez el más importante, en el cual la opinión pública cuenta: Debe ser ayudada a expresarse sin resquemores de ningún tipo, sin la censura del "políticamente correcto", como fue mandado a los cristianos: "Vuestra respuesta sea sí o no". Debemos discutir sobre Jesús de Nazaret, de lo que hizo e dijo, no del Antiguo Testamento, del Padre Pío o de los Papas, para saber si queremos defender la religión cristiana en su esencia y en su actualidad. Solo si habrá una fuerte toma de posición ante el cristianismo por parte de la opinión pública europea y mundial, será posible meter en acto los instrumentos políticos para tutelar a los cristianos en peligro. Sabemos ya que Europa está contra esta estrategia, pero este comportamiento se consolidó gracias a una "sumisión" a la verdad del otro hasta decir basta. Dar razón a los demás es demasiado fácil.

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