
QUINTO DOMINGO DE CUARESMA- C
Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?». Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».
Por mi vida, dice el Señor, yo no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta y que viva (Ez 33,11). Este domingo las lecturas giran en torno a estas bellas palabras de la Biblia. En efecto, el Señor no desea hundir al ser humano en un abismo de condenas, sino que, ¡todo lo contrario! Hacer que viva de verdad, que su existencia se transforme en algo vivo. ¿Cómo se hace este cambio? San Agustín nos lo revela en una frase que se transforma en oración: Cuando yo me una a ti con todo mi ser, se acabarán para mí los dolores y los cansancios; mi vida, toda llena de ti, será algo vivo (CONFESIONES, X, 28, 39).
Es la confianza la que hace grandes milagros… no el buscar la destrucción del otro. Pero vamos por partes, pues tenemos mucho que caminar: en la primera lectura, tomada del bellísimo capítulo 43 de Isaías –cuyos seis primeros versículos son muy bonitos- es Dios mismo el que busca tranquilizar la conciencia del pueblo: No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Y recuerda la experiencia del Éxodo, experiencia de liberación del pueblo –que recordaremos dentro de algunas semanas junto con la Nueva Pascua, la del Señor Jesús. Recordar la Pascua –la liberación, el paso definitivo hacia la tierra prometida- es recordar que Dios toma a un grupo de seres humanos y sólo por gracia les regala una tierra, una descendencia y una cercanía especial con Él. Es cierto que el pueblo será infiel en algunos momentos de su historia, pero una y otra vez el Señor dirá al pueblo cabizbajo, cansado de haber caminado por senderos trágicos y dolorosos: No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Como sucede con las flores del desierto, que se abren a la vida en un lugar donde todo está perdido: durante todo al año el desierto es un páramo árido, incapaz de hospedar la vida y sólo el viento pasa, dejando su huella en las dunas. Desde la lejanía trae granos de arena de otros lugares, incluso semillas de plantas silvestres, que reposan en su tumba de arena hasta el día en que una sola hora de lluvia es necesaria para que al día siguiente el desierto florezca… a veces es así como Dios hace brotar la esperanza. No depende de nosotros, pero la semilla llega, se refugia en nuestro desierto, y el Agua Viva de Dios es capaz de hacernos florecer, donde nadie nos daba ninguna esperanza… pero el Señor confía infinitamente en nosotros. Sólo por gracia. Sólo por gracia cantaban alegres los antiguos exiliados de Sión, cuando después de tantos años de exilio surgió la esperanza de retornar a su antigua tierra. Algunos habían muerto, otros estaban muy ancianos, otros habían nacido en la cautividad, pero todos declaraban, con estupor y alegría, que
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.
Hasta los mismos paganos decían:
“¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!
Hasta los mismos paganos decían:
“¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!
¿Qué habían hecho para merecer una nueva oportunidad en la vida? El único “mérito” parece tener una respuesta bastante simple: Habían sido amados. Y cuando se ama, simplemente no hay razones del por qué. Somos amados simplemente porque somos, y ni siquiera es necesario hablar, en este nivel, del amor de Dios… todos nos sentimos o nos hemos sentido amados alguna vez… y es verdad que el amor transforma. Uno se da cuenta inmediatamente cuando alguien está enamorado: Su cara está iluminada, sonríe más, se queda mirando hacia quién sabe donde y suspira fuerte… tiene más ánimo, qué sé yo… su vida se llena de vida. El amor transforma. Como la persona de esta pequeña historia:
Durante años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaba de recordarme lo neurótico que yo era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara. Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo, Y no podía sentirme ofendido con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado. Pero un día me dijo: “No cambies. Sigue siendo tal como eres. En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte.” Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música: “No cambies. No cambies, No cambies...Te quiero...” Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, oh maravilla!, Cambié. Ahora sé que en realidad no podía cambiar hasta encontrar a alguien que me quisiera, prescindiendo que cambiara o dejara de cambiar. (ANTHONY DE MELLO, s.j. La Oración de la Rana, I).
Parecen triviales estas líneas, pero si las tomáramos en serio como práctica de vida, cambiarían muchas cosas. Pero mantengamos estos pensamientos y observemos el Evangelio con ellos en mente: el episodio de la mujer adúltera es muy conocido y demuestra la misericordia de Jesús con los pecadores, representados en la mujer en cuestión. ¿Quién era ella? Muchos la identifican con María Magdalena, pero el Evangelio no ofrece ninguna base como para identificarla con esta discípula. Lucas, cuando presenta a la Magdalena, dice de ella que habían salido siete demonios (Lc 8,3), sin hacer ninguna mención a ningún episodio en particular, siendo más bien esta asociación de la adúltera con la Magdalena una tradición posterior. En fin, ante la pregunta de los judíos a Jesús, hecha para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. ¿De qué? Sencillamente, si respondía contra la muerte de la adúltera –delito que, según la ley de Moisés, se pagaba con la vida por medio de la lapidación (muerte a pedradas) contra el hombre y la mujer adúlteros (Lv 20,10; Dt 22,23)- Jesús estaría negando la Ley de Dios dada por medio de Moisés; y si respondía que la mujer debía ser muerta a pedradas según la Ley, se pondría en contra de sus propias enseñanzas de misericordia y perdón hacia los pecadores. ¿Qué hacer? El problema es otro. Más profundo que la trampa misma, porque esos judíos estaban utilizando otra vez a la mujer como un objeto, simplemente para tender una trampa a Jesús. Se fijaban en la mujer, dice San Agustín, pero se descuidaban a sí mismos (COMENTARIO AL EVANGELIO DE JUAN, 33,4-6). Y Jesús hace que vuelvan a mirarse a sí mismos: El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra. Que vuelvan a mirarse a sí mismos, ya que es demasiado fácil mirar a los demás para juzgarlos e incluso condenarlos para “extirpar el mal”, pero si no volvemos a mirarnos a nosotros mismos, corremos el riesgo de no recordar que también nosotros somos pecadores, y el que está delante de mí puede transformarse en un objeto de críticas, sin ser una persona, digna, capaz de cambiar.
En vez de esa conducta mezquina de los judíos, Jesús, al quedar solo con la mujer, le declara: Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante. No condena, pero reconoce que el pecado está presente, y por eso le dice no peques más en adelante. El Señor odia el pecado, pero ama infinitamente a quien peca. Hace esa diferencia porque detrás de cada pecado y de cada culpa hay un drama, y sabe que sólo con el amor esa persona es capaz de cambiar. Por eso, no lo condena.
Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó. (Jn 12,46-50).
Podemos comprender ahora las palabras de Pablo en la segunda lectura… es el fruto de un corazón que descubrió a Cristo, y todo lo demás… nada.
Todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos. (Fil 3,7-11).
Así actúa Dios. Somos objeto de un amor que no mengua jamás. Nuestra propia libertad es causa de grandes aciertos como de grandes errores. Pero ante ese camino contamos con la mirada de Dios, que a su vez nos enseña a mirar con misericordia al hermano que está a mi lado. Odiando el pecado, pero amando al pecador.
Te rogamos, Señor Dios nuestro,
que tu gracia nos ayude
para que vivamos siempre de aquel mismo amor
que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte
por la salvación del mundo.
Jose te extrañoo muchooo, quiero verte..y charlaaaarrrr
ResponderBorrarpuxis
aniff
gracias por tus palabras