1 de marzo de 2007

"HEMOS VISTO SU GLORIA"





SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA



Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Él no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.


Lc 9,28-36



YA SOMOS DE ÉL… CAMINAMOS HACIA ÉL


Continuamos este domingo nuestro camino hacia la Pascua. Comúnmente el rasgo que salta más evidente de este tiempo de Cuaresma es que desemboca “en la Semana Santa”. Pero recordemos que no estamos preparándonos durante cuarenta días sólo para el dolor del Viernes Santo. Ante todo –y es lo que da el verdadero sentido a toda la Cuaresma y a la Semana Santa- caminamos hacia el día de la Pascua, Resurrección de Jesús. Es cierto que en nuestras celebraciones vemos más gente los días en que conmemoramos el dolor y la muerte –Viernes Santo, con el tradicional Vía Crucis- y la Vigilia Pascual –la fiesta de la Vida- ciertamente la Iglesia se llena, pero no es tan “popular” como el Viernes Santo. Planteo esta reflexión porque, precisamente, en la Palabra del Señor no se puede separar la muerte de Jesús, por nuestra salvación, de la luz de la Resurrección. En palabras más simples: si el Señor no ha resucitado, el Viernes Santo no tendría ninguna fuerza espiritual. Sólo recordaríamos la muerte de alguien bueno, pero esa muerte no tendría ningún valor. Por eso, este año vivamos intensamente los días santos que están por venir, pero fundamentalmente uno debe ser celebrado con bombo y platillos: La Pascua.


¿Cómo podemos vivir la fiesta de la Pascua? Sólo quisiera, como pequeños puntos preparatorios –aún no es Pascua- en vista del tiempo de Cuaresma, recordar algo que nunca debemos olvidar: Somos de Cristo. San Pablo recuerda una y otra vez en la primera carta a los Corintios que somos el cuerpo de Cristo (1Cor 12). El mismo Maestro, en esa bellísima conversación de despedida que compartió con sus apóstoles en la cena, les decía: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. (Jn 15,1-5). ¿De qué manera hemos pasado a formar parte de Él, como sarmientos a la vid? La respuesta es una: por medio del Bautismo. Es el sacramento más importante de todos, porque nos hace hermanos en Cristo e hijos de Dios. Es una transformación profunda en quien lo recibe: pasamos a ser para siempre de Dios. ¿Qué tiene que ver esto con la Pascua? Mucho. Mejor dicho, todo: dado que todo nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro están unidos a la persona de Jesucristo, renovar la fe cada año en la Pascua es renovar, en el camino de la vida que cada uno de nosotros hace, su propia Pascua. La posibilidad cierta que me espera lo mismo que a Jesús: después de la muerte, la Vida Eterna. Que la muerte y la desesperación no será la última palabra que será pronunciada sobre toda mi vida. Que mi existencia no está condenada al sin sentido. Que soy heredero del Reino de Dios.


A través del camino de la vida, cada año, nos preparamos en la Cuaresma para limpiar el interior de nuestro corazón para verlo todo con claridad, como Dios nos ve. Para renovar la fe y la vida en esa promesa que el Señor tiene reservada sobre mí. Ahora, a caminar como verdaderos hijos de Dios.


ESTE DOMINGO


La primera lectura nos presenta un rito que nos parece extraño: entre Abraham y nosotros hay unos cuatro mil años de separación. Por eso, podemos pasar a explicar qué significa la primera lectura que hemos escuchado.


Abraham acababa de vivir una dura prueba de fe. Desde que el Señor lo llamó, Abraham salió de su tierra con su gente y sus rebaños, bajo la promesa de una tierra, un hijo y una intimidad especial con ese Dios desconocido que lo hizo ponerse a caminar. Tres “absurdos”, humanamente hablando, en la vida de un hombre nómada –que iba de un lugar a otro buscando buenos pastos para sus rebaños-, sin posibilidad de tener descendencia –eran ancianos él y su mujer Sara, y más encima, ésta era estéril- y que hablaba con un Dios que nunca se había revelado. Era el Dios de Abraham. Simplemente. ¿Y si todo fuera una ilusión en la mente desgastada de este viejo pastor nómada?


En ese momento actúa el Señor y le ofrece un signo más tangible: Lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y, si puedes, cuenta las estrellas”. Y añadió: “Así será tu descendencia” (Gn 15,5). No contento con eso, el Señor realiza con él un rito de alianza. Hasta hace un tiempo, sólo conocíamos este rito –colocar una serie de animales muertos partidos por la mitad dejando un caminito entre una mitad y otra, por donde pasaban quienes realizaban el pacto- por medio de la Biblia. Pero los trabajos de los arqueólogos en el Medio Oriente trajeron a la luz una serie de inscripciones grabadas sobre arcilla, muy antiguas –más o menos del tiempo de Abraham, aprox. 1750 a.C.- que explican el mismo rito que acabamos de escuchar en la primera lectura. Para que podamos saborear más el sentido de esta alianza, las palabras que decían los pastores que realizaban este pacto mientras pasaban en medio de los animales muertos –según las inscripciones halladas-, eran: Que me pase lo mismo [que a estos animales] si no cumplo esta alianza. No faltaríamos a la verdad si imagináramos que el Señor pronunció esas mismas palabras mientras pasaba entre los animales muertos en forma de fuego ardiente, ante Abraham…


El Evangelio no puede ser menos bello. Estamos justamente en la mitad de toda la predicación del Señor Jesús, y hay detalles que no podemos dejar de lado para comprender mejor todo el conjunto del texto: en primer lugar, este relato ocurre unos ocho días después. Jesús va con Pedro, Santiago y Juan –sus apóstoles más cercanos- a orar. Y mientras oraba… sucede lo que hemos escuchado. Otro detalle que quisiera tomar es la presencia de Moisés y Elías, y luego la idea de Pedro, de quedarse ahí y hacer tres tiendas. Vamos por parte.
1. Ocho días: Si tomamos la Biblia y leemos qué pasó inmediatamente antes de la Transfiguración según Lucas nos cuenta, vemos que los discípulos habían escuchado palabras muy duras del Maestro. Les había hablado del seguimiento, con palabras como El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga (Lc 9,23), entre otras. Posiblemente este discurso, tremendamente desafiante, provocó un desánimo generalizado entre los discípulos y, para reforzar la fe de ellos, los lleva a la montaña a orar.
2. La oración: Jesús oraba… mientras sus discípulos dormían. En ese momento, parece ser que, como en un teatro, las cortinas se abriesen y apareciese la gloria de Jesús en todo su esplendor, dejándonos contemplar quién es Él. La voz que desde lo alto habla, la voz del Padre, nos lo deja más claro todavía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Los mismos discípulos, con la poca oración que habían hecho, son capaces de ver la gloria de Jesús. ¿Qué nos enseña esto? La verdadera oración –hablar con Dios, tenerlo siempre cercano y conversar con Él durante toda la vida- nos revela quién es Jesús, quién es Dios y quién soy yo. Sólo con una vida de oración podremos tener una mirada amplia de las cosas y entender, cada vez más, los caminos de Dios. Quien no ora, queda ciego. Ciego de sí mismo, de Dios y de los demás.
3. Moisés y Elías: ¿Por qué precisamente ellos dos? ¿Por qué no mejor Abraham y Jeremías? ¿O David e Isaías? Porque Moisés y Elías representan los dos momentos más importantes de la historia del pueblo de Dios antes de la venida de Jesús: Moisés como quien congregó el pueblo de Dios y, de parte de Él, recibió la Ley para que fuera la norma suprema del pueblo hebreo. Y Elías como el profeta que, en medio de la crisis de la idolatría del pueblo, reconstruyó la fe en el Dios Único en el corazón del pueblo. Son, respectivamente, el que inició el camino del pueblo como tal y el que reafirmó la fe del pueblo en Dios. Jesús, más grande que ellos dos, es el punto hacia el cual todo el camino del pueblo de Dios llega: es el culmen, el punto más alto; y es el Hijo del Dios Único, anunciado por todos los profetas. Como Elías.
4. «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».: La frase de Pedro es la tentación de todo aquel que vive una experiencia espiritual llena de signos y no quiere bajar de la montaña para enfrentar la realidad, con la fuerza que ha recibido de Dios. Lucas deja bien en claro que Pedro no sabía lo que decía. Muchas veces hay quienes dicen que hay creyentes que rezan demasiado, pero no hacen nada. Esto ha provocado que se vea la contemplación como una alienación, como querer desentenderse de los problemas del mundo… como si la búsqueda espiritual fuera fugarse del mundo… mientras que los que desean revolucionar las estructuras de la sociedad y liberar de las esclavitudes no oran… ahí está el por qué ninguno de estos dos ejemplos nunca tendrán éxito. Uno porque recibe mucho y no lo da, y el otro porque lo que hace lo realiza sin alma. La verdadera oración me hace ser solidario con el que tengo a mi lado, nunca quedarme engolosinado mirando las cosas sublimes del cielo. Por eso después del momento de oración, Jesús baja de la montaña con sus discípulos… y la vida sigue. Con las fuerzas renovadas para seguir creyendo en el amor a pesar de los golpes que me depare el ejercicio de mi ser cristiano.


Una pequeña historia, para graficar esto último, tomada de las Sentencias de los Padres del Desierto, pequeña colección de dichos y anécdotas de los primeros ermitaños y monjes cristianos, que aparecieron en Egipto en el siglo IV, nos ayudará:

El abad Lot vino a ver al abad José y le dijo: «Padre, me he hecho una pequeña regla según mis fuerzas. Un pequeño ayuno, una pequeña oración, una pequeña meditación y un pequeño descanso. Y me aplico según mis fuerzas a liberarme de mis pensamientos. ¿Qué más debo hacer?». El anciano se puso en pie, levantó sus manos al cielo y sus dedos se convirtieron en diez lámparas de fuego. Y le dijo: «Si quieres, puedes convertirte del todo en fuego».

Si tu oración y tu vida de fe son verdaderas, si quieres, puedes convertirte en fuego, para iluminar a los demás. Ora, para descubrir el verdadero Rostro de Dios. Y baja de la montaña, para iluminar con el fuego que ilumina dentro de ti. Tal vez considerarás que tu fuego es humilde, que no vale nada en comparación con otras llamaradas… pero, basta una chispa para encender un fósforo. Quién sabe, con tu humilde chispa puedes encender otros fuegos…



Señor, Padre santo,
tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el Predilecto,
alimenta nuestro espíritu con tu Palabra;
así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos
la gloria de tu Rostro.

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