28 de diciembre de 2006

ESCUELA DE VIDA



SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ


Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.
Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ellos no entendieron lo que les decía.
Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.


Lc 2, 41-52

Pedimos a Dios, nuestro Padre,
que ha propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo
a los ojos de su pueblo,
nos conceda que, imitando sus virtudes domésticas
y unidos por los lazos del amor,
lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo
.



Este domingo, a casi una semana de haber celebrado la Navidad, la liturgia de la Iglesia no quiere dejar de mirar el pesebre. Lo dejaremos de mirar el 6 de enero, día de la Epifanía, que conmemora la llegada de los Magos del Oriente –si tienen un pesebre en casa, déjenlo hasta el 6 de enero: su presencia recordará que aún seguimos en tiempo de Navidad-. Es curioso, pero algunos negocios ya están quitando de sus vitrinas y fachadas las decoraciones navideñas, mientras que la Iglesia sigue celebrando la Navidad. Vale la pena darse cuenta de cuál es la motivación que lleva a decorar festivamente los ambientes y desearnos “Feliz Navidad”.


Hoy, la Iglesia –es decir, todos nosotros- celebramos a la Sagrada Familia, y las lecturas nos permiten acercarnos al misterio, a la intimidad –sin querer caer en la chismografía- que reinaba en el hogar de Nazaret, la casa de Jesús, de María y de José.


Si hojeamos las páginas del Evangelio, tal vez nos sentiremos defraudados en cuanto a la cantidad de escenas que esperaríamos encontrar en cuanto a la relación entre esta familia tan particular, o anécdotas del cotidiano –no es esa la finalidad de los Evangelios-. Encontraremos, entre otras cosas muy puntuales, episodios como el texto que acabamos de saborear: aquella andanza del joven Jesús, que se queda en Jerusalén a los 12 años, sin avisarle a nadie. ¡Y deja a la pobre María y al pobre José con la terrible angustia de no saber dónde está! Buscarlo por un rato, tal vez genere algo de inquietud… pero ¡tres días! Creo que provocaría un buen infarto a cualquier madre. En fin, vamos primero a las demás lecturas para dar una visión más amplia al episodio y no quedarnos sólo con lo anecdótico. Hay mucho más por descubrir.


En la primera lectura se nos presenta una madre famosa en el Antiguo Testamento: Ana, la madre de Samuel, quien después llegaría a ser Sumo Sacerdote y ungiría a Saúl y David como reyes, cada uno a su tiempo. Antes de encontrarnos con este personaje, la Escritura nos presenta a la madre: una mujer estéril que ora delante del Señor en el Templo por un hijo. El Señor le escucha y obra lo imposible: otorgar la fecundidad a una mujer que todos tenían por estéril. A menudo en la Biblia nos encontramos con milagros de este tipo, y es una bella manera para recordar que la salvación y la bendición de parte de Dios son absolutamente gratuitas: no depende de nosotros el hecho que Dios nos quiera o no bendecir. Es una decisión de Dios, movida por el amor que nos tiene. Oramos como Ana para que Dios escuche nuestra voz, y esa oración, antes que cualquier otra cosa, nos ayuda a nosotros a preparar el corazón y recibir de una mejor manera la bendición de Dios.


Nace el hijo, y la actitud de Ana parece incomprensible: dedica el niño al Señor. Ella dijo: “Perdón, señor mío; ¡por tu vida, señor!, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti, para orar al Señor. Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y él me concedió lo que le pedía. Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a él: para toda su vida queda cedido al Señor” (1 Sam 1,26-28). Cualquier madre, en su caso, se aferraría celosamente a su niño, que le costó tanto tenerlo, pero ella es admirable. Recuerda el dicho popular: Los hijos son prestados por un tiempo. Y es cierto: el niño Samuel tenía un destino, un llamado, un camino que recorrer; los padres deben respetar la libertad del hijo para descubrir su camino, siempre velando que su búsqueda sea seria y tenga firmeza para sostener el futuro. De lo contrario, se corre el riesgo de, pasados unos años, los hijos vengan donde el papá o la mamá, y los recriminen porque, o no los dejaron sondear en esa vocación que les atraía poderosamente y que, por desacuerdo –sin otras razones- se opusieron tenazmente; o porque fueron tan liberales que dejaron ser a sus hijos todos lo que a ellos se les antojó, y nunca cultivaron la responsabilidad como para tomarse la vida con más seriedad… es necesario situarnos al medio, entre estos dos extremos. Pero, ¿quién dijo que esto era fácil?


Los hijos son prestados por un tiempo. Juan, en la primera carta, nos recuerda este domingo que, por encima de la familia carnal, somos miembros de otra familia, donde todos estamos incluidos y gozamos de un Padre común que nos llama a descubrir que lo que hemos caminado hasta hoy no es nada en comparación a lo que podemos descubrir mañana… es bello este versículo: desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía (1 Jn 3, 2). ¿Qué seremos más adelante? Por eso caminamos como hijos de Dios, para descubrirlo juntos. Lo cierto es que cuando uno se adentra más en el camino de Dios, encuentra paz, nuevos desafíos, pero una conciencia cada vez más clara que Dios esta con nosotros. Es la experiencia de quienes viven con alegría el ser cristianos y pueden decir que su relación con el Señor Jesús es viva. Desde estas coordenadas, la familia representa el punto de partida de esta experiencia de Dios. La familia es Iglesia Doméstica, dice el Concilio Vaticano II. Es el lugar donde los hijos aprenden a amar, por el ejemplo de sus padres; es la escuela donde todos los días se aprende a liberarse del egoísmo, y cuando éste se pone en medio y destruye la convivencia, obtenemos las consecuencias fáciles de prever. No seré yo quien señale o enseñe las cosas que destruyen la convivencia: las experimentamos día tras día cuando las relaciones entre los miembros de una familia se distancian unos de otros. He señalado la importancia de la familia como posibilidad de descubrir allí la persona del Señor Jesús, y creo que los padres, si son cristianos, tienen un deber moral de mostrar y dar a conocer al Señor a los hijos. Muchos, en este sentido, dicen: Yo, la verdad, dejo que ellos elijan. Por eso, no vamos a misa, ni rezamos nada. Prefiero que ellos, de grandes, escojan a qué iglesia o religión quieran pertenecer. No quiero imponerles nada. Ahora bien, si a los hijos les compramos la ropa que nosotros queremos –sin preguntarles cuál les gusta más-, o escogemos el colegio que nos parece más adecuado y muchas otras cosas… ¿Por qué no hacemos lo mismo con la fe, que sí es realmente importante? La fe está presente en nosotros como don de Dios… pero hay que hacer que crezca, por medio de la oración, del conocer a Jesús desde la infancia, y participar de las celebraciones de la Iglesia. Si los padres cristianos quieren ser sinceros consigo mismos –porque se dicen cristianos- y honestos con sus hijos, deben actuar conforme a lo que ellos creen y educar cristianamente a sus hijos. Quedan tan pocos espacios para vivir la fe, que sería una pena que los hijos no recibieran desde el principio este valioso don. No sólo inscribiendo a los hijos en colegios católicos y que se encarguen allí de hacer de ellos buenos cristianos: el ejemplo parte de la familia, y hay realidades que si no se aprendieron dentro del entorno de ella, ni el mejor maestro podrá inculcárselo. Una clase de religión no substituye a la mamá que enseña a rezar a su niño el Padre Nuestro. La clase de religión hace crecer lo que los padres sembraron.


Desde esta perspectiva, observemos el Evangelio: la Sagrada Familia, sin duda, llevaba dentro de sí todas estas virtudes: vemos a María y a José que todos los años van a Jerusalén a participar de las fiestas de la Pascua Judía, y llevaban también a Jesús, por lo que podemos ver un Niño familiarizado con su fe desde la infancia… y lo hacían con toda sencillez, como tantas familias que visitan un santuario en una fecha importante, o asisten en familia a la celebración comunitaria en la Iglesia. En ese contexto, Jesús se “extravía” y lo encuentran entre los doctores, en medio del Templo. Llama la atención, al menos en lo personal, que José y María tuvieron la feliz ocurrencia de buscarlo en ese lugar… ¿un acto de desesperación luego de los tres días pasados o porque algo conocían en Él que les hizo buscarlo ahí? No lo sabemos. El hecho es que aparecen, en toda su humanidad, las palabras tristes de su madre María, que busca expresar su angustia ante el Hijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados»; mientras que la respuesta de Jesús es desconcertante para ellos, que no comprendieron: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ante estas palabras, no nos imaginemos un Jesús, a esas alturas, que desde su cuna tenía plena conciencia de ser el Hijo de Dios… lo más probable es que Jesús, a medida que iba creciendo, iba tomando conciencia de quién era, ayudado por la fe sencilla y firme de José y María, que le ofrecieron además la libertad de descubrir su verdadero camino de acuerdo con la mirada amorosísima que el Padre celestial depositaba en esa humilde casa, donde crecía y daba sus primeros pasos su Hijo, el Eterno Verbo de Dios, Dios Verdadero… hecho un Niño, hecho un Joven, hecho Hombre. Este acto que hemos escuchado es una de las iniciativas del joven Jesús de descubrir su camino… ellos, sus padres, no lo comprendieron en su momento, pero aquí toma especial relieve la sencilla, pero profunda frase que viene más adelante: Su madre conservaba estas cosas en su corazón. No sabía en el momento, pero iba madurando en su interior todo lo referente a su Hijo. Tal vez directamente de ella tuvo noticia Lucas de este hecho, tan íntimo de una familia.


La familia es algo que hay que cuidar: se dice que actualmente está en crisis y es verdad que cada vez es más difícil encontrar familias donde estén presentes el padre, la madre y los hijos… venimos de historias diversas, que no viene al caso analizar en estas líneas. El ejemplo y el empeño por hacer nuestras estas virtudes que nos proporcionan las lecturas de hoy tal vez podrán hacer que nuestra vida de familia sea más rica. Como Dios quiere que sea.


Para terminar, quisiera dejarlos con un pequeño texto, tomado de El Profeta, del libanés Khalil Gibrán, que trata sobre los hijos.


Y una mujer que sostenía un bebé contra su pecho dijo, Háblanos de los Hijos. Y el contestó: Vuestros hijos no son vuestros hijos. Ellos son los hijos y las hijas de la Vida que trata de llenarse a si misma Ellos vienen a través de vosotros pero no de vosotros. Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen. Les podéis dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis dar habitáculo a sus cuerpos pero no a sus almas, Pues sus almas habitan en la casa del mañana, la cual no ser puede visitar, ni tan siquiera en los sueños. Podéis anhelar ser como ellos, pero no luchéis para hacerlos como sois vosotros. Porque la vida no marcha hacia atrás y no se mueve con el ayer. Vosotros sois los arcos con los que vuestros hijos, como flechas vivientes son lanzados a la Vida. El Gran Arquero ve la diana en el camino del infinito, y la dobla con su poder y sus flechas pueden ir rápidas y lejos. Haced que la forma en que dobléis el arco en vuestras manos sea para alegría. El también, además a amar la flecha que vuela, ama el arco que es estable.

3 comentarios:

  1. Muy hermoso comentario... Gracias porque desde tierra dchilena podemos disfrutar de estas bellas reflexiones.

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  2. Me gustó reflexionar acerca d4e la sagrada familia en estra época en que aún estamos celebran do el nacimiento.
    Muy buena reflexión!!

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  3. Gracias, Carola, por tu bello comentario. Hace mucho tiempo que no nos vemos, y te agradezco esta "visita virtual". Estamos en contacto.

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