
28 domingo del Tiempo Ordinario
Te pedimos, Señor,
que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe,
de manera que estemos siempre dispuestos
a obrar siempre el bien.
(Oración Colecta de este domingo)
Seguimos caminando este domingo ayudados por el evangelista Marcos y ya hemos arribado al capítulo 10; este domingo nos corresponde meditar sobre textos clásicos para nosotros: el episodio del hombre rico –que en la versión de Mateo se nos dice que era un joven-, la enseñanza de Jesús sobre las riquezas y la promesa del Maestro para quienes lo siguen dejándolo todo. Las lecturas que acompañan nuestro evangelio de hoy nos ofrecen la oportunidad única de ampliar nuestra mirada respecto del sentido del texto y nos daremos cuenta que el tema de fondo es más complejo que el sólo hecho de ser rico o ser pobre.
La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta el enorme amor a la sabiduría del autor del libro –que la tradición identifica con el Rey Salomón-: sabemos que ese Rey fue particularmente bendecido por Dios otorgándole la gracia de gobernar a su pueblo con un sentido único de la justicia y de la ecuanimidad. Hoy el texto tiene características de confesión íntima: la preferí a cetros y tronos, estimé en nada las riquezas en comparación con ella… todo el oro a su lado es como un montón de arena y la plata será considerada a su lado como barro… con ella me vinieron todos los bienes; en sus manos hay una riqueza incalculable. Sería, de acuerdo con estas palabras, un tesoro inestimable adquirir la sabiduría… pero, ¿en qué consiste esta virtud tan apetecible? Siendo fieles a la Palabra de Dios, debemos decir que la sabiduría es una virtud que no sólo tiene que ver con lo racional: no se trata de saber mucho –considerando que en nuestros días la palabra saber significa más que nada conocer informaciones sobre algo- o ser un supercampeón de la memoria: recuerdo haber leído algunas estadísticas al respecto en el best seller de Daniel Goleman La Inteligencia Emocional, en que se postula que no todos los alumnos que manifestaron destrezas excepcionales durante la enseñanza primaria y secundaria necesariamente fueron capaces de triunfar en la vida. De modo que un elevado coeficiente intelectual o una colección de diplomas en la muralla de la oficina no ofrecen un pasaporte de primera clase para la lucha de la vida diaria. ¿Ayuda? Sí, pero de la mano con otras cosas: una capacidad de manejar los sentimientos, una vida afectiva sana y una capacidad de interacción social satisfactoria son herramientas que cuentan tanto como la inteligencia puramente racional. Entonces, ¿Qué es la sabiduría? Sabiduría es la capacidad de vivir bien, una cierta sagacidad para sopesar las alternativas que ofrece la vida y poder elegir la mejor, de acuerdo con el sentido común, tomando en cuenta las capacidades y limitaciones propias. Significa conformar la propia vida al ritmo de lo que llamamos lo creado… que funciona al ritmo de Dios. Él es el Sabio, que estableció los tiempos, los espacios, las leyes naturales… y sigue gobernándolo todo, conservando la naturaleza y, en medio de esta maquinaria que parece la de un reloj, invitando al ser humano –la obra maestra de su creación- a ser feliz fijándose en lo que Él, desde su mirada –mucho más amplia que nuestro pequeño horizonte visual- nos propone como camino posible para vivir feliz. ¿Cuál es el requisito para tener esta sabiduría y hacerla carne en la vida? ¡Pedirla! Recordemos, hojeando las páginas de nuestros conocimientos del tiempo de la catequesis, que la Sabiduría es un don del Espíritu Santo; por lo tanto, se derrama y vive en el interior de nuestra alma como una guía segura para iluminar la conciencia. Como el querido Padre Hurtado lo decía, cada día: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Nombraba a Cristo porque reconocía en Él el Maestro bueno que era capaz de darle la receta para alcanzar la verdadera felicidad en la vida, siguiendo su proyecto.
Era lo mismo que tal vez sentía el hombre rico del evangelio de hoy… descubría en Jesús el Maestro bueno, se acercó a Él y le solicitó la claridad para alcanzar la vida sin fin, la Vida Eterna. Una pista le da el Señor: ya conoces los mandamientos, esto es, sabes a lo que estás llamado a vivir y a evitar para sentir que vas hacia Dios, haces lo que a Él le agrada y desechas lo que Él no aprueba… pero este hombre buscaba más. Una gran insatisfacción experimentaba al descubrir que algo le faltaba, y el Maestro lo sabía: este hombre se sentía vacío porque su corazón estaba dividido: lo más noble de su interior le indicaba el camino: deja lo que te ata… pero era tan difícil… es el mismo drama que podemos encontrar en San Agustín en el mismo momento de su conversión:
Te pedimos, Señor,
que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe,
de manera que estemos siempre dispuestos
a obrar siempre el bien.
(Oración Colecta de este domingo)
Seguimos caminando este domingo ayudados por el evangelista Marcos y ya hemos arribado al capítulo 10; este domingo nos corresponde meditar sobre textos clásicos para nosotros: el episodio del hombre rico –que en la versión de Mateo se nos dice que era un joven-, la enseñanza de Jesús sobre las riquezas y la promesa del Maestro para quienes lo siguen dejándolo todo. Las lecturas que acompañan nuestro evangelio de hoy nos ofrecen la oportunidad única de ampliar nuestra mirada respecto del sentido del texto y nos daremos cuenta que el tema de fondo es más complejo que el sólo hecho de ser rico o ser pobre.
La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta el enorme amor a la sabiduría del autor del libro –que la tradición identifica con el Rey Salomón-: sabemos que ese Rey fue particularmente bendecido por Dios otorgándole la gracia de gobernar a su pueblo con un sentido único de la justicia y de la ecuanimidad. Hoy el texto tiene características de confesión íntima: la preferí a cetros y tronos, estimé en nada las riquezas en comparación con ella… todo el oro a su lado es como un montón de arena y la plata será considerada a su lado como barro… con ella me vinieron todos los bienes; en sus manos hay una riqueza incalculable. Sería, de acuerdo con estas palabras, un tesoro inestimable adquirir la sabiduría… pero, ¿en qué consiste esta virtud tan apetecible? Siendo fieles a la Palabra de Dios, debemos decir que la sabiduría es una virtud que no sólo tiene que ver con lo racional: no se trata de saber mucho –considerando que en nuestros días la palabra saber significa más que nada conocer informaciones sobre algo- o ser un supercampeón de la memoria: recuerdo haber leído algunas estadísticas al respecto en el best seller de Daniel Goleman La Inteligencia Emocional, en que se postula que no todos los alumnos que manifestaron destrezas excepcionales durante la enseñanza primaria y secundaria necesariamente fueron capaces de triunfar en la vida. De modo que un elevado coeficiente intelectual o una colección de diplomas en la muralla de la oficina no ofrecen un pasaporte de primera clase para la lucha de la vida diaria. ¿Ayuda? Sí, pero de la mano con otras cosas: una capacidad de manejar los sentimientos, una vida afectiva sana y una capacidad de interacción social satisfactoria son herramientas que cuentan tanto como la inteligencia puramente racional. Entonces, ¿Qué es la sabiduría? Sabiduría es la capacidad de vivir bien, una cierta sagacidad para sopesar las alternativas que ofrece la vida y poder elegir la mejor, de acuerdo con el sentido común, tomando en cuenta las capacidades y limitaciones propias. Significa conformar la propia vida al ritmo de lo que llamamos lo creado… que funciona al ritmo de Dios. Él es el Sabio, que estableció los tiempos, los espacios, las leyes naturales… y sigue gobernándolo todo, conservando la naturaleza y, en medio de esta maquinaria que parece la de un reloj, invitando al ser humano –la obra maestra de su creación- a ser feliz fijándose en lo que Él, desde su mirada –mucho más amplia que nuestro pequeño horizonte visual- nos propone como camino posible para vivir feliz. ¿Cuál es el requisito para tener esta sabiduría y hacerla carne en la vida? ¡Pedirla! Recordemos, hojeando las páginas de nuestros conocimientos del tiempo de la catequesis, que la Sabiduría es un don del Espíritu Santo; por lo tanto, se derrama y vive en el interior de nuestra alma como una guía segura para iluminar la conciencia. Como el querido Padre Hurtado lo decía, cada día: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Nombraba a Cristo porque reconocía en Él el Maestro bueno que era capaz de darle la receta para alcanzar la verdadera felicidad en la vida, siguiendo su proyecto.
Era lo mismo que tal vez sentía el hombre rico del evangelio de hoy… descubría en Jesús el Maestro bueno, se acercó a Él y le solicitó la claridad para alcanzar la vida sin fin, la Vida Eterna. Una pista le da el Señor: ya conoces los mandamientos, esto es, sabes a lo que estás llamado a vivir y a evitar para sentir que vas hacia Dios, haces lo que a Él le agrada y desechas lo que Él no aprueba… pero este hombre buscaba más. Una gran insatisfacción experimentaba al descubrir que algo le faltaba, y el Maestro lo sabía: este hombre se sentía vacío porque su corazón estaba dividido: lo más noble de su interior le indicaba el camino: deja lo que te ata… pero era tan difícil… es el mismo drama que podemos encontrar en San Agustín en el mismo momento de su conversión:
[Mis ataduras] Hacían, sin embargo, que yo, vacilante, tardase en romper y desentenderme de ellas y saltar adonde era llamado, en tanto que la costumbre violenta me decía: "¿Qué?, ¿piensas tú que podrás vivir sin estas cosas?" (…)Y reíase ella [la virtud] de mí con risa alentadora, como diciendo: "¿No podrás tú lo que éstos y éstas [los santos y santas]? ¿O es que éstos y éstas lo pueden por sí mismos y no en el Señor su Dios? El Señor su Dios me ha dado a ellas. ¿Por qué te apoyas en ti, que no puedes tenerte en pie? Arrójate en él, no temas, que él no se retirará para que caigas; arrójate seguro, que él te recibirá y sanará". (SAN AGUSTÍN, Confesiones, VIII, 11, 26- 27).
Anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. Así tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme. ¡Déjalo! ¡Vacíate! Muchas crisis en el ámbito espiritual tienen como raíz la dificultad en entregarse a Dios, a aceptar que Él está pidiendo el timón de la vida y a nosotros nos cuesta trabajo el dejarlo en manos extrañas. ¿Falta de confianza? Parece que sí. ¿Miedo a las consecuencias de ese cheque en blanco que le extiendo a Dios? Puede ser. No hablo aquí –necesariamente- de aquellos que son llamados a la vida consagrada o sacerdotal –digamos que en ellos se percibe más este llamado a tirarse al precipicio de Dios porque hay todo un cambio de vida que lo expresa-, sino que todos nosotros nos vemos enfrentados a la Palabra de Dios, que es más afilada como una espada de doble filo –dice la segunda lectura de hoy- que nos dice de vez en cuando: Oye, ¿porqué no dejas aquello? ¿No ves que no eres feliz así? Mira tu mezquindad, tu egoísmo… ¡Libera tu corazón! Vacía el vaso de tu corazón para que yo te lo llene con un agua pura y viva… y los obstáculos más recurrentes con los que Dios se encuentra –las verdaderas riquezas, que hacen que no podamos pasar por el ojo de una aguja- son las riquezas materiales –cuando nuestro corazón está puesto en ellas-, afectos desordenados hacia alguien, hacia algo, hacia un lugar… que no nos hacen ser libres. Y por ser esclavos, no podemos ser felices plenamente, como Dios quisiera –y como yo quisiera-. Después de esta explicación, ¿no es verdad que, desde esta perspectiva, tiene más sentido la primera bienaventuranza: Felices los pobres de espíritu (los pobres de corazón, los que han elegido ser pobres despojándose de sus ataduras), porque de ellos es el Reino de los Cielos (porque ellos tienen a Dios por Rey)?
¿Quieres ser feliz? Parece preguntarnos la liturgia de hoy. Pues, reconoce en Jesús al Maestro bueno que te recuerda los mandamientos, confróntalos con tu vida, verás que su Palabra será un arma que sentirás hiriente, como un arma, que te desafía, que te deja inquieto, lo que es una estupenda señal –significa que has acogido la Palabra como Palabra viva que te ha cuestionado e impresionado- y una vez que tus riquezas han quedado a la vista como los lastres que te impiden elevarte hacia tu Dios, trata de ser valiente y piensa: ¿realmente tienes que cargar con esas cosas toda tu vida?
No me queda más que proponerte, como respuesta a la Palabra de hoy, una oración escrita por Robert Kennedy, senador norteamericano que en 1968 corrió la misma suerte de su hermano, el Presidente John F. Kennedy. Esta oración se encontró en el bolsillo de su chaqueta luego del fatal atentado que acabó con su vida:
¿Quieres ser feliz? Parece preguntarnos la liturgia de hoy. Pues, reconoce en Jesús al Maestro bueno que te recuerda los mandamientos, confróntalos con tu vida, verás que su Palabra será un arma que sentirás hiriente, como un arma, que te desafía, que te deja inquieto, lo que es una estupenda señal –significa que has acogido la Palabra como Palabra viva que te ha cuestionado e impresionado- y una vez que tus riquezas han quedado a la vista como los lastres que te impiden elevarte hacia tu Dios, trata de ser valiente y piensa: ¿realmente tienes que cargar con esas cosas toda tu vida?
No me queda más que proponerte, como respuesta a la Palabra de hoy, una oración escrita por Robert Kennedy, senador norteamericano que en 1968 corrió la misma suerte de su hermano, el Presidente John F. Kennedy. Esta oración se encontró en el bolsillo de su chaqueta luego del fatal atentado que acabó con su vida:
En tus manos, oh Dios, me abandono.
Modela esta arcilla, como hace con el barro el alfarero.
Dale forma, y después, si así lo quieres, hazla pedazos.
Manda, ordena. "¿Qué quieres que yo haga? ¿Qué quieres que yo no haga?"
Manda, ordena. "¿Qué quieres que yo haga? ¿Qué quieres que yo no haga?"
Elogiado y humillado, perseguido, incomprendido y calumniado,
consolado, dolorido, inútil para todo, sólo me queda decir a ejemplo de tu Madre:
"Hágase en mí según tu palabra".
"Hágase en mí según tu palabra".
Dame el amor por excelencia, el amor de la Cruz;
no una cruz heroica, que pudiera satisfacer mi amor propio;
sino aquellas cruces humildes y vulgares, que llevo con repugnancia.
Las que encuentro cada día en la contradicción, el olvido, el fracaso,
los falsos juicios, la indiferencia, en el rechazo y el menosprecio de los demás,
en el malestar y la enfermedad, en las limitaciones intelectuales
y en la aridez, en el silencio del corazón.
Solamente entonces Tú sabrás que te amo, aunque yo mismo no lo sepa.
Pero eso basta.
Amén.

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